Ecuador

Escuché que una de las actividades que realizan los turistas cuando viajan a Ecuador y se paran justo en la frontera es vaciar recipientes de agua en embudos para ver hacia qué lado giraba el líquido. Según me contaron, al pararse a un lado gira hacia la derecha, y, al pararse al otro, a la izquierda.

También escuché una conversación que sostuve con algún grupo humano que no puedo diferenciar de los demás. Era una especie de ridiculización del paradigma científico newtoniano en la que proponíamos formas de caer del agua en el mismísimo punto del ecuador, aquel ecuador geométrico que los físicos deberían haber calculado pero jamás visualizado.

Decíamos que había varias posibilidades. La más obvia, que el agua cayera justo para abajo. La menos, decía que el agua saltaba hacia arriba. La psicodélica proponía que, además de saltar, salían colores y formas que adornaban los cielos.

Pensamos en viajar a ver qué pasaría con el agua, echarla a correr nosotros mismos, observar empíricamente la situación discutida. También se propuso la idea de que era mejor vivir pensando en nuestras propias vivencias y permitir que la imaginación hiciera estragos en nuestra percepción de la realidad, a saber, una buena idea.

Así seguimos discutiendo, riéndonos con cada vez más ganas de la existencia histórica de personajes como Bohn, Einstein o, en un punto álgido del problema, Neruda, que nos lucía como un modelo a seguir que ejercía tanta fuerza en nuestro imaginario, tan poco objetivamente, tan estimulador de una profunda resistencia. De esas resistencias implícitas, innatas.

Recurrimos al facilismo. Dijimos que era mejor vivir resistiendo los problemas que enfrentándolos inútilmente. Las opciones eran vivir con honor o morir con gloria, pero sólo éramos capaces de resistir en silencio o de morir en el olvido, algo así como la más baja representación del hommo sapiens.

Si bien la física tiene aciertos, coincidimos en que, en general, estimula lo más bajo de nosotros mismos. La gloria estaría en el camino de la física sólo porque lo que necesita para existir es un criterio, un consenso de no-verdades y no-mentiras que genere causalidad en la forma de organización social.

Por lo que concordamos que, a pesar los aparente males que se han producido a través de la existencia del conocimiento empírico, la única forma de averiguar de qué manera se mueve el agua al arrojarla en el punto magnético exacto del ecuador, es utilizando sabiamente la imaginación. Esto porque aquél punto tiene tan poca existencia como la cantidad de masa que un sólo punto refleja en un plano cartesiano tridimensional. Lamentablemente, nadie lo va a encontrar.


Gata.
Cargado originalmente por Rigoberto Gonzáles
“Este ají picante es rojo –pensó el príncipe-. Rojo, como la sangre. ¿Cómo será mi sangre? -se cuestionaba-. Debería ser azul, pero es roja. ¿Será picante como ésta? No, esa sería sangre plebeya. La mía –razonó coqueto- debe ser dulcecita”.

Cuatrocientas palabras.


pato.
Cargado originalmente por Rigoberto Gonzáles
Extranjería.

Nosotros, cuando caminamos por la calle, no vamos pensando en que somos santiaguinos.


Marketing.

Lo primero fue pagarle a la gente para poner publicidad en los techos de sus edificios. Después les pagaron por las ventanas. Después, por los autos. Más tarde empezaron a pagar por palabras: uno tenía que usar el camino a la oficina para comentarle a los otros pasajeros las maravillas del detergente, la necesidad del computador, la grandeza del pisco, la nobleza del retail. Buena plata. Ahora no podemos conversar de nada más.


Sin primos.

Toda mi vida he escuchado a la gente hablar de sus primos. Que fueron con el primo a la playa, que estaban en la casa de su prima o que tenían que hablar algo con su tía. Yo nunca he tenido primos a los que contarles una noticia, ni casas de tías donde almorzar el domingo, ni abuelos con historias fantásticas del pasado. Yo crecí en una familia de fines del siglo veinte, con una que otra comodidad, cable en los novena e Internet en el dos mil. Pero primos nunca he tenido.


La muerte del pintor.

A mediados de noviembre se murió el pintor. La pintura de la brocha había estado en el living desde mi llegada; también el cuadro del hombre acostado, mirado desde arriba, con las manos en la nuca. Pero en noviembre se murió el pintor; y la señora Ana, sola en su pieza, se sentó de espaldas a la tele y lloró.

Todo lo que es la morta.


"Marioneta"
Cargado originalmente por Rigoberto Gonzáles
El título se refiere a la mortadela. Y yo, sinceramente, ya no tengo ideas nuevas. Sólo pienso cosas como que no se me ocurre nada ocurrente, que la existencia de los átomos es absurda, que hay que disfrutar de cada momento que se vive, y que la pólvora se debería sacar de minas. Aunque pólvora, mítico-etimológicamente significa polvo, en español, y sol, en egipcio. Y eso que el sol no está tan lejos.

Dos cosas:


Jamás.
Cargado originalmente por Rigoberto Gonzáles
Por un lado, afirmaré que estaba mirando la luna. O sea, me paré a mirarla porque se veía bien bonita: estaba recién salida de detrás de la cordillera y estaba metiéndose a una nube, entonces se veía una forma extraña que apenas se parecía a una esfera, pero te dejaba intuirla. La miré, así, de lado y lado, y pensé que si uno se atañe rígidamente a las leyes de la física, no se podría decir eso que se dice del sol, que no es el sol el que se mueve sino la Tierra. Lo que sí se podría decir, es que es la luna la que se está moviendo, porque, respecto a mí, según yo, se está moviendo; lo que pase a mil millones de kilómetros me tiene sin cuidado, sólo que me genera una curiosidad culiá.

Lo otro es que me duele un poco el brazo, entonces empecé a moverlo de un lado a otro para descubrir la posición en que más me dolía y tratar de imaginarme cómo era la fractura, quebradura o hinchazón que me aquejaba. Lo estaba haciendo y pensé que ese dolor que sentía no lo estaba viendo, olfateando, escuchando, degustando o tocando, así que seguramente la sensación llegaba a mí desde otro sentido. O sea que no tenemos cinco sentidos, sino seis o siete o quién sabe cuántos. Y, en volá, es cosa de empezar a sentir con los otros sentidos y no con éstos cinco que podrían significar nada más que un imposición social, así como el lenguaje o las monedas.

(estracto de) Entrevista al Papa.

Hola Papa.

-Hola.

Nombre completo.

-Gabriel Ignacio Miranda Letelier.

Nombre de tus padres.

-Hugo Roberto Miranda Díaz y Eugenia Ximena Cecilia Elena Letelier Jareño.

Lugar de nacimiento.

-Santiago.

Año

-Ochenta y seis.

Fecha

-Veintitrés de septiembre.

Hospital

-Ehhh… de la católica.

¿Hace cuánto eres músico?

-Como dos años y medio.

¿Qué tipo de música tocas?

-Folk Rock Esquizofrénico.

¿A qué te refieres con eso?

-A que es Folk, Rock y es esquizofrénico.

¿Alguna vez pensaste en tocar regge?

-Sí, pero no domino la técnica manual para tocar regge.

Igual tienes canciones ragamuffi.

-Sí, pero es súper básico.

¿Alguna vez jugaste a la pelota, Papa?

-Sí.

¿Por qué?

-Por que era un niño y quería interactuar con mis compañeros y era lo que hacíamos en educación física.

¿Y jugabai de arquero?

-Al final sí.

¿Y al principio?

-Al principio era defensa… Igual era malo, por que era lento… y al arco, después, era bueno porque tapaba todo el arco no más.

Una vez, cuando estaba en el colegio, jugué a la pelota con mis compañeros, y me caí y me embarré entero, y un compañero me agarraba pal webeo diciéndome que yo era un crack… ¿Alguna vez te dijeron crack, Papa?

-No.

¿Cómo aprendiste a andar en bicicleta?

-Aprendí muy tarde, como en primero medio y… no me acuerdo como aprendí… subiéndome a la bicicleta y tratando de andar.

¿Qué opinai de los skater?

-Puta… … … No sé weón… ehhh… Los skater igual, no sé, son como pendejos. ¿Hay cachao que los viejos que hacen skate se dedican, con como deportistas de verdad? Y los pendejos son como pendejos culpaos como con un hobby, así. A los skater profesionales los respeto caleta, pero la onda skater es como para llenar el vacío de la identidad de los pendejos.

¿Qué otro hobby tenís tú, Papa?

-Ehhh… fumar marihuana, carretear, ver tele, ver dibujos animados, veo muchos dibujos animados. ¿Qué más hago?

Aparte de marihuana, ¿consumes otro tipo de drogas?

-Clonazepam.

¿Qué es?

-Es un ansiolítico legal, un medicamento psicotrópico, y lo que hace es como que te droga un poquito.

¿Un poquito?

-O sea, te dura como cuatro horas.

¿Qué te parece Stalin?

-No sé. Sólo sé que era comunista y que era un líder.

¿Qué otras personas crees que han sido líderes en la historia, Papa?

-Jesús, Hitler, Lautaro, Martin Luther King, Buda.

¿Del Villar?

-Yo, ahhh. (risas) No, mentira, no creo que sea líder.

¿Nunca te has sentido como líder?

-No, porque estoy solo, nunca he sido líder de nada.

Igual tenís seguidores, así.

-Sí, pero no sé.

¿Qué sentís cuando estai aquí y tocai una canción y escuchai que la gente aplaude?

-Me sube la autoestima. Es como “ah, bacán”, me sube el ego.

¿Y encontrai que eso es bueno?

-Sí, porque tengo baja autoestima y necesito suplantarla con mi ego.

¿Cuántos años tenís?

-Veintidós.

¿Quieres morir luego?

-Sí, como a los treinta.

¿Drogado?

-Como sea, pero que sea rápido e indoloro.

¿Qué va a decir tu lápida?

-“Papa, el grandioso”.

Al árbol.

La idea era decir algo así como que si te digo que te amo a ti, es porque quiero decírtelo a ti así como a cualquier otra persona, cosa, animal o planta. Pero tenía que decírselo a alguien, ¿no? Así que te lo digo a ti.

Breve defensa de Feyerabend.

Yo creo que la conciencia de uno mismo apareció en el planeta a medida que iba apareciendo el lenguaje. Además, apareció en la medida que el lenguaje fue categorizando las cosas que percibían los sentidos de las gentes. Así, las concepciones de la realidad son montones de conexiones neuronales -o de algún otro tipo (como materia oscura o algo así) que pueda ser lingüísticamente situable dentro de la concepción del “yo”- que de una u otra forma producen un sonido que es escuchado por ‘alguien’. Ese alguien puede tanto ser ‘otro’ como ‘uno mismo’. En ese sentido, las afirmaciones que uno u otro exprese, así como las negaciones o las interrogantes, son incuestionables, pues cuestionarlas sería cuestionar la idea misma de la conciencia ajena.

Título provisorio.


Soyla
Cargado originalmente por Rigoberto Gonzáles
Empezamos en un lugar obvio e innecesario, haciendo cosas que a todos nos emocionaban pero que tenía a muy pocos bajo una sensación de verdadero placer vital. Había que celebrar, así que nos movimos hasta las mesas y lo hicimos. Estábamos cómodos, pero con la sensación de estar haciendo algo con gente que no conoces bien. Pese a todo, nos conocíamos un poco y disfrutábamos de la situación.

Después de inhalar gases junto a un par de desconocidos, un conocido me indicó una buena solución para el problema. Quedábamos pocos, así que encontrar una solución para mantener el estado de las cosas no era necesario, sino agradable, amigable y amable. Me dijeron (o dije) algo acerca de una plaza en las cercanías lejanas y la propuesta de la caminata nos hizo sentido a unos siete de nosotros.

Así que caminamos. Como tenía que ser, algunos alegaban que era muy lejos y otros apelaban a la sublime diversión que nos esperaba. Llegamos y no había nada más que pasto, tierra, bancas y tres columpios. Empezamos a quemar el momento mientras un gran hombre me comentaba lo posmoderna de la situación. Una gran mujer columpiaba su existencia tonalmente enojada con el sistema social. Otro tomó una bicicleta y nos mostró cómo se caía de ella, cómo se ensuciaba con barro, cómo no podía derribar árboles.

Sin dejar de disfrutar el lugar decidimos movernos. Yo, que, como ninguno, no sabía hacia dónde dirigirme, en algún momento de la caminata me escuché diciendo:

-Entonces sentémonos aquí mismo po, weón.

Sin esperarlo, dos de mis compañeros tomaron asiento. Miré a mi alrededor y vi dos avenidas vacías y medianamente oscuras. No era tan mala idea, así que tomé asiento y quemé unos momentos junto a esa gente. No había nada más que espacios vacíos detrás de nuestro círculo, que se animaba cada vez más cuando el primer auto tocó su bocina. Después, más de uno pasó amenazando nuestras vidas, pero nosotros razonábamos que cómo nos iban a matar, qué sentido podría tener eso. Nadie lo hizo, y cuando empezábamos a invitar a los conductores a bajarse, justo antes del segundo bocinazo, un rastaffari apareció desde el sur. A nuestro costado, sin bajar de la bicicleta, nos miró hacia abajo y nos dijo:

-Dejé mi abrigo en el noreste.

Nos reímos a carcajadas y éste partió hacia rumbos desconocidos, hacia el mil ochocientos, alrededor de los terrenos de Carmen Cobarrubias. Lo esperamos con la certeza de que su presencia ahuyentaría la presencia estatal. Apareció entonces el canto, que lo cantábamos a carcajadas. Y dijimos carcajadas porque fueran las carcajadas las que cantaron ese canto. Y cuando una carcajada se acababa se transformaba en canto, y el canto acabado era la carcajada. Le dimos vueltas a ese asunto hasta que alguien comentó algo con lo que todos estuvieron de acuerdo:

-Es éste el momento más feliz de mi vida.

En la caminata pronta, con más destinos conocidos que nunca, con dos o tres certezas menos en las cabezas, nos preguntamos si el acuerdo acerca de la última frase pronunciada tenía que ver con un acuerdo con la certeza de la felicidad propia de cada uno, o con un acuerdo respecto a la felicidad del parlante que la transmitió.

Ya en su casa, uno de nosotros pensó que aquellos que escriben consignas callejeras durante sucesos sociales conmocionados, como el mayo francés o el mayo de los pingüinos, podrían haber estado tan preocupados y pendientes del suceso, que los rayados que algún periodista escribió o fotografió podrían ser obra de un autor u otro, de cualquier persona, y que éstas podrían decir “de más que eso lo escribí yo”.

A propósito de la familia y el nomadismo.


desde el patio
Cargado originalmente por Rigoberto Gonzáles
La familia, como concepto cristiano-occidental, es una tontera incomprensible. No sé cómo a alguien alguna vez se le ocurrió que era esa la mejor forma de mantener a una sociedad estable. Podría aquí, para criticar “científicamente” a la familia, apelar a las cifras estadísticas de femicidios, divorcios, separaciones, etcétera; pero me esforzaré en plantear más una solución que una crítica, sin defenestrar ni alabar ni a la una ni a la otra.

Resulta que si nos declaramos liberales en el ámbito sexual y libertarios en el ámbito político-social, es decir, si declaramos que la búsqueda de la libertad es el concepto fundamental desde el cual se rigen nuestras acciones individuales y sociales, no podemos caer en la verticalidad estructuralista que nos impone el concepto de familia, tan fuertemente arraigado en la sociedad judeo-cristiana. Papá, mamá e hijos son lo que por éstos días rigen aquello que los libros de historia llaman el ‘núcleo social’. En el entendido de que el núcleo social ha de ser una estructura a través de la cual las personas se adaptan a la sociedad, tal como la adaptan otras estructuras –escolares, culturales, nacionales-, esta idea sería perfecta: un grupo de personas que te ‘enseña’ a vivir tranquilo en tu contexto. Pero, cada día más, nos damos cuenta que los conceptos tradicionales de las más variadas problemáticas sociales mutan para adaptarse a su contexto. En el contexto social en el que nos encontramos, el concepto de familia se muestra tan fallido como la teoría geocéntrica se mostraba después de los descubrimientos de Galileo. Como bien podría decir Kuhn, no es el humano el que cambia, sino su forma de observar. Cambiemos, pues, la forma de observar los métodos para lograr una sociedad estable, suponiendo, con más miedos que certezas, que es eso a lo que aspiramos.

Imagino que el núcleo de una sociedad estable no puede ser calificado como ‘estructura’. Basta con observar cualquier etapa histórica para notar que toda estructura propuesta (aunque casi siempre impuesta) se muestra fallida después de unos cuantos decenios, o siglos, en los casos más extraños. Cualquier revolución política, social o científica demuestra que alguna estructura se agotó, que el contexto obligó a buscar una nueva forma de ver el mundo. Lo que intentamos no es crear una nueva estructura. Intentamos demostrar que ésta en la que estamos se está acabando, y hemos de saber cómo reaccionar en el futuro.

El movimiento homosexual ha intentado una y otra vez, lográndolo en algunos países, conseguir que la ley admita dentro de sus parámetros el matrimonio entre dos personas del mismo sexo. Nosotros proponemos no sólo olvidarnos del género, sino también del número. Si la concepción de núcleo social no tiene por qué ser hombre-mujer, tampoco tiene por qué ser ‘un’ hombre con ‘una’ mujer.

Si nos remitimos al contexto sociocultural de la ‘familia’, nos damos cuenta que esta apuesta no está tan alejada de lo que se ha venido dando sobretodo en los sectores populares de escasos recursos. En ese contexto, los niños no crecen en su casa viendo a sólo a su papá y mamá todos los días; crecen viendo a tíos, abuelas o vecinos que en diversas ocasiones se ocupan de cuidar a los niños. La situación donde la ‘familia’ se mantiene unida según el esquema papá-mamá-hijos se realiza principalmente en contextos sociales adinerados, donde los hijos son criados más por el colegio que por los padres, y donde la nana desempeña el papel de cambiar de ropa a la guagua y hacerle la comida a los niños. Queremos con esto decir que el concepto familia no sólo es retrógrado, sino también clasista. ¿Dije que era sexista? Agréguese.

Si bien proponemos que el matrimonio no se rija ni por género ni por número, no criticamos al hombre que se quiera casar con la mujer. Así como Feyerabend considera al conocimiento como un mar de teorías incongruentes, incompatibles e inconmensurables, nosotros proponemos al matrimonio cristiano-occidental como una forma más de generar núcleos sociales. Pero cualquier otro, cualquier otro es tan bueno y necesario como éste.

Desde una visión utilitarista del tema, proponemos la eliminación del número en la concepción de núcleos familiares de forma que los sujetos sean capaces de satisfacer todas sus necesidades humanas: las biológicas, las sexuales, las sentimentales, las racionales. No hay motivo alguno para pensar que un humano va a encontrar todo lo que necesita en otro humano. Cuántas veces hemos escuchado críticas de parte de un esposo, de una polola, que hacen directa referencia a algo así como que la persona con la que están no tiene todo lo que él o ella necesita que tenga para hacerlo feliz.

Por otro lado, vemos que las condiciones sociales, políticas y ambientales del planeta que habitamos están en un claro proceso de crisis. Pese a los falsos testimonios de la prensa burguesa respecto a luchas populares y toma de armas de parte de un u otro sector social (me refiero a las reiteradas insurrecciones populares que se reprimen a sangre y fuego por todo el mundo, a los golpes de Estado que supuestamente ya no son típicos, a las sanguinarias invasiones imperialistas a tan diversos territorios y de tan diversas maneras), podemos notar que por todos lados la estructura se quiebra, vacila, se parcha, pero en ningún caso se mejora. De la misma forma lo hace el medio ambiente planetario en que vivimos: se resquebraja, muta a velocidades ridículas, se derrite, se congela, se quema, se ahoga.

Si hemos de crear un nuevo concepto, o un nuevo paradigma, que sea uno en el que se acepten todas las teorías, todas las formas, todas las ideas. “Todo Sirve”. Casémonos de a cinco, no tengamos hijos, recorramos el mundo sin destino, preparémonos para el futuro. Quememos la patria. Démonos cuenta de la superioridad del sentimiento solidario de los pueblos frente al egoísmo de las naciones. Emborrachémonos, culiémonos, gritemos. Derrotémoslo todo. Hagámoslo todo. Propongámoslo todo. Todo sirve. Amémonos todos, durmamos juntos, caminemos en grupos, tengamos hijos. Descubrámoslo todo, creamos en todo, al mismo tiempo, sin darnos cuenta. Aceptemos toda la información. Seamos católicos, budistas y animistas hoy. Empiristas y racionalistas mañana. Evolucionistas y politeístas después. “La revolución será nómade, compañeros”. Preparémonos. Para todo.

Cuatro fragmentos.


ésta (Copy)
Cargado originalmente por Rigoberto Gonzáles
I

Era una señora, no una dama, que trabajada en una casa cuidando a un anciano enfermo. Este hombre no era prácticamente nadie, no se mostraba mucho, le gustaba estar solo y salir a caminar un rato cada tarde. La mujer, entonces, siendo remunerada por ello, lo acompañaba todas las tardes, afirmando fuertemente uno de sus brazos. Eran caminatas silenciosas. Ella simplemente le tomaba el brazo y procuraba no dejar caer al viejo. El viejo, por su lado, se dejaba afirmar y se perdía en sus pensamientos, mientras los de la señora se reducían a afirmar aquel brazo que, con el tiempo, se iba volviendo más flaco y más débil. Al volver a la casa, la mujer preparaba las comidas y las servía en la mesa. El viejo a veces llegaba, otras se quedaba en su pieza viendo su televisor y sintiendo cómo la sangre se esparcía por su cerebro.

Todas las tardes la señora salía al patio y cambiaba el color de la tierra con una manguera, recogía las hojas que se le caían a los árboles, si las había, y volvía a su rutina vital. Se levantaba, cocinaba, comía, se bañaba, caminaba, y dormía. Durante años su vida se redujo a eso, y ella era enormemente feliz, enormemente seria y enormemente callada.

Ella era una señora pobre y con bastantes años encima, por lo que los hijos serían unos cuarentones que se dedicaban a alguna labor medianamente anacrónica para sus tiempos. Un camionero, por ejemplo, que tenía que recorrer cortas distancias varias veces cada mes. Algo así como 150 kilómetros transportando algo que no le importaba. Su camión, medianamente viejo, tendría la radio mala y él no habría pensado nunca en eso, así que manejaba en silencio y se conformaba con mirar el aburrido paisaje y con tocarle la bocina o uno que otro camionero con el que se topaba cada una o dos semanas.

Otro hijo podría ser un hombre con problemas más fundamentales, racionales y sentimentales. Algo así como un proletario casado con una mujer de clase media, medianamente alta y medianamente criada en un ambiente literario y de música docta. Ella le habría presentado hace tiempo uno que otro disco de Brams o el Réquiem de Mozart. Pasado el tiempo, habría aprendido a disfrutarlo. Vivirían en un departamento céntrico pero silencioso, y él, habiendo crecido en un barrio, conociendo a los vecinos y teniendo problemas, amistades, amores y desamores con ellos, llenaría esos silencios que se le hacían molestos con cumbias, en un principio, y con conciertos para piano, divertimentos y sinfonías, al final.

II

Una gata grande, no muy gorda, pero sí peluda, de pelos largos, y de largos bigotes. Tan inteligente como un felino casero puede serlo, pero claramente incapaz de encausar el caminar de un rebaño hacia su corral, como un perro en jauría. Inteligente, entonces, pero no tanto como para darse cuenta de las días que pasan mientras su amo no la ve. Pasaría meses sin saber nada de él, acostada en sillones y camas vacías y frías, soportado su solitario invierno sin notarlo, incapaz de comparar un otoño de una primavera.

Una o dos veces al día alguien la alimentaría con comida para gatos. Ella, con sus diez u once años encima, aburrida ya de comer tales galletas, comienza a buscar comidas más agradables al paladar en los basureros del barrio. Habiendo sido siempre una gata ordenada, no rompía las bolsas ni dejaba restos de sus comidas en las calles, pero de todas maneras los vecinos la espantaban cuando la veían cerca de sus sacos. Dándose cuenta que eso era porque los perros del sector eran incapaces de robar sin armar escándalo, la gata comienza a odiarlos secretamente, incluso para ella. No hace actos de odio directos, sino que se nota en pequeños detalles, como levantarse del suelo hacia un árbol si veía un perro cerca, o doblando en el sentido contrario al que iba por la presencia de uno de ellos. Los canes, en tanto, se mostraban respetuosos con ella. Sólo uno que otro anacrónico la atacaba de vez en cuando.

Un tiempo después de comenzar la rutina basurera, la felina empieza a sentir olores desconocidos al defecar. Como acostumbrara a hacerlo, antes de desechar hacía un hoyo en la tierra, defecaba en él y tapaba minuciosamente el agujero. Al sentir los extraños aromas empezó a oler directamente su mierda, cosa que no le gustaba hacer, pero tampoco le molestaba; lo hacía a veces por instinto, a veces por curiosidad, pero nunca con asco ni con ganas.

Empezó a comparar los olores con las comidas que ingería, y a hacer planes de dieta según su mierda. Olía y pensaba “sí… un poco más de carne”, y luego tapaba su mojón.

III

Un día como cualquier otro, la cuidadora del enfermo lo sacó a pasear. Había tenido una discusión telefónica con su hijo camionero y la caminata no fue de las mejores. Salir a mojar la tierra con su manguera había sido, desde que trabajada con el anciano, un momento de paz y tranquilidad, en el que realmente se preocupaba de sus propios menesteres y no de los de su patrón. Mientras le daba una vuelta y otra al problema de su hijo escuchó música del otro lado de la pared, en alguno de los patios vecinos. Sabía que la cantante era extranjera, pero estando al tanto de su incapacidad para reconocer la nacionalidad de la misma, escuchó simplemente los ritmos y las entonaciones de la canción. Se imaginaba un lugar antiguo, un espacio lúgubre donde imponentes bailarinas cortejaban con sus enormes tetas a hombres de poco honor. Se imaginaba a esos hombres de poco honor por el recuerdo de su hijo, y casi podía ver cómo algunas de las putas le ponían las tetas en la cara, sacando este la lengua para saborear los aceites que brillaban frente a luces rojas y verdes en constante movimiento.

Habiendo muchos hombres vestidos elegantemente para la ocasión, su hijo era visualizado como un robusto y sucio visitante, asqueroso incluso para la más sucia de las putas, y pobre, sin ninguna opción de pagar por un servicio más allá del baile y el langüeteo. En ese momento la mujer daba largas regadas a la tierra, perdida en el asco hacia su hijo. Lo empezaba a odiar fuertemente, sentía rabia hacia él y pena hacia ella misma. No sabía si su hijo algún día habría asistido a eventos de tal reputación, pero al imaginárselo se enojaba consigo misma, no entendiendo cómo podía pensar así en un hombre al que ella había criado, al que pensaba haberle transmitido sus valores, sus formas, su sentido común. La música le empezó a parecer cantada por una prostituta amable, una de las pocas que tendría estómago para acostarse con él. Una puta comprensiva e incomprendida. Tan buena que, de vez en vez, al ver llegar tamaño engendro, al verlo solo, triste y sucio se acercaba a él para consolarlo. Una de las pocas mujeres capaces de ser amables con aquella aberración humana y él, al tanto de su fealdad, no podía acostarse con ella, sintiéndose culpable y pensando en las burlas que sus colegas le harían al terminar el trabajo.

La música terminó y la mujer notó que podía pensar algo bueno de su hijo. Pese a haber creado a un hombre horrible, le había enseñando ciertas normas de respeto, ciertas actitudes que le ayudaría a no hacer sufrir a sus prójimos. Un hombre, al fin y al cabo bueno, capaz de empatizar con un igual que le ayudaba a sentirse un poco más varonil, más viril. Pensó que su hijo se sentiría como un semental adolescente, asustadizo, que después de las amorosas palabras de la puta huía atemorizado a masturbarse en la soledad de su hogar. Un muchacho al que todavía tenía que corregir y ayudar. Pensó en dejar la manguera y acudir al teléfono para proponer una cita, pero decidió terminar su labor. Así que regó y, al no escuchar una siguiente canción, empezó a tatarear y a hacer pequeños pasos para allá y para acá al ritmo de su canto. Luego empezó a mover también su cintura y sus manos. Regando al ritmo de la música, tatareaba cada vez más fuerte, se emocionaba con su recuerdo, y con la tarea que recomenzaría pronto, después de tantos años. Cantó y bailó hasta que la música empezó a desaparecer de su mente, hasta que la tierra mojada se convirtió en barro, hasta que recordó la comida del anciano. Entonces recordó su labor, sus necesidades monetarias y se prometió utilizar el teléfono prontamente.

IIII

Iba caminando por calles anchas de un nuevo barrio y pensando en el “inviernazo” que terminó abruptamente y a deshora con el verano. Hacía frío, pero la caminata se le hacía agradable y avanzaba felizmente por desconocidas calles hacia su hogar. Con el sol alumbrando otras latitudes, las nubes le parecían lisas cómplices del infinito cósmico, y una que otra estrella le recordaba su desventaja planetaria y galáctica.

Avanzó varias cuadras desde el punto de origen cuando empezó a soplar el viento. Algunas copas se movían y algunas hojas caían todavía verdes de los árboles mientras él se entretenía haciendo sonar la crujiente capa muerta que cubría las avenidas. Sopló un poco más fuerte el viento y una luz se mostró detrás de las nubes. Esperando más iluminación de parte del cielo, progresó observándolo expectante, pero la exhibición había terminado con su principio. Mientras caminaba con la cabeza levantada sintió una gota en su cara, cosa que le pareció agradable, y levantó su mentón un poco más para sentir la siguiente directamente.

Se demoró tanto esa gota que la caminata prosperó unos minutos sin sobresaltos, hasta que decenas de ellas humedecieron su pelo sin notarse. De pronto se posó una sobre su ceja, pasó por un lado, y cayó al piso. Levantó la mirada contentísimo, pero el agua que inundaba literalmente sus ojos le impidió observar el espectáculo, limitándolo a disfrutar la sensación.

Caminó otros minutos levantando los ojos hacia el cielo cada vez que se aseguraba de no tener tropiezos, y fue sintiendo cómo poco a poco las gotas fueron aumentando el espacio entre una y otra, hasta que la última se posó azarosamente a un costado de su boca.

No fuimos hippies como en los setenta.

Flaca Cargado originalmente por Rigoberto Gonzáles
Como a cualquier persona medianamente normal, me parece que el reguetón es machista, sexista, fome, repetitivo y básico. Pero, como cualquier persona medianamente borracha, he terminado bailándolo a altas horas de la noche en diversas situaciones. Si bien la mayoría de los mensajes que transmite lingüísticamente son cosas como “haremos sexo con ropa” o “dale con el látigo”, hay canciones que tienen más de algo agradable. Trataré, a continuación, una canción que me produce una extraña sensación de nostalgia.

“Voy a tocarte toa / esta noche te voy a hacer mi señora / poco a poco tú verás que te enamoras”. Claramente es un mensaje obvio y muy poco racional, es más como un típico hombre que va a una disco a conquistar mujeres y a tener relaciones sexuales poco comprometidas con desconocidas. Pero cuando el cantante dice cosas como “Soy la nueva cara del rock / el nuevo new kid on the block”, da la impresión de que es un millonario en un bar caro y estadounidense, seguramente en Manhattan, tomando tragos raros y sintiéndose como la contemporaneidad misma. Luego hace alusiones a la canción y al grupo mismo: “Que me sigan en el coro los estúpidos / calle 13 y DJ Yamo suenan nítido”, y da lo mismo, es para rellenar, supongo.

Lo más interesante son las frases siguientes: “Te voy a sacar el aire de la cabeza / dándole un masaje a tu cerebro con cerveza”. Puede querer decir un montón de cosas distintas. Primero parece que va a embriagar a su conquista y a masajear su vagina por dentro, en medio de la borrachera. Pero agrega que “Pa cambiarle esa mente de fresa / hay que consumir como cien tabletas”. No sé si con esto se referirá a la mujer con la que está sosteniendo relaciones sexuales o a él mismo. No sólo la letra, sino también la melodía principal, sugieren la idea de un hombre al que le gusta la juerga nocturna, y la mente de fresa podría ser la promiscuidad del protagonista. Pero esta promiscuidad siempre está rodeada de alguna nostalgia, de alguna molestia. Le gusta la juerga y el sexo fácil, pero sabe que no es algo muy aceptado según la moral occidental. En todo caso, si la mujer fuera la que tiene la mente de fresa, igualmente parece una especie de crítica; estaría diciendo algo así como que en medio de la borrachera le parece muy bien el sexo promiscuo, pero sabe que cuando esté sobrio al día siguiente notará que la única forma que tiene de salir de esa vida es drogándose con quién sabe qué pastilla. Podría estar transmitiendo cierto desconsuelo frente a la imagen de una mujer como aquella, o cierta molestia frente a la existencia de los tabúes. Las cien tabletas pueden incluso ser la educación, la televisión, la ‘cultura’ occidental que promueve el ‘sexo con ropa’, pero que luego lo rechaza cínicamente.

“Chúpate esta / un masajito por tu piel grasienta”. O está hablando de una gorda, o de una prostituta sucia, o de una vedette bañada en aceites. Sea cual sea, dice “masajito”. Ahora no es sólo desconsuelo, también le agrega un poco de cariño. Es una mujer asquerosa, pero igual se merece que un hombre como él la trate con cariño. Añade “Pa que se sienta hasta en la placenta”. ¿La embarazó? ¿O estaba embarazada? “Pica pica pica pica como pimienta”. ¿Está enferma? ¿Le está doliendo?

A estas alturas aparece la frase que arma la idea completa: “No fuimos hippies como en los setenta”. A primera vista es extraño que meta a los hippies en medio de esta situación, pero puede estar diciendo que los admira, que le gustaría que el sexo fuera así como lo entendían los hippies, y frente al desvanecimiento de esa noción muestra la nostalgia que marca la canción entera. Dice “no fuimos” demostrando que ya está completamente perdida esa idea, que no hay vuelta atrás. También puede ser una disculpa frente a la mujer (tanto si fuera prostituta como si fuera una pareja efímera). Le estaría diciendo que, lamentablemente, la situación que están viviendo no tiene nada que ver con ningún cariño, con ningún afecto, solamente con la satisfacción biológica del roce sexual. Pero sólo el decirlo demuestra que le gustaría estar inserto en un contexto de amor aparentemente social. Le gustaría satisfacerse a través del amor a la sociedad entera, representada en una mujer, pero el contexto social lo coopta, lo obliga sin su consentimiento a buscar el placer máximo en situaciones donde las relaciones interpersonales poco importan frente a la superioridad de las relaciones sexuales. Una vuelta al “sueño perdido, al lugar de origen” como diría la floripondio en otro contexto.

Después de esto acepta que de todas maneras puede llegar a amarla: “A ti yo te cedo la silla y la mesa / la trato de ‘su alteza’”, pero nuevamente cae en la sexualidad pura y sin sentido: “Eres una gata montesa / desde la pezuña hasta la cabeza”. Cae, incluso, en el insulto.

La canción entera intenta demostrar que el yo lírico, representando a un largo número de sujetos de esta sociedad que detesta, se deja fácilmente arrastrar por todos, como diría Durkheim, pero siempre con una utopía en la mente, con un amor al prójimo. Un amor y una maldad. Y una posibilidad de cambio que resuena constantemente en la opinión pública y en la memoria colectiva. “Con el salvaje salvajemente orgulloso / con la progenitora valiente / con el pasado sin lamento / con las vista al frente / con la cabeza llena de memoria / con el hambre de saltar al frente / si es necesario, matar al presidente”, como diría la floripondio.

Manifiesto nómade.

Nosotros, por lo menos y últimamente, no nos consideramos "comunistas" como se entiende así en el día a día de la gente. O sea, no es algo así como que queramos instaurar un nuevo gobierno ("este sí funciona"), sino más bien desinstalarlo. Obviamente respondemos a las necesidades de la propiedad comunitaria tanto de los bienes de producción y de la tierra, pero, ¿no es eso seguir hablando de "propiedad"? Eliminemos la propiedad como concepto, compañeros. Los "paredones chorreando sangre" que propone M.M., y esto es lo fundamental de esta teoría revolucionaria, sin innecesarios y contrarrevolucionarios. He aquí nuestra gran verdad: "La revolución será nómade, compañeros". El progreso de la lucha revolucionaria es acrecentar las redes de socialización y comunicación entre grupos organizados de gente. Y esta revolución, sin más, será contraria a todas las otras revoluciones. Contraria a Lenin, contraria a Bakunin, contraria al liberalismo y contraria a las formas de cualquier sociedad contemporánea. (Lo "contemporáneo", para nosotros, es, más o menos, lo que empezó hace menos de dos siglos. Pero cuando un historiador segmente la historia dentro de 200.000 años, estos 5.000 serán, si quiera, parte de la primera parte de los inicios de la historia).

Consideramos que la revolución será nómade porque no vemos otras formas en que el ser humano pueda seguir sosteniéndose en este planeta. Hubiéramos nosotros o no apurado el calentamiento global, éste se producirá, y, en tres o en mil años más, ciudades importantes y populosas, como Nueva York, Shangai o Valparaíso, quedarán hundidas bajo las aguas, así como extensas regiones de todas partes del mundo. En ese momento las personas que solían habitar en los lugares inundados buscarán refugio en las grandes ciudades por dos motivos. El primero es que emigrar al campo será sinónimo de "retraso cultural". El segundo radica en que los sistemas de educación se esfuerzan en crear profesionales productivos sólo dentro de una ciudad (África y algunos sectores del sudeste asiático, tal vez, se salgan de este esquema). Las urbes se llenarán de vagabundos y unos y otros seres humanos comenzarán a buscar nuevas formas de vivir.

Consideramos esta propuesta tal como Allende califica el sentimiento revolucionario en la juventud. Diríamos "ser humanos y no ser nómades es hasta una contradicción biológica". El proceso revolucionario que nos proponemos, como dijimos, es el de "acrecentar las redes de socialización y comunicación entre grupos organizados de gente", pero esta acción, de forma de ser revolucionaria, debe encontrarse explícitamente dispuesta a crear una nueva forma vivir, de relacionarse con la naturaleza. Debe buscar la eliminación de conceptos tan "humanos" como la familia, las clases, las corporaciones, el dinero. Todo eso deberá dejar de existir. La nueva relación hombre-planeta se basará en cuánto estén ambos dispuestos a entregarse mutuamente. Las sociedades se desharán y todos nos moveremos de un lado para otro sin saber qué hacer. Todo será comunitario. Todo estará en constante movimiento. Y nosotros, los revolucionarios, hemos de ser los primeros en comenzar los viajes. Pero no debemos hacerlos a tontas y a locas. Nuestros viajes cambiarán el mundo, por lo que debemos estar organizados (entre nosotros como personas que existen en el mundo, no entre nosotros como personas que viajan) y no caer en las trampas que nos impone en sistema social imperante acerca del concepto "viaje". Nuestra travesía será sin carpas, sin sacos de dormir, sin dinero, sin rutas largas, sin destinos. Más de alguno creerá encontrar, durante el viaje, su lugar en el planeta y se quedará ahí siendo tan feliz como puede serlo alguien cuando se siente a plenitud. Cuando nuestro compañero decida "establecerse" en un lugar nosotros no intentaremos evitarlo, pues reconocemos en cada ser humano la capacidad de decidir su forma de vivir. Pero las condiciones físicas y morales de la sociedad obligarán a una u otra generación a desprenderse de la tierra en que habitan, y comenzar a moverse constantemente.

Esto no es más que una invitación al movimiento organizado.

-Oye, weón

-¿Ah?
-¿Cachai la weá del cemento, weón?
-¿Cómo?
-Así como cuánto cemento hay antes de la tierra.
-Puta, no sé, su resto igual, po.
-Pero, ¿cuánto, po?
-¿Sus veinte centímetros?
-Sería caleta.
-Sí, weón. ¿Y qué weá?
-No, que el otro día me dijeron una weá.
-¿Qué wea?
-Puta, según un weón antes las calles eran de madera.
-Puta, demás po weón.
-Sí po.
-En volá se quema toda la weá.
-Esa weá me dijeron po.
-¿Qué se quemaba toda la weá?
-Claro, onda Temuco.
-¿Y el weón es de Temuco?
-No, es de Valdivia.
-¿Y cómo sabe esa weá?
-Dice que era la cagá, que se veía de Valdivia.

¿Qué pandemia?

El fascismo nos ataca, vertiginosamente. Ahora salieron con una pandemia. ¿De qué hablan? ¿De que han muerto cuántos mexicanos por la influenza porcina?, ¿cien?, ¿doscientos? Pongámosle mil. ¿Cuánta gente vive en México? Casi ciento diez millones de personas, según Wikipedia. O sea, uno cada ciento once mil mexicanos, exagerando como loco. Dos canadienses y uno que otro gringo y español. ¿Eso es una epidemia? ¿Una pandemia? ¿Por eso le andan entregando mascarillas para andar por la calle a los mexicanos, han suspendido las misas, el público en el fútbol, y las clases en los colegios?

No, mentira. Ni epidemia ni nada. Estrategia del miedo, será. Políticas comunicacionales de los Estados. Quieren que temamos, que estemos asustados. ¿Cuánta plata están ganando los laboratorios, o cuánta van a ganar con sus vacunas y remedios? Sabemos que son los laboratorios los que controlan gran parte de las economías, basta con ver esa película, El Jardinero Fiel. Se lo hicieron a África en esos años, el año pasado a Asia con la tontera aviar, y ahora le tenía que tocar una “pandemia” (concepto extraño que inventan para que suene más pomposo todavía) a América. ¿Cuánta gente muere de cánceres, de SIDA, asesinada por estadounidenses al día? Claramente más que por estas gripes terribles que ponen a andar. Las guerras, las matanzas sí que son una epidemia. Esta epidemia no es tal, quieren miedo. ¿Por qué, sino, iba a suspender las clases?

¿Quieren miedo? Aquí les tengo algo bueno. Fui a la Clínica las Condes hoy. Tenía que hablar algo (no daré más información al respecto) en el área de Comunicaciones de la Clínica. Mirando, pasando los ojos por aquí y por acá mientras esperaba un papel, leí un documento aparentemente oficial del centro médico: tenía unas cincuenta páginas tamaño carta, los logos oficiales de la Clínica y en su portada versaba una oración macabra. “Influenza Porcina en Clínica las Condes”.

Ágilmente, una persona que acompañaba mi travesía a aquél poco humilde lugar, hizo una que otra pregunta a una fuente oficial de la empresa. Ésta le comentó que había unos cuantos casos y luego puso cara de “chuuucha, la cagué”.

Sin título aparente

Estaba escuchando unas canciones que, pensé después, pueden ser tituladas, conociendo la historia de las canciones y de los autores, igual a cómo Beethoven tituló su tercera sinfonía: Eroica. Resulta que este hombre escribió aquella sinfonía mientras avanzaba la Revolución Francesa, la cual él apoyaba y admiraba. En un principio, como sbemos, Napoleón era un buen hombre, que era representativo del pueblo francés y encandilaba a las masas. Ludvig le dedicó, entonces, como solían hacer los músicos de esos años, si tercera sinfonía a un gran hombre de la época: Bonaparte. Más tarde este gran hombre se auto coronó emperador, cosa que a Beethoven molestó mucho, cometiendo un acto que ahora lo hace famoso. Tomó su lápiz, lo dio vuelta para borrar la dedicatoria, y lo hizo con tanta fuerza que rompió tanto el lápiz como la primera página de la sinfonía. Cogió otro lápiz y escribió: "Sinfonía Nº3: Eroica, compuesta pra festejar el recuerdo de un gran hombre". Algunas otras obras musicales que podrían titularse así con: I looks at you, de los Doors; Vamos, de los Pixies; Creepin' in, de la Norah Jones; Gitana, de los Fabulosos Cadillacs, el Vals de la profundización de la democracia, de Inti Illimani y Sick & Tired, de los Cárdigans.

Listado uno

Me gusta hablar de cosas fomes. Me gusta ver tele. Me gusta hacer zapping por los canales nacionales. Me gusta andar en bicicleta, aunque se te pasa la volá. Me gusta salir a caminar. Me gusta mucho fumar cigarrillos. Me gusta leer, a veces. Escribir también a veces. Me gusta apretar el botón de página aleatoria en wikipedia. Me gusta calcular cosas. Me gusta subir o bajar escaleras y sentir que no se acaban nunca. Me gusta leer cosas de la u. Me gusta beber alcohol, aunque cada vez menos. Me gusta comer frutas. Me gusta escuchar la novena sinfonía de beethoven. Me gusta buscar, en youtube, canciones que no tengo en el winamp. Me gusta besar. Me gusta entrar a clases. Me gusta transpirar de calor. Me gusta fumar marihuana. Me gusta tener que hacer cosas importantes, o que requieran concentración, por difícil que me resulte. Me gusta ir al supermercado, y demorarme en elegir las compras. Me gusta estar acostado y tratar de olvidarme de mis límites. Me gusta mirarle la cara a la gente en el metro. Me gusta inventar historias para la gente que está al fondo de las tomas que hacen los noticiarios en la calle. Me gusta hacer diálogos conmigo mismo. Me gustar argumentar, y contra argumentar y convencerme y desconvencerme. Me gustan más los melones que las sandías. Me gusta perderme parte de las conversaciones. Me gusta ducharme. Me gusta acostarme. Me gusta despertar de una corta siesta. Me gusta toser. Me gusta andar en micro. Me gusta hablar, o cómo se me pone la voz. Me gusta imaginar cosas en la calle. Me gusta cambiarme de ropa. Me gusta buscar la llave adecuada, y achuntarle a la chapa en la oscuridad. Me gusta apretar la caja de la leche para poder oler si está buena o no. Me gusta prender el calefón y pensar en girar la perilla un poco más o un poco menos. Me gusta tirar la cadena. Me gusta cuando los vendedores le hacen barra a sus productos. Me gusta cuando un krishna te habla en la calle. Me gusta cuando los evangélicos cantan. Me gusta cuando la gente me cuenta cosas que no me interesan haciendo como si me interesara. Me gusta hablar de cosas que no me interesan. Me gusta encontrar malo un sándwich caro. Me gusta comprar el diario y no leer nada de él. Me gusta que haya unos cuantos libros cerca de mí. Me gusta levantar una mano y que un grupo de palomas salga volando. Me gusta inclinar todo mi peso hacia un lado en la bicicleta. Me gusta molestarme con automovilistas despreocupados. Me gusta poner pensamientos en mentes ajenas y desconocidas. Me gusta cuando alguien tiene algún problema en la calle y puedo ayudarlo. Me gusta inventar explicaciones para fenómenos que no comprendo bien. Me gusta enojarme porque la gente grita mucho. Me gusta reírme cuando alguien se tropieza. Me gusta ver los programas más malos que hay en la tele. Me gusta que se acaben las transmisiones y que el canal me informe esas tonteras que informan al final. Me gusta desenchufar en vez de apagar los artefactos eléctricos. Me gusta que todas las luces de una casa estén encendidas. Me gusta que la gente escuche música fuerte en sus autos. Me gusta pasar por fuera de una casa y ver una romántica escena familiar en el patio. Me gusta que la gente haga cosas en los patios de sus casas. Me gustan más los gatos que los perros. Me gusta que existan tantas ciudades, y saber que nunca las voy a conocer todas. Me gusta enfermarme, y sentirme mal. Me gusta ir a lugares como el banco y pelear con todas las supervisoras. Me gusta escuchar a Mozart, un rato, y después a Cristina y los Subterráneos.

Posibilidad

Un personaje que, con el tiempo, vaya aprendiendo la mejor forma de fumar, sus mejores momentos. Más viejo, entonces, como que calcula, y de repente dice “ahora” y se fuma el cigarro, y ese siempre es un buen cigarro. No como antaño, que había cigarros buenos y malos, y comentaba con los amigos “no estaba tan bueno ese cigarro, ¿ah?”. También se podría ver cómo el personaje va aprendiendo a fumar. Poco a poco se iría dando cuenta de algunos momentos malos para fumar, los clarificaría, los reordenaría un par de veces hasta memorizarlos y dejaría esos momentos. Al mismo tiempo organizando los buenos, dándose cuenta cuánto más bueno es el cigarro fumado en el momento adecuado. Claro que comentaría eso con las amistades, y alguna que otra amistad seguiría sus pasos. Un día andaría con un amigo en la calle y éste lo invitaría a fumar, pero el aconseja esperar uno momentos. Al rato le dice al amigo que lo hagan en ese mismo instante. Fuman y el amigo se sorprende de lo bueno que fue ese cigarro. El punto de quiebre secundario se situaría en el momento en que descubrió ese gran cigarro y lo empezó a buscar, claro que la historia conductora estaría en quizás qué anécdotas. Finalmente se da a entender que el fumar es una cuestión de sabiduría y de inteligencia, una combinación suprema para aquel placentero estado. Se connota que aquella enseñanza sirvió, de alguna forma, a solucionar el conflicto protagónico, y algún momento final contendría parte de estos agumentos.

Jiles V/S CUT

Exigiendo un Estado Social, Democrático y Solidario, la Central Unitaria de Trabajadores invitó a las “masas oprimidas” a marchar hoy por las calles de nuestro país. Orgullosos dirigentes clamaron, en el “acto central”, que se habían sumado a la convocatoria todos los regionales y provinciales de la central, desde Parinacota a Nueva Esperanza, y que en ese mismo momento, miles de trabajadores, en toda la nación, se “han reunido para escuchar el mensaje de sus dirigentes”.

La Pamela, fiel a su estilo, llegó tarde a la convocatoria de Plaza Italia, pero logró hacerse de un espacio cuando acabaron los incidentes de Alameda con Portugal. La marcha entonces desvió su rumbo y se abrió paso por Curicó, momento en que los jiles se apiñaron frente al lienzo de la Central, con el excelentísimo Arturo Martínez a la cabeza.

Diez metros delante del susodicho, periodistas se acercaron a nuestra candidata, que a esas alturas había sido mojada por el guanaco y tenía los ojos inyectados de un rojo intenso. Uno que otro maricón sostenía el lienzo, pintado a mano, que rezaba “Pamela Jiles Presidenta”. Para contestar las preguntas de los reporteros, la Jiles caminó más lento, cosa que a los “dirigentes de los trabajadores” molestó profundamente, escuchándose gritos del calibre de “esta marcha es para los trabajadores, no para la farándula”, “agilá culiá, métete el cartel por la raja” o, simplemente, “maraca culiá”.

Repentinamente, los dirigentes nacionales de la CUT, dirigidos por Arturo Martínez, levantaron su lienzo y comenzaron a correr, cosa extraña, pues el grupo comandado por Pamela seguía frente a las cámaras. No importaba, la idea era golpearla a ella y a su grupo. A patada limpia, las Fuerzas Especiales de la CUT (fortachones uniformados con jockeys negros con letras amarillas, igualitos a los del FBI), hicieron a un lado a los maricones, y la Jiles, sin saber qué hacer, se encontró con un Arturo Martínez enfurecido, que, además de insultos, le propinó un empujón que la dejó en el suelo.

El mismo hombre, presidente nacional de la cut (ya no se merece ser escrito con mayúsculas) quedó de pie frente a su lienzo, con un periodista del otro lado. Sintió un empujón en su hombro y escuchó al corresponsal decir “esa es tu weá de respeto, conchetumare”. Inmediatamente dos combos del “dirigente” fueron esquivados, y arturito comenzó a darle patadas a través del lienzo. Seis o siete policías de la cut se acercaron al reportero y, a patadas e insultos, lo alejaron del lugar.

En ese momento la Jiles decidió conversar la situación con el cabecilla e intentó acercarse a él, cosa que fue imposible debido al actuar de los matones que, no conformándose con la arremetida anterior, la propinaron empujones, patadas, insultos y una serie de “mamones” (tomaban la cabeza de la candidata y la acercaban brusca y torpemente a su genital, seguramente pequeño).

El periodista anteriormente mencionado se acercó minutos después a tomarle una foto a martínez. Al apuntar la cámara, éste lo notó y, pasando por debajo del lienzo se encaminó hacia el fotógrafo en actitud de combate, haciendo relucir su pequeño pecho y empuñando sus arrugadas manos. Un par de matones se interpusieron y volvieron a insultar a quien escribe con epítetos de la calaña de “fascista”, “la prensa burguesa no nos interesa” o “métete la cámara por la raja” (la palabra raja era una de las favoritas de la cut).

Ya en el acto central, sobre un podio de exagerados metros de altura, después de haber sido mencionado durante varios minutos por otro orador, arturito martinez declaró que “son los infiltrados, los que andan provocando peleas en las marchas, los que provocan a los trabajadores, los infiltrados de la derecha y de los pacos (sí, dijo “pacos”), los que desarman el movimiento sindical chileno”.

“Fascismo puro”, pensé, y me retiré indignado.

La tele me consume

Me acuesto y sintonizo el partido de Chile. Es el primero de abril y, en vez de seguir a mis amistades, a una fiesta donde se sintonizaría el partido, me acuesto en mi cama y observo. Pasadas las 19:00 comienza el partido. Poco a poco me voy molestando con el relato y los comentarios, sobretodo con lo que habla Pedro Carcuro. Me impresiono una vez más con la cantidad de años que un hombre como él lleva en la televisión.

Se acaba el cero a cero y comienzan las noticias. Nada especial, como siempre. Un par de muertos, un político le contesta a otro en una conferencia de prensa a cientos de kilómetros, un grupo de manifestantes se transforma en un grupo de delincuentes. No puedo dejar de mencionar mi malestar con cada “Crónica” de 24Horas: todas iguales, fomes, largas. Pese a que son noticias, cosas actuales, las hacen en un idioma ridículo y poco empático, donde el periodista se muestra como un experto sin serlo, donde no se responden las preguntas adecuadas, donde no se eligen los temas por su necesariedad, sino por el morbo y la tontera.

En el tiempo, Luis Weinstein me informa del calor futuro. Recuerdo el juego de palabras que él mismo creó y narró unos minutos antes del fin del 2008. Lo veo ahora, recuerdo eso, y me doy cuenta que éste parece ser un buen hombre. Incluso puede que tenga buenas intenciones.

Después de un par de comerciales parte Última Salida. Es la segunda vez que veo el programa y me parece alucinante, morboso e innecesario. Pocos días después sólo recuerdo algo acerca de un adicto a no sé qué que se negó a tomar un tratamiento para su adicción. La secuencia lógica de un programa como aquél parece ser (Protagonistas de la fama+Vida 2000)->(Rojo: Fama-Contrafama+Doctor Vidal: Cirugías que curan)->Pasiones->¿Cuánto me quieres?->Última Salida.

Comienzo a pensar que la aparición de un programa como éste, una especie de docureality, no puede haber sido azarosa, así como la aparición del Realityshow, en la que se juntó un grupo de “expertos” a pensar en un programa. Un docureality como éste parece la conjunción de un montón de otros programas, de textos, una hipertextualidad donde se transmite más de un show a la vez, y donde se mezclan extrañamente la medicina, el morbo y aquello que en la tele llaman “realidad”.

Después de soportalo una hora aparece Dr. House. Él me agrada. Es de esas personas en las que suelo depositar mis pretensiones futuras. Es fascinante cómo se muestra duro y agradable, y cómo, de cuando en vez, es un hombre como cualquier otro, que se enferma y que no tiene con quién compartir su tiempo libre. En ese capítulo de la quinta temporada se tropezó con algo, y siguió caminando como si nada. Ese tipo de aciertos me convencen de que la televisión estadounidense tiene muchas ventajas frente a la chilena. Los personajes de acá, aunque puedan simpatizarte mucho, como Tito Larraín o los hermanos de Una Pareja Dispareja, nunca tienen ese dejo de nostalgia que invade las series norteamericanas, ni esa oscuridad de las películas francesas, ni esa claridad del teatro.

Empiezan nuevamente las noticias y vuelven a aparecer los muertos. En las noticias hay muchas muertes. Una vez vi una película de Michael Moore donde mostraba los noticieros canadienses. Los problemas más terribles que mostraban de esa sociedad pretendidamente perfecta eran cosas como la altura de los lomos de toro o el exceso de ciclovías. Bien por ellos. Mal por nosotros. No creo, en todo caso, que si las noticias chilenas fueran así nuestra sociedad sería mejor. Incluso, tal vez, todo lo contrario. Pero estoy casi seguro de que sería distinta.

Luego veo el capítulo de repetición de Los Exitosos Pells, el mismo del día anterior, pues a la hora de la teleserie estaban dando un programa referente al partido que transmitía Canal 13. Era tercera vez que transmitían esas imágenes, y el día domingo lo harían por cuarta. No hago más que molestarte con la planicie que se posa como una pared frente a cada personaje, excepto al gordito que es director de las noticias, que me parece un personaje interesantísimo. Días más tarde, cuando ese personaje estuvo de cumpleaños, dejé de verlo así, mas no dejé de ver el programa.

Otra vez aparece Dr. House. Veo el programa en su totalidad, pero no puedo evitar pensar en la decadencia de un canal que repite de esa forma sus adquisiciones extranjeras, como Canal13 con Los Simpsons. También me sorprendo de las 4 transmisiones diarias de noticias, y de la repetición de la teleserie. Puede ser un deseo por hacernos pensar la realidad desde una sola perspectiva. Más bien desde unas cuantas, que las decide quién sabe quién. Hace unos días un profesor decía algo que bien podría decir yo: con la cantidad de noticias que se producen, es imposible que un solo hombre las lea, escuche y vea todas. Imposible. Me imagino que hay personas que quieren que veamos su versión de la realidad. Y hay tantas versiones que se crean montones de textos paralelos y ajenos. Algo así como una súpertextualidad, sobretextualidad, megatextualidad, o como sea.

En fin. Se acaba por segunda vez la serie estadounidense y una voz en off me informa un par de cosas que no me interesan del canal, su visión y misión, su alto cargo y la dirección de éste. Aparece una foto del frontis del canal, y la programación que comenzará en 4 horas más.

Absorto, cambio de posición después de siete horas. Me siento en la cama, desenchufo la tele para no tener que pararme a apagarla, me acuesto, y espero.

La vida

Sólo quería decir que si uno no vive, no disfruta. Si disfrutar es lo que hace la vida algo bueno, entonces hay que vivir. Y si mantenerse vivo es la única forma de vivir una buena vida, entonces lo más importante para mantener una buena vida es no morir. Y si uno se muere una sola vez, así como uno nace una sola vez, entonces no hay posibilidad de equivocarse. O sea que de los errores no se aprende.

Nada especial

Iba a decirte que te amo, que te pienso y que quiero conocerte más.
Iba a decirte que te necesito, que me siento mal sin ti, que me siento solo.
Iba a decirte que me molesta no verte todos los días.
Iba a decirte que me encandilas, que me excitas, que me calientas, que me provocas.
Iba a decirte que te recuerdo, que te imagino.
Iba a decirte que cuando camino por la calle siento montones de olores, y que la mayoría de ellos me recuerdan a ti.
Iba a decirte que cuando leo algo voy relacionándolo todo contigo.
Iba a decirte que me molesta saber que existes, y que andas por ahí sin mí.
Iba a decirte que es insoportable que no estés aquí.
Iba a decirte que te vinieras para acá.
Iba a decirte que me avergüenza decir estas cosas.
Iba a decirte que emborracharme es mucho más fome cuando no estás.
Iba a decirte que me fascina el recuerdo de tu espalda.
Iba a decirte que me parece que sin ti nada de esto tiene demasiada importancia.
Iba a decirte que sería mucho mejor saber que te voy a ver en el corto plazo.
Iba a decirte eso, y un montón de otras cosas.
Iba a decírtelo varias veces.
Pero me di cuenta que, tanto como te lo puedo decir a ti, se lo puedo decir a un montón de otras gentes.
Pero me di cuenta que puedo decirle muchas cosas a mucha gente.
Pero me di cuenta que si estuvieras disponible para mí, no iría.
Pero me di cuenta que nada tiene demasiada importancia, de una u otra forma.
Pero me di cuenta que me fascina el recuerdo de un montón de espaldas, y de abdómenes, y de omóplatos, y de ombligos.
Pero me di cuenta que cuando estás todo es igual de fome.
Pero me di cuenta que no me gustaría nada que invadieras mi espacio.
Pero me di cuenta que todo es insoportable.
Pero me di cuenta que me molesta que mucha gente ande por ahí sin mí.
Pero me di cuenta que cuando leo todo se va relacionando con todo.
Pero me di cuenta que hay muchos olores que me recuerdan a mucha gente.
Pero me di cuenta que pienso en mucha gente, que recuerdo a mucha gente, que imagino a mucha gente.
Pero me di cuenta que me avergüenzo hasta de mi inconsciente.
Pero me di cuenta que vivo encandilado, excitado, caliente y provocado.
Pero me di cuenta que me molesto todos los días.
Pero me di cuenta que amo a muchas personas, hombres y mujeres, que a casi todo el mundo quiero conocerlo más.
Pero me di cuenta que necesito a mucha gente, que me siento mal casi siempre.
Pero me di cuenta que igual me voy a sentir solo.

Y me di cuenta que a ti igual quiero decírtelo. Y, además, te voy a decir que es raro que, habiendo tanta gente en todas partes, yo quiera decirte esto sólo a ti.

Y voy a terminar diciéndote que me da lo mismo sonar así de mamón.

Un

Un Krishna entregó un currículum en un matadero. Un ex agente de la DINA fundó una agrupación de derechos humanos. Un primer ministro se declaró anarquista. Un latifundista, comunista. Un terrateniente, socialista. Un empleado público, liberalista. Un obrero, capitalista. Un vagabundo votó por Bush. Un discapacitado se cayó en una cuneta. Un estudiante trabajó. Un poeta escribió una novela. Un chofer de micro bailó tango en Brasil. Un cristiano armó una barricada en Burkina Faso. Un empresario regaló billetes en público. Una monja se vistió de seda. Una puta se vistió de monja. Un drogadicto se rehabilitó. Un aspirante a enfermero estudió ingeniería. Un payaso casó una pareja. Un periodista lo descubrió. Una pareja se le insinuó a otra. Un cantante bailó. Un bailarín se murió. Un arquitecto se informó. Un televidente se atontó. Un borracho se incineró. Un capitán de barco sacó licencia de conducir. Un choro del puerto se indigestó. Un fiestero se sintió mal. Un periodista se observó. Un cineasta se prendió. Un informático se lanzó al vacío. Un cura se masturbó. Un dentista imaginó. Un médico se desinformó a propósito. Una bataclana cantó una oda a la primavera en medio de su show. Una casa se quemó. Una planta meditó y conoció las ocho lunas de un planeta lejano. Una fiesta se armó. Un joven asistió. Una turba se emborrachó. Un viajero se integró. Un caminante caminó, armó su camino y se fue. Un travesti de vistió de hombre y cantó noches de sífilis en la ciudad. Una mujer vestida se rojo se rió con él. Un comprador fue engañado dos veces en la misma situación. Un amigo cantó con el travesti. Un gordo se rió con la mujer de rojo. Un corazón explotó. Una vejiga se consumió. Una hostal recibió a alguien. Un hombre cualquiera se fumó un porro. Un fumador se subió a un taxi. Un taxista se durmió. Un pisconauta se molestó. Un manifestante se arrepintió. Un carabinero se reconcilió. Un político se asustó. Un indigente levantó su cuerpo del suelo.

Y así, había mucha gente haciendo muchas cosas, en todas partes, de todas las formas.

Y uno ahí, mirando.

A propósito del amor.

Te amo, y quiero casarme contigo. Quiero hacer eso porque quiero compartir mi vida entera contigo, quiero dártela entera, como la CUT, quiero conocer música y desechar música contigo, quiero ver una película, contigo durmiendo a mi lado, y después dormir. Quiero verte día a día y quiero reírme de toda la pintura que te pones y de todo lo que cuesta sacártela en las noches. Quiero sentir tu olor cuando te acuestes. Quiero tener un hijo, y quiero que se case, y quiero que seamos felices viendo lo lindos que son nuestros nietos. Quiero sentir tus manos en mi cara, a veces, y quiero que, a veces, me sirvas la comida, el desayuno, que me atiendas, y yo atenderte. Quiero saber, dentro de cuarenta años, que estuve cuarenta años pensando en ti, y sintiéndote cerca. Quiero hacerte feliz con todos mis recursos, quiero que me exijas y quiero exigirte; y quiero que pase tantas veces que las cosas que yo te exija sean obvias para ti y que las que tú me exiges sean obvias para mí. Y no me importa que las cosas no sean perfectas. No me importaría que tú conozcas una música y yo conozca otra, y que no nos importe. Me daría lo mismo estar durmiendo cuando te acuestas, y levantarme durante tu sueño. Me daría lo mismo odiar tus pinturas matutinas y tus cremas nocturnas. Me daría lo mismo odiarte, y tener un hijo alcohólico. Me daría lo mismo sentir tus manos empuñadas en mi cara, y vivir durante años con una marca en mi nariz. Me daría lo mismo no poder satisfacerte sexualmente durante la vejez, ni durante la adultez, ni durante la juventud. Me daría lo mismo sentir tus golpes diariamente, y no me molestaría que nuestro hijo alcohólico golpee a su mujer, ni saber que eso lo aprendió de ti. No me interesaría dejar de quererte y de respetarte, ni que tú hagas lo mismo, ni asquear tu olor genital, ni horrorizarme con tu cara cada noche. Me daría lo mismo morir contigo odiándome a mi lado, y yo odiándome por haber compartido mi vida contigo. Me daría lo mismo que mis exigencias te parezcan absurdas y que las hagas para evitar conflictos, y lo mismo conmigo, escuchándote y odiándote y haciéndolo. No habría problemas con nuestros nietos bellos, pero insoportables, gritones y despreciables, ni con tu arribismo ni con todo lo que odiaría de ti, por que te odiaría, y tú me odiarías. Quiero que nos odiemos mutuamente, que nos detestemos, que nos obliguemos y que nos exijamos, que nos golpeemos y que no nos reconciliemos, y que vivamos así. Quiero vivir esa vida, y quiero vivirla porque en este momento quiero y siento que debo enamorarme, y tú no pareces tan mal para una persona como yo.

Él cantó y nosotros lo escuchamos

Había llegado a mi casa un amigo de otra ciudad. Había venido con su polola, así que tuve que prestarles mi cama y dormir yo en el sillón para que pudieran manosearse tranquilos. A mí no me molestaba acostarme en el sillón, excepto porque a tempranas horas de la mañana empezaba a pasar gente a mi lado, y siempre me parecía que les daba lo mismo que yo estuviera acostado y durmiendo. Hacían ruido y yo me molestaba, pero no les decía nada, porque a fin de cuentas era problema mío que un amigo mío hubiera llegado a mi casa a acostarse en mi cama. No era un problema del resto de la familia, así que yo callaba.

Era una de las primeras veces que trabajaba en mi vida, y estaba en mi segunda semana de trabajo cuando mi amigo llegó con su polola. Yo pensaba que de verdad tenía que “rendir” en mi trabajo, así que salía temprano y hacía todo lo posible para hacer hartas cosas y que todas quedaran bien. Más adelante me empezó a dar lo mismo, pero cuando estaba mi amigo yo salía temprano y volvía tarde, así que no pude compartir mucho con él.

El primer día que llegó, que fue una tarde de domingo donde yo me esforzaba por recuperarme de la noche anterior, lo fui a buscar al terminal de buses y fuimos a ver el mar. Compramos unas cervezas en lata y encontramos un lugar donde estacionar el auto y un poco más allá una buena vista al mar. Hacía frío y empezaba a llover, pero con mi amigo nos quedamos comentando unas cosas y otras mientras tomábamos una fría lata cada uno. Después nos comimos unos panes.

Ya en mi casa, parece que comimos algo, no recuerdo bien. Después queríamos fumar y salimos al patio trasero a hacerlo. Fumamos un cigarro y mi amigo me comentó que tenía marihuana. Así que armé o armó un cigarrillo de marihuana y lo fumamos. Sentí cómo el humo pasaba directo de mis pulmones a mi cabeza y la desaceleraba. Nos tomamos las cervezas que nos quedaban y decidimos ir a comprar más. Fuimos a un supermercado caminando y compramos, y luego volvimos. Me acuerdo que hablábamos harto, pero no sé acerca de qué. Cuando llegamos de vuelta nos sentamos casi en la misma posición que habíamos estado antes. O sea, yo sentado y él de pie; tomamos más cerveza y fumamos más marihuana. No era malo.

Como decía, mi amigo llegó un día domingo, y yo trabajaba de lunes a viernes, así que en toda la semana sólo conversábamos un poco en la noche, cuando yo volvía y él estaba en mi casa, con su polola. Su polola era más bien callada, así que, por lo general, yo hablaba sólo con él, agregando ella uno que otro comentario de cuando en vez.

No pude compartir con mi amigo como dios manda hasta el día viernes. Yo iba a emborracharme por ahí, pero mi amigo tuvo algún problema que no recuerdo y se quedó en la casa. Yo salí de todas maneras. Al día siguiente, el sábado, tenía que hacer un trabajo corto, pero a una hora horrible: desde las 21:00 a las 0:00. Lo hice, entonces, y llamé a mi amigo, invitándolo a beber conmigo y con otros amigos y con las pololas de los otros amigos y con uno que otro desconocido.

Llegamos a la casa donde sucedieron los acontecimientos a eso de las 0:30. No había mucha gente, pero a cada momento llegaban más. Creo recordar un pick de 15 personas. Un grupo fue a comprar el alcohol y volvió. Yo estaba en el grupo, y no había nada muy interesante que conversar o comentar. Cuando volvimos tampoco había nada. Todos estaban callados y yo callaba con ellos. Mi amigo y su polola se sentaron y callaron juntos, o hablaron despacio, entre ellos. El resto echaba miradas cómplices sobre los otros y sonreían. Eran silencios largos, pero cómodos. Eran silencios que, al final, no significaban nada.

Pusimos las bebidas sobre una mesa, en el patio, donde estaban todos, y empecé a preguntarle a la gente qué querían tomar, y, según sus respuestas, servía unas cosas u otras. Cuando terminé de servir ya había varías conversaciones instaladas en el ambiente. Ya se escuchaban las risas y las quejas de las mujeres. De pronto, una de ellas, que era polola de un hombre de ahí, saltó, gritó y corrió tapándose la cara. Se dio vuelta y dijo:

-Ella tiene una araña en la espalda.

Así que el pololo de una y el pololo de la otra se pusieron de pie, miraron la espalda de la mujer, empujaron la araña hasta el suelo y alguno puso su zapatilla sobre su leve existencia.

Yo a esa altura estaba conversando con un semidesconocido acerca de la crisis económica mundial. No lo estaba pasando demasiado bien, pero tampoco me aburría. Pasaban cosas. La gente se servía más bebidas. Algunos prendían cigarrillos. Otros caminaban para allá y para acá. De vez en cuando alguien se paraba e iba al baño. Unos conversaban a gritos y otros conversaban a susurros. Yo estaba contento, viendo movimiento y sintiéndome mareado.

Gran parte de la convivencia se desarrolló ahí afuera, frente a la puerta de entrada a la casa, por donde uno podía subir al baño, o pasar a la cocina, luego a una pieza y luego a otro baño. Estábamos ahí y nos mirábamos y nos hablábamos. Pero más tarde las miradas y las palabras se me hacían incomprensibles, así que tomé la sabia decisión de acostarme en una cama, pensando en lo feo que sería caerme en el patio.

Cuando me acosté no pensé en casi nada. Recuerdo que subí a una pieza y traté de sacar un colchón que había debajo de una cama mientras alguien me pegaba patadas en la espalda. Después bajé las escaleras y me acosté en un sillón. Al rato llegó una persona muy amable que me pidió que me moviera de ahí de tan buenas maneras que fue imposible negarme. Finalmente reposé en la cama de un amigo, que había estado trabajando durante el festejo.

Dije que no pensé en casi nada porque debí haber pensado en mi amigo que estaba quedándose en mi casa. No pensé en él, pero él si pensó en mí. Y cuando quiso irse se me acercó y, sin ver respuestas concientes en mi persona, sacó las llaves de mi casa desde mi bolsillo, pidió instrucciones para llegar, y se fue. Al otro día me contaron que anduvo perdido y llamando por teléfono para recibir nuevas instrucciones.

Horas después yo soñaba con la polola de un amigo. Por esos días yo estaba involucrado con otra mujer, y mientras soñaba con esta señorita mi cabeza daba fuertes giros occidentalizados pensando en que no debería estar con dos mujeres al mismo tiempo. Mi cabeza me decía eso y mi subconsciente me mostraba sobajeos y agarrones. Era un buen sueño.

El sueño se acabó cuando sentí un movimiento muy cerca de mí. Eran algo así como las 11:00 am y el dueño de la cama donde yo dormía se estaba levantando. Más tarde supe que cuando llegó, a eso de las 5:30 am, me vio en su cama y me sacó los zapatos para que durmiera más cómodo. Luego se acostó a mi lado.

En ese momento me desperté y lo miré. Él me dijo algo que no recuerdo y yo le respondí otra cosa que no recuerdo. Ni siquiera me acuerdo si fue algo cómodo o incómodo, si pensé en algo o qué. Intercambiamos ese par de palabras, lo vi levantarse de la cama, lo observé unos segundos haciendo algo de espaldas a mí, y volví a los sobajeos oníricos.

Horas más tarde, cuando los conflictos polígamos estaban bien lejos, sentí algo caliente que hacía un círculo alrededor de mi boca y nariz. Entreabrí los ojos y vi al dueño de la cama donde dormía muy cerca. El círculo eran sus manos, y un humo blanco entraba por mis pulmones sin poder evitarlo. Estaba confundido, me dolía el cuerpo, se me quebraba la cabeza y me costaba respirar, pero cuando sentí ese olor hice lo posible por mantener la fumada dentro de mí tanto como pudiera.

Riéndose, mi amigo se alejó y entró a la cocina. Me desperecé y lo seguí. Había unos cinco o seis hombres sentados alrededor de la mesa, y tomé posición junto a ellos. Mi estado era deplorable. No sólo me dolía todo y me costaba respirar, además expelía un sudor pegajoso, mis ropas estaban sucias y rotas, mi boca tenía un sabor vomitable, mi lengua completamente blanca y mis dientes llenos de sarro. En eso, un amigo me toca el hombre y me dice:

-Estás destrozado.

De pronto estaba jugando ajedrez. Tengo un amigo que es muy bueno, y, mientras alguien me servía un vaso lleno de alcohol y gaseosa, otro hombre llenaba una pipa de marihuana, ganó tres partidas simultáneas. Uno de los perdedores fui yo. El vaso que depositaron frente a mí fue mortal. Ahora que lo pienso, ni siquiera me acuerdo bien de habérmelo tomado, la única información que tengo era la sensación de mi cuerpo. Bebí el vaso y fumé muchos cigarrillos y aspiré mucha marihuana en pipa. Luego tomé más alcohol, pero no puedo definir cuánto.

Lo que pasaba ese día era extraño. Éramos cinco, seis, o siete personas, sentadas alrededor de una mesa, un día domingo, con sol y una temperatura agradable. En algún momento comentamos eso. Unos decíamos que la situación era rara otros respondían que nosotros éramos raros. Yo creía en ambas opciones.

Todo esto empezó, creo, como a las dos de la tarde. Me parece que a eso de las tres y media pasó algo sorprendente. Un amigo, que no sé si es un amigo, porque no lo conozco mucho, pidió silencio, porque su celular estaba sonando. Rápidamente nos callamos, pensando que él consideraba que sería mejor que quien lo llamaba no supiera en qué pasos andaba. Yo, en realidad, me callé para dejarlo mentir. También lo había hecho, aunque por lo general me habría ido al patio, para que nadie escuchara cómo miento. Entonces pensé que si él estaba haciendo eso, era porque pensaba que mentir no era algo malo, así que le deba lo mismo que lo escucharan. Alguna vez había conversado profundamente con ese hombre, y me parecía una persona inteligente, así que cuando imaginé sus apreciaciones acerca de la mentira, me pareció algo enormemente evolucionado, y lo envidié un poco.

Contestó el teléfono, saludó y se poso a contar lo que estaba haciendo.

-Estoy donde unos amigos, nos estamos fumando unos pitos y tomando unas piscolas. Más rato me voy para allá.

Habló durante varios minutos, con toda franqueza. Contó quiénes estábamos, lo que habíamos hecho, lo que hacíamos, lo que haríamos. No escondió nada. Entonces comenté lo extraño que era lo que estábamos haciendo. Era como si quisiera que escucháramos lo que hablaba. Yo no entendía y me puse a intentar concretar una conversación con otra persona, pero él pidió silencio de nuevo. Callamos. Yo lo miraba sorprendido. Él hablaba y hablaba y eran únicamente asuntos que no me interesaban.

Cuando al fin calló, empezó a llenar una pipa con marihuana y comentó que pedía silencio para poder concentrarse en la conversación. Según dijo, si había dos conversaciones al mismo tiempo las confundía y contestaba cualquier cosa a cualquier pregunta. Reímos un poco y fumamos marihuana.

Reíamos, fumábamos, bebíamos y yo me quejaba y me lamentaba de mis múltiples dolores. El del teléfono de vez en cuando nos miraba a la cara y nos decía:

-Para qué vamos a estar volados, si podemos estar más volados.

Entonces sacaba más de su marihuana y su pipa y armaba y fumábamos. Fumamos toda la tarde, y el telefónico siempre tenía más. En algún momento llegó una guitarra y el inalámbrico la tomó y tocó algunos acordes. Alguien el pidió una canción, y él accedió. Él cantó y nosotros lo escuchamos. Después dejó de cantar y armó una pipa. Él las armaba y todos fumábamos. Le pidieron otra canción y volvió a cantar. Cantó canciones que me gustaban. Canciones conocidas y no tan conocidas, y canciones que yo conocía y otras que no conocía. Pero las que conocía me gustaban de antes y las que no me empezaron a gustar ahí.

Y así pasó la tarde. Nos volábamos y él cantaba. Al principio, cuando cantaba, nosotros escuchábamos. Después, él cantaba y nosotros conversábamos, nos reíamos, nos empujábamos, nos insultábamos. En algún momento salió la idea de ir a hacer lo mismo que estábamos haciendo a otra parte. Yo no habría tenido tanto problema, pero la mejor idea que surgió fue salir al patio. Miramos, vimos el sol y pensamos en sacar las sillas. Yo pensé en ponerme de pie, levantar la silla, hacerla pasar por sobre la mesa, cruzar dos puertas, saltar una cerca y sentarme al sol. Deseché la idea personalmente y la desechamos como grupo.

Cuando mi organismo no aguantaba más, pensé en mi amigo que estaba en mi casa. Ahí pregunté qué había pasado y me contaron de las andanzas de él y las mías. Supe que se había ido y pensé que debía volver yo también a mi casa. Así que me levanté y caminé. Mi amigo había llegado en la noche y había vomitado el baño. Mi familia me reprendía por mi olor a alcohol.

Mi amigo se fue de mi casa y de la ciudad esa noche, o la siguiente. Era un buen amigo, pero habíamos compartido poco. Creo que todavía es un buen amigo, pero compartimos poco. Esa noche me acosté y en la madrugada recibí una llamada. El telefónico y los demás seguían bebiendo, y bebieron hasta altas horas de la mañana del día lunes. El día miércoles me enteré que también habían bebido el martes en la noche.

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