Al árbol.
martes, 21 de julio de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 7/21/2009 2 comentarios
Breve defensa de Feyerabend.
lunes, 6 de julio de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 7/06/2009 1 comentarios
Título provisorio.
Después de inhalar gases junto a un par de desconocidos, un conocido me indicó una buena solución para el problema. Quedábamos pocos, así que encontrar una solución para mantener el estado de las cosas no era necesario, sino agradable, amigable y amable. Me dijeron (o dije) algo acerca de una plaza en las cercanías lejanas y la propuesta de la caminata nos hizo sentido a unos siete de nosotros.
Así que caminamos. Como tenía que ser, algunos alegaban que era muy lejos y otros apelaban a la sublime diversión que nos esperaba. Llegamos y no había nada más que pasto, tierra, bancas y tres columpios. Empezamos a quemar el momento mientras un gran hombre me comentaba lo posmoderna de la situación. Una gran mujer columpiaba su existencia tonalmente enojada con el sistema social. Otro tomó una bicicleta y nos mostró cómo se caía de ella, cómo se ensuciaba con barro, cómo no podía derribar árboles.
Sin dejar de disfrutar el lugar decidimos movernos. Yo, que, como ninguno, no sabía hacia dónde dirigirme, en algún momento de la caminata me escuché diciendo:
-Entonces sentémonos aquí mismo po, weón.
Sin esperarlo, dos de mis compañeros tomaron asiento. Miré a mi alrededor y vi dos avenidas vacías y medianamente oscuras. No era tan mala idea, así que tomé asiento y quemé unos momentos junto a esa gente. No había nada más que espacios vacíos detrás de nuestro círculo, que se animaba cada vez más cuando el primer auto tocó su bocina. Después, más de uno pasó amenazando nuestras vidas, pero nosotros razonábamos que cómo nos iban a matar, qué sentido podría tener eso. Nadie lo hizo, y cuando empezábamos a invitar a los conductores a bajarse, justo antes del segundo bocinazo, un rastaffari apareció desde el sur. A nuestro costado, sin bajar de la bicicleta, nos miró hacia abajo y nos dijo:
-Dejé mi abrigo en el noreste.
Nos reímos a carcajadas y éste partió hacia rumbos desconocidos, hacia el mil ochocientos, alrededor de los terrenos de Carmen Cobarrubias. Lo esperamos con la certeza de que su presencia ahuyentaría la presencia estatal. Apareció entonces el canto, que lo cantábamos a carcajadas. Y dijimos carcajadas porque fueran las carcajadas las que cantaron ese canto. Y cuando una carcajada se acababa se transformaba en canto, y el canto acabado era la carcajada. Le dimos vueltas a ese asunto hasta que alguien comentó algo con lo que todos estuvieron de acuerdo:
-Es éste el momento más feliz de mi vida.
En la caminata pronta, con más destinos conocidos que nunca, con dos o tres certezas menos en las cabezas, nos preguntamos si el acuerdo acerca de la última frase pronunciada tenía que ver con un acuerdo con la certeza de la felicidad propia de cada uno, o con un acuerdo respecto a la felicidad del parlante que la transmitió.
Ya en su casa, uno de nosotros pensó que aquellos que escriben consignas callejeras durante sucesos sociales conmocionados, como el mayo francés o el mayo de los pingüinos, podrían haber estado tan preocupados y pendientes del suceso, que los rayados que algún periodista escribió o fotografió podrían ser obra de un autor u otro, de cualquier persona, y que éstas podrían decir “de más que eso lo escribí yo”.
Publicado por Rigoberto Gonzales el 7/06/2009 1 comentarios
A propósito de la familia y el nomadismo.
Resulta que si nos declaramos liberales en el ámbito sexual y libertarios en el ámbito político-social, es decir, si declaramos que la búsqueda de la libertad es el concepto fundamental desde el cual se rigen nuestras acciones individuales y sociales, no podemos caer en la verticalidad estructuralista que nos impone el concepto de familia, tan fuertemente arraigado en la sociedad judeo-cristiana. Papá, mamá e hijos son lo que por éstos días rigen aquello que los libros de historia llaman el ‘núcleo social’. En el entendido de que el núcleo social ha de ser una estructura a través de la cual las personas se adaptan a la sociedad, tal como la adaptan otras estructuras –escolares, culturales, nacionales-, esta idea sería perfecta: un grupo de personas que te ‘enseña’ a vivir tranquilo en tu contexto. Pero, cada día más, nos damos cuenta que los conceptos tradicionales de las más variadas problemáticas sociales mutan para adaptarse a su contexto. En el contexto social en el que nos encontramos, el concepto de familia se muestra tan fallido como la teoría geocéntrica se mostraba después de los descubrimientos de Galileo. Como bien podría decir Kuhn, no es el humano el que cambia, sino su forma de observar. Cambiemos, pues, la forma de observar los métodos para lograr una sociedad estable, suponiendo, con más miedos que certezas, que es eso a lo que aspiramos.
Imagino que el núcleo de una sociedad estable no puede ser calificado como ‘estructura’. Basta con observar cualquier etapa histórica para notar que toda estructura propuesta (aunque casi siempre impuesta) se muestra fallida después de unos cuantos decenios, o siglos, en los casos más extraños. Cualquier revolución política, social o científica demuestra que alguna estructura se agotó, que el contexto obligó a buscar una nueva forma de ver el mundo. Lo que intentamos no es crear una nueva estructura. Intentamos demostrar que ésta en la que estamos se está acabando, y hemos de saber cómo reaccionar en el futuro.
El movimiento homosexual ha intentado una y otra vez, lográndolo en algunos países, conseguir que la ley admita dentro de sus parámetros el matrimonio entre dos personas del mismo sexo. Nosotros proponemos no sólo olvidarnos del género, sino también del número. Si la concepción de núcleo social no tiene por qué ser hombre-mujer, tampoco tiene por qué ser ‘un’ hombre con ‘una’ mujer.
Si nos remitimos al contexto sociocultural de la ‘familia’, nos damos cuenta que esta apuesta no está tan alejada de lo que se ha venido dando sobretodo en los sectores populares de escasos recursos. En ese contexto, los niños no crecen en su casa viendo a sólo a su papá y mamá todos los días; crecen viendo a tíos, abuelas o vecinos que en diversas ocasiones se ocupan de cuidar a los niños. La situación donde la ‘familia’ se mantiene unida según el esquema papá-mamá-hijos se realiza principalmente en contextos sociales adinerados, donde los hijos son criados más por el colegio que por los padres, y donde la nana desempeña el papel de cambiar de ropa a la guagua y hacerle la comida a los niños. Queremos con esto decir que el concepto familia no sólo es retrógrado, sino también clasista. ¿Dije que era sexista? Agréguese.
Si bien proponemos que el matrimonio no se rija ni por género ni por número, no criticamos al hombre que se quiera casar con la mujer. Así como Feyerabend considera al conocimiento como un mar de teorías incongruentes, incompatibles e inconmensurables, nosotros proponemos al matrimonio cristiano-occidental como una forma más de generar núcleos sociales. Pero cualquier otro, cualquier otro es tan bueno y necesario como éste.
Desde una visión utilitarista del tema, proponemos la eliminación del número en la concepción de núcleos familiares de forma que los sujetos sean capaces de satisfacer todas sus necesidades humanas: las biológicas, las sexuales, las sentimentales, las racionales. No hay motivo alguno para pensar que un humano va a encontrar todo lo que necesita en otro humano. Cuántas veces hemos escuchado críticas de parte de un esposo, de una polola, que hacen directa referencia a algo así como que la persona con la que están no tiene todo lo que él o ella necesita que tenga para hacerlo feliz.
Por otro lado, vemos que las condiciones sociales, políticas y ambientales del planeta que habitamos están en un claro proceso de crisis. Pese a los falsos testimonios de la prensa burguesa respecto a luchas populares y toma de armas de parte de un u otro sector social (me refiero a las reiteradas insurrecciones populares que se reprimen a sangre y fuego por todo el mundo, a los golpes de Estado que supuestamente ya no son típicos, a las sanguinarias invasiones imperialistas a tan diversos territorios y de tan diversas maneras), podemos notar que por todos lados la estructura se quiebra, vacila, se parcha, pero en ningún caso se mejora. De la misma forma lo hace el medio ambiente planetario en que vivimos: se resquebraja, muta a velocidades ridículas, se derrite, se congela, se quema, se ahoga.
Si hemos de crear un nuevo concepto, o un nuevo paradigma, que sea uno en el que se acepten todas las teorías, todas las formas, todas las ideas. “Todo Sirve”. Casémonos de a cinco, no tengamos hijos, recorramos el mundo sin destino, preparémonos para el futuro. Quememos la patria. Démonos cuenta de la superioridad del sentimiento solidario de los pueblos frente al egoísmo de las naciones. Emborrachémonos, culiémonos, gritemos. Derrotémoslo todo. Hagámoslo todo. Propongámoslo todo. Todo sirve. Amémonos todos, durmamos juntos, caminemos en grupos, tengamos hijos. Descubrámoslo todo, creamos en todo, al mismo tiempo, sin darnos cuenta. Aceptemos toda la información. Seamos católicos, budistas y animistas hoy. Empiristas y racionalistas mañana. Evolucionistas y politeístas después. “La revolución será nómade, compañeros”. Preparémonos. Para todo.
martes, 30 de junio de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 6/30/2009 1 comentarios
Cuatro fragmentos.
Era una señora, no una dama, que trabajada en una casa cuidando a un anciano enfermo. Este hombre no era prácticamente nadie, no se mostraba mucho, le gustaba estar solo y salir a caminar un rato cada tarde. La mujer, entonces, siendo remunerada por ello, lo acompañaba todas las tardes, afirmando fuertemente uno de sus brazos. Eran caminatas silenciosas. Ella simplemente le tomaba el brazo y procuraba no dejar caer al viejo. El viejo, por su lado, se dejaba afirmar y se perdía en sus pensamientos, mientras los de la señora se reducían a afirmar aquel brazo que, con el tiempo, se iba volviendo más flaco y más débil. Al volver a la casa, la mujer preparaba las comidas y las servía en la mesa. El viejo a veces llegaba, otras se quedaba en su pieza viendo su televisor y sintiendo cómo la sangre se esparcía por su cerebro.
Todas las tardes la señora salía al patio y cambiaba el color de la tierra con una manguera, recogía las hojas que se le caían a los árboles, si las había, y volvía a su rutina vital. Se levantaba, cocinaba, comía, se bañaba, caminaba, y dormía. Durante años su vida se redujo a eso, y ella era enormemente feliz, enormemente seria y enormemente callada.
Ella era una señora pobre y con bastantes años encima, por lo que los hijos serían unos cuarentones que se dedicaban a alguna labor medianamente anacrónica para sus tiempos. Un camionero, por ejemplo, que tenía que recorrer cortas distancias varias veces cada mes. Algo así como 150 kilómetros transportando algo que no le importaba. Su camión, medianamente viejo, tendría la radio mala y él no habría pensado nunca en eso, así que manejaba en silencio y se conformaba con mirar el aburrido paisaje y con tocarle la bocina o uno que otro camionero con el que se topaba cada una o dos semanas.
Otro hijo podría ser un hombre con problemas más fundamentales, racionales y sentimentales. Algo así como un proletario casado con una mujer de clase media, medianamente alta y medianamente criada en un ambiente literario y de música docta. Ella le habría presentado hace tiempo uno que otro disco de Brams o el Réquiem de Mozart. Pasado el tiempo, habría aprendido a disfrutarlo. Vivirían en un departamento céntrico pero silencioso, y él, habiendo crecido en un barrio, conociendo a los vecinos y teniendo problemas, amistades, amores y desamores con ellos, llenaría esos silencios que se le hacían molestos con cumbias, en un principio, y con conciertos para piano, divertimentos y sinfonías, al final.
II
Una gata grande, no muy gorda, pero sí peluda, de pelos largos, y de largos bigotes. Tan inteligente como un felino casero puede serlo, pero claramente incapaz de encausar el caminar de un rebaño hacia su corral, como un perro en jauría. Inteligente, entonces, pero no tanto como para darse cuenta de las días que pasan mientras su amo no la ve. Pasaría meses sin saber nada de él, acostada en sillones y camas vacías y frías, soportado su solitario invierno sin notarlo, incapaz de comparar un otoño de una primavera.
Una o dos veces al día alguien la alimentaría con comida para gatos. Ella, con sus diez u once años encima, aburrida ya de comer tales galletas, comienza a buscar comidas más agradables al paladar en los basureros del barrio. Habiendo sido siempre una gata ordenada, no rompía las bolsas ni dejaba restos de sus comidas en las calles, pero de todas maneras los vecinos la espantaban cuando la veían cerca de sus sacos. Dándose cuenta que eso era porque los perros del sector eran incapaces de robar sin armar escándalo, la gata comienza a odiarlos secretamente, incluso para ella. No hace actos de odio directos, sino que se nota en pequeños detalles, como levantarse del suelo hacia un árbol si veía un perro cerca, o doblando en el sentido contrario al que iba por la presencia de uno de ellos. Los canes, en tanto, se mostraban respetuosos con ella. Sólo uno que otro anacrónico la atacaba de vez en cuando.
Un tiempo después de comenzar la rutina basurera, la felina empieza a sentir olores desconocidos al defecar. Como acostumbrara a hacerlo, antes de desechar hacía un hoyo en la tierra, defecaba en él y tapaba minuciosamente el agujero. Al sentir los extraños aromas empezó a oler directamente su mierda, cosa que no le gustaba hacer, pero tampoco le molestaba; lo hacía a veces por instinto, a veces por curiosidad, pero nunca con asco ni con ganas.
Empezó a comparar los olores con las comidas que ingería, y a hacer planes de dieta según su mierda. Olía y pensaba “sí… un poco más de carne”, y luego tapaba su mojón.
III
Un día como cualquier otro, la cuidadora del enfermo lo sacó a pasear. Había tenido una discusión telefónica con su hijo camionero y la caminata no fue de las mejores. Salir a mojar la tierra con su manguera había sido, desde que trabajada con el anciano, un momento de paz y tranquilidad, en el que realmente se preocupaba de sus propios menesteres y no de los de su patrón. Mientras le daba una vuelta y otra al problema de su hijo escuchó música del otro lado de la pared, en alguno de los patios vecinos. Sabía que la cantante era extranjera, pero estando al tanto de su incapacidad para reconocer la nacionalidad de la misma, escuchó simplemente los ritmos y las entonaciones de la canción. Se imaginaba un lugar antiguo, un espacio lúgubre donde imponentes bailarinas cortejaban con sus enormes tetas a hombres de poco honor. Se imaginaba a esos hombres de poco honor por el recuerdo de su hijo, y casi podía ver cómo algunas de las putas le ponían las tetas en la cara, sacando este la lengua para saborear los aceites que brillaban frente a luces rojas y verdes en constante movimiento.
Habiendo muchos hombres vestidos elegantemente para la ocasión, su hijo era visualizado como un robusto y sucio visitante, asqueroso incluso para la más sucia de las putas, y pobre, sin ninguna opción de pagar por un servicio más allá del baile y el langüeteo. En ese momento la mujer daba largas regadas a la tierra, perdida en el asco hacia su hijo. Lo empezaba a odiar fuertemente, sentía rabia hacia él y pena hacia ella misma. No sabía si su hijo algún día habría asistido a eventos de tal reputación, pero al imaginárselo se enojaba consigo misma, no entendiendo cómo podía pensar así en un hombre al que ella había criado, al que pensaba haberle transmitido sus valores, sus formas, su sentido común. La música le empezó a parecer cantada por una prostituta amable, una de las pocas que tendría estómago para acostarse con él. Una puta comprensiva e incomprendida. Tan buena que, de vez en vez, al ver llegar tamaño engendro, al verlo solo, triste y sucio se acercaba a él para consolarlo. Una de las pocas mujeres capaces de ser amables con aquella aberración humana y él, al tanto de su fealdad, no podía acostarse con ella, sintiéndose culpable y pensando en las burlas que sus colegas le harían al terminar el trabajo.
La música terminó y la mujer notó que podía pensar algo bueno de su hijo. Pese a haber creado a un hombre horrible, le había enseñando ciertas normas de respeto, ciertas actitudes que le ayudaría a no hacer sufrir a sus prójimos. Un hombre, al fin y al cabo bueno, capaz de empatizar con un igual que le ayudaba a sentirse un poco más varonil, más viril. Pensó que su hijo se sentiría como un semental adolescente, asustadizo, que después de las amorosas palabras de la puta huía atemorizado a masturbarse en la soledad de su hogar. Un muchacho al que todavía tenía que corregir y ayudar. Pensó en dejar la manguera y acudir al teléfono para proponer una cita, pero decidió terminar su labor. Así que regó y, al no escuchar una siguiente canción, empezó a tatarear y a hacer pequeños pasos para allá y para acá al ritmo de su canto. Luego empezó a mover también su cintura y sus manos. Regando al ritmo de la música, tatareaba cada vez más fuerte, se emocionaba con su recuerdo, y con la tarea que recomenzaría pronto, después de tantos años. Cantó y bailó hasta que la música empezó a desaparecer de su mente, hasta que la tierra mojada se convirtió en barro, hasta que recordó la comida del anciano. Entonces recordó su labor, sus necesidades monetarias y se prometió utilizar el teléfono prontamente.
IIII
Iba caminando por calles anchas de un nuevo barrio y pensando en el “inviernazo” que terminó abruptamente y a deshora con el verano. Hacía frío, pero la caminata se le hacía agradable y avanzaba felizmente por desconocidas calles hacia su hogar. Con el sol alumbrando otras latitudes, las nubes le parecían lisas cómplices del infinito cósmico, y una que otra estrella le recordaba su desventaja planetaria y galáctica.
Avanzó varias cuadras desde el punto de origen cuando empezó a soplar el viento. Algunas copas se movían y algunas hojas caían todavía verdes de los árboles mientras él se entretenía haciendo sonar la crujiente capa muerta que cubría las avenidas. Sopló un poco más fuerte el viento y una luz se mostró detrás de las nubes. Esperando más iluminación de parte del cielo, progresó observándolo expectante, pero la exhibición había terminado con su principio. Mientras caminaba con la cabeza levantada sintió una gota en su cara, cosa que le pareció agradable, y levantó su mentón un poco más para sentir la siguiente directamente.
Se demoró tanto esa gota que la caminata prosperó unos minutos sin sobresaltos, hasta que decenas de ellas humedecieron su pelo sin notarse. De pronto se posó una sobre su ceja, pasó por un lado, y cayó al piso. Levantó la mirada contentísimo, pero el agua que inundaba literalmente sus ojos le impidió observar el espectáculo, limitándolo a disfrutar la sensación.
Caminó otros minutos levantando los ojos hacia el cielo cada vez que se aseguraba de no tener tropiezos, y fue sintiendo cómo poco a poco las gotas fueron aumentando el espacio entre una y otra, hasta que la última se posó azarosamente a un costado de su boca.
lunes, 29 de junio de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 6/29/2009 0 comentarios
No fuimos hippies como en los setenta.
“Voy a tocarte toa / esta noche te voy a hacer mi señora / poco a poco tú verás que te enamoras”. Claramente es un mensaje obvio y muy poco racional, es más como un típico hombre que va a una disco a conquistar mujeres y a tener relaciones sexuales poco comprometidas con desconocidas. Pero cuando el cantante dice cosas como “Soy la nueva cara del rock / el nuevo new kid on the block”, da la impresión de que es un millonario en un bar caro y estadounidense, seguramente en Manhattan, tomando tragos raros y sintiéndose como la contemporaneidad misma. Luego hace alusiones a la canción y al grupo mismo: “Que me sigan en el coro los estúpidos / calle 13 y DJ Yamo suenan nítido”, y da lo mismo, es para rellenar, supongo.
Lo más interesante son las frases siguientes: “Te voy a sacar el aire de la cabeza / dándole un masaje a tu cerebro con cerveza”. Puede querer decir un montón de cosas distintas. Primero parece que va a embriagar a su conquista y a masajear su vagina por dentro, en medio de la borrachera. Pero agrega que “Pa cambiarle esa mente de fresa / hay que consumir como cien tabletas”. No sé si con esto se referirá a la mujer con la que está sosteniendo relaciones sexuales o a él mismo. No sólo la letra, sino también la melodía principal, sugieren la idea de un hombre al que le gusta la juerga nocturna, y la mente de fresa podría ser la promiscuidad del protagonista. Pero esta promiscuidad siempre está rodeada de alguna nostalgia, de alguna molestia. Le gusta la juerga y el sexo fácil, pero sabe que no es algo muy aceptado según la moral occidental. En todo caso, si la mujer fuera la que tiene la mente de fresa, igualmente parece una especie de crítica; estaría diciendo algo así como que en medio de la borrachera le parece muy bien el sexo promiscuo, pero sabe que cuando esté sobrio al día siguiente notará que la única forma que tiene de salir de esa vida es drogándose con quién sabe qué pastilla. Podría estar transmitiendo cierto desconsuelo frente a la imagen de una mujer como aquella, o cierta molestia frente a la existencia de los tabúes. Las cien tabletas pueden incluso ser la educación, la televisión, la ‘cultura’ occidental que promueve el ‘sexo con ropa’, pero que luego lo rechaza cínicamente.
“Chúpate esta / un masajito por tu piel grasienta”. O está hablando de una gorda, o de una prostituta sucia, o de una vedette bañada en aceites. Sea cual sea, dice “masajito”. Ahora no es sólo desconsuelo, también le agrega un poco de cariño. Es una mujer asquerosa, pero igual se merece que un hombre como él la trate con cariño. Añade “Pa que se sienta hasta en la placenta”. ¿La embarazó? ¿O estaba embarazada? “Pica pica pica pica como pimienta”. ¿Está enferma? ¿Le está doliendo?
A estas alturas aparece la frase que arma la idea completa: “No fuimos hippies como en los setenta”. A primera vista es extraño que meta a los hippies en medio de esta situación, pero puede estar diciendo que los admira, que le gustaría que el sexo fuera así como lo entendían los hippies, y frente al desvanecimiento de esa noción muestra la nostalgia que marca la canción entera. Dice “no fuimos” demostrando que ya está completamente perdida esa idea, que no hay vuelta atrás. También puede ser una disculpa frente a la mujer (tanto si fuera prostituta como si fuera una pareja efímera). Le estaría diciendo que, lamentablemente, la situación que están viviendo no tiene nada que ver con ningún cariño, con ningún afecto, solamente con la satisfacción biológica del roce sexual. Pero sólo el decirlo demuestra que le gustaría estar inserto en un contexto de amor aparentemente social. Le gustaría satisfacerse a través del amor a la sociedad entera, representada en una mujer, pero el contexto social lo coopta, lo obliga sin su consentimiento a buscar el placer máximo en situaciones donde las relaciones interpersonales poco importan frente a la superioridad de las relaciones sexuales. Una vuelta al “sueño perdido, al lugar de origen” como diría la floripondio en otro contexto.
Después de esto acepta que de todas maneras puede llegar a amarla: “A ti yo te cedo la silla y la mesa / la trato de ‘su alteza’”, pero nuevamente cae en la sexualidad pura y sin sentido: “Eres una gata montesa / desde la pezuña hasta la cabeza”. Cae, incluso, en el insulto.
La canción entera intenta demostrar que el yo lírico, representando a un largo número de sujetos de esta sociedad que detesta, se deja fácilmente arrastrar por todos, como diría Durkheim, pero siempre con una utopía en la mente, con un amor al prójimo. Un amor y una maldad. Y una posibilidad de cambio que resuena constantemente en la opinión pública y en la memoria colectiva. “Con el salvaje salvajemente orgulloso / con la progenitora valiente / con el pasado sin lamento / con las vista al frente / con la cabeza llena de memoria / con el hambre de saltar al frente / si es necesario, matar al presidente”, como diría la floripondio.
Publicado por Rigoberto Gonzales el 6/29/2009 1 comentarios
Manifiesto nómade.
Consideramos que la revolución será nómade porque no vemos otras formas en que el ser humano pueda seguir sosteniéndose en este planeta. Hubiéramos nosotros o no apurado el calentamiento global, éste se producirá, y, en tres o en mil años más, ciudades importantes y populosas, como Nueva York, Shangai o Valparaíso, quedarán hundidas bajo las aguas, así como extensas regiones de todas partes del mundo. En ese momento las personas que solían habitar en los lugares inundados buscarán refugio en las grandes ciudades por dos motivos. El primero es que emigrar al campo será sinónimo de "retraso cultural". El segundo radica en que los sistemas de educación se esfuerzan en crear profesionales productivos sólo dentro de una ciudad (África y algunos sectores del sudeste asiático, tal vez, se salgan de este esquema). Las urbes se llenarán de vagabundos y unos y otros seres humanos comenzarán a buscar nuevas formas de vivir.
Consideramos esta propuesta tal como Allende califica el sentimiento revolucionario en la juventud. Diríamos "ser humanos y no ser nómades es hasta una contradicción biológica". El proceso revolucionario que nos proponemos, como dijimos, es el de "acrecentar las redes de socialización y comunicación entre grupos organizados de gente", pero esta acción, de forma de ser revolucionaria, debe encontrarse explícitamente dispuesta a crear una nueva forma vivir, de relacionarse con la naturaleza. Debe buscar la eliminación de conceptos tan "humanos" como la familia, las clases, las corporaciones, el dinero. Todo eso deberá dejar de existir. La nueva relación hombre-planeta se basará en cuánto estén ambos dispuestos a entregarse mutuamente. Las sociedades se desharán y todos nos moveremos de un lado para otro sin saber qué hacer. Todo será comunitario. Todo estará en constante movimiento. Y nosotros, los revolucionarios, hemos de ser los primeros en comenzar los viajes. Pero no debemos hacerlos a tontas y a locas. Nuestros viajes cambiarán el mundo, por lo que debemos estar organizados (entre nosotros como personas que existen en el mundo, no entre nosotros como personas que viajan) y no caer en las trampas que nos impone en sistema social imperante acerca del concepto "viaje". Nuestra travesía será sin carpas, sin sacos de dormir, sin dinero, sin rutas largas, sin destinos. Más de alguno creerá encontrar, durante el viaje, su lugar en el planeta y se quedará ahí siendo tan feliz como puede serlo alguien cuando se siente a plenitud. Cuando nuestro compañero decida "establecerse" en un lugar nosotros no intentaremos evitarlo, pues reconocemos en cada ser humano la capacidad de decidir su forma de vivir. Pero las condiciones físicas y morales de la sociedad obligarán a una u otra generación a desprenderse de la tierra en que habitan, y comenzar a moverse constantemente.
Esto no es más que una invitación al movimiento organizado.
miércoles, 24 de junio de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 6/24/2009 1 comentarios
-Oye, weón
-¿Ah?
-¿Cachai la weá del cemento, weón?
-¿Cómo?
-Así como cuánto cemento hay antes de la tierra.
-Puta, no sé, su resto igual, po.
-Pero, ¿cuánto, po?
-¿Sus veinte centímetros?
-Sería caleta.
-Sí, weón. ¿Y qué weá?
-No, que el otro día me dijeron una weá.
-¿Qué wea?
-Puta, según un weón antes las calles eran de madera.
-Puta, demás po weón.
-Sí po.
-En volá se quema toda la weá.
-Esa weá me dijeron po.
-¿Qué se quemaba toda la weá?
-Claro, onda Temuco.
-¿Y el weón es de Temuco?
-No, es de Valdivia.
-¿Y cómo sabe esa weá?
-Dice que era la cagá, que se veía de Valdivia.
miércoles, 29 de abril de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 4/29/2009 2 comentarios
¿Qué pandemia?
No, mentira. Ni epidemia ni nada. Estrategia del miedo, será. Políticas comunicacionales de los Estados. Quieren que temamos, que estemos asustados. ¿Cuánta plata están ganando los laboratorios, o cuánta van a ganar con sus vacunas y remedios? Sabemos que son los laboratorios los que controlan gran parte de las economías, basta con ver esa película, El Jardinero Fiel. Se lo hicieron a África en esos años, el año pasado a Asia con la tontera aviar, y ahora le tenía que tocar una “pandemia” (concepto extraño que inventan para que suene más pomposo todavía) a América. ¿Cuánta gente muere de cánceres, de SIDA, asesinada por estadounidenses al día? Claramente más que por estas gripes terribles que ponen a andar. Las guerras, las matanzas sí que son una epidemia. Esta epidemia no es tal, quieren miedo. ¿Por qué, sino, iba a suspender las clases?
¿Quieren miedo? Aquí les tengo algo bueno. Fui a la Clínica las Condes hoy. Tenía que hablar algo (no daré más información al respecto) en el área de Comunicaciones de la Clínica. Mirando, pasando los ojos por aquí y por acá mientras esperaba un papel, leí un documento aparentemente oficial del centro médico: tenía unas cincuenta páginas tamaño carta, los logos oficiales de la Clínica y en su portada versaba una oración macabra. “Influenza Porcina en Clínica las Condes”.
Ágilmente, una persona que acompañaba mi travesía a aquél poco humilde lugar, hizo una que otra pregunta a una fuente oficial de la empresa. Ésta le comentó que había unos cuantos casos y luego puso cara de “chuuucha, la cagué”.
lunes, 27 de abril de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 4/27/2009 3 comentarios
Sin título aparente
Publicado por Rigoberto Gonzales el 4/27/2009 0 comentarios
Listado uno
sábado, 18 de abril de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 4/18/2009 3 comentarios
Posibilidad
jueves, 16 de abril de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 4/16/2009 0 comentarios
Jiles V/S CUT
Exigiendo un Estado Social, Democrático y Solidario, la Central Unitaria de Trabajadores invitó a las “masas oprimidas” a marchar hoy por las calles de nuestro país. Orgullosos dirigentes clamaron, en el “acto central”, que se habían sumado a la convocatoria todos los regionales y provinciales de la central, desde Parinacota a Nueva Esperanza, y que en ese mismo momento, miles de trabajadores, en toda la nación, se “han reunido para escuchar el mensaje de sus dirigentes”.
La Pamela, fiel a su estilo, llegó tarde a la convocatoria de Plaza Italia, pero logró hacerse de un espacio cuando acabaron los incidentes de Alameda con Portugal. La marcha entonces desvió su rumbo y se abrió paso por Curicó, momento en que los jiles se apiñaron frente al lienzo de la Central, con el excelentísimo Arturo Martínez a la cabeza.
Diez metros delante del susodicho, periodistas se acercaron a nuestra candidata, que a esas alturas había sido mojada por el guanaco y tenía los ojos inyectados de un rojo intenso. Uno que otro maricón sostenía el lienzo, pintado a mano, que rezaba “Pamela Jiles Presidenta”. Para contestar las preguntas de los reporteros, la Jiles caminó más lento, cosa que a los “dirigentes de los trabajadores” molestó profundamente, escuchándose gritos del calibre de “esta marcha es para los trabajadores, no para la farándula”, “agilá culiá, métete el cartel por la raja” o, simplemente, “maraca culiá”.
Repentinamente, los dirigentes nacionales de la CUT, dirigidos por Arturo Martínez, levantaron su lienzo y comenzaron a correr, cosa extraña, pues el grupo comandado por Pamela seguía frente a las cámaras. No importaba, la idea era golpearla a ella y a su grupo. A patada limpia, las Fuerzas Especiales de la CUT (fortachones uniformados con jockeys negros con letras amarillas, igualitos a los del FBI), hicieron a un lado a los maricones, y la Jiles, sin saber qué hacer, se encontró con un Arturo Martínez enfurecido, que, además de insultos, le propinó un empujón que la dejó en el suelo.
El mismo hombre, presidente nacional de la cut (ya no se merece ser escrito con mayúsculas) quedó de pie frente a su lienzo, con un periodista del otro lado. Sintió un empujón en su hombro y escuchó al corresponsal decir “esa es tu weá de respeto, conchetumare”. Inmediatamente dos combos del “dirigente” fueron esquivados, y arturito comenzó a darle patadas a través del lienzo. Seis o siete policías de la cut se acercaron al reportero y, a patadas e insultos, lo alejaron del lugar.
En ese momento la Jiles decidió conversar la situación con el cabecilla e intentó acercarse a él, cosa que fue imposible debido al actuar de los matones que, no conformándose con la arremetida anterior, la propinaron empujones, patadas, insultos y una serie de “mamones” (tomaban la cabeza de la candidata y la acercaban brusca y torpemente a su genital, seguramente pequeño).
El periodista anteriormente mencionado se acercó minutos después a tomarle una foto a martínez. A
l apuntar la cámara, éste lo notó y, pasando por debajo del lienzo se encaminó hacia el fotógrafo en actitud de combate, haciendo relucir su pequeño pecho y empuñando sus arrugadas manos. Un par de matones se interpusieron y volvieron a insultar a quien escribe con epítetos de la calaña de “fascista”, “la prensa burguesa no nos interesa” o “métete la cámara por la raja” (la palabra raja era una de las favoritas de la cut).
Ya en el acto central, sobre un podio de exagerados metros de altura, después de haber sido mencionado durante varios minutos por otro orador, arturito martinez declaró que “son los infiltrados, los que andan provocando peleas en las marchas, los que provocan a los trabajadores, los infiltrados de la derecha y de los pacos (sí, dijo “pacos”), los que desarman el movimiento sindical chileno”.
“Fascismo puro”, pensé, y me retiré indignado.
Publicado por Rigoberto Gonzales el 4/16/2009 3 comentarios
La tele me consume
Me acuesto y sintonizo el partido de Chile. Es el primero de abril y, en vez de seguir a mis amistades, a una fiesta donde se sintonizaría el partido, me acuesto en mi cama y observo. Pasadas las 19:00 comienza el partido. Poco a poco me voy molestando con el relato y los comentarios, sobretodo con lo que habla Pedro Carcuro. Me impresiono una vez más con la cantidad de años que un hombre como él lleva en la televisión.
Se acaba el cero a cero y comienzan las noticias. Nada especial, como siempre. Un par de muertos, un político le contesta a otro en una conferencia de prensa a cientos de kilómetros, un grupo de manifestantes se transforma en un grupo de delincuentes. No puedo dejar de mencionar mi malestar con cada “Crónica” de 24Horas: todas iguales, fomes, largas. Pese a que son noticias, cosas actuales, las hacen en un idioma ridículo y poco empático, donde el periodista se muestra como un experto sin serlo, donde no se responden las preguntas adecuadas, donde no se eligen los temas por su necesariedad, sino por el morbo y la tontera.
En el tiempo, Luis Weinstein me informa del calor futuro. Recuerdo el juego de palabras que él mismo creó y narró unos minutos antes del fin del 2008. Lo veo ahora, recuerdo eso, y me doy cuenta que éste parece ser un buen hombre. Incluso puede que tenga buenas intenciones.
Después de un par de comerciales parte Última Salida. Es la segunda vez que veo el programa y me parece alucinante, morboso e innecesario. Pocos días después sólo recuerdo algo acerca de un adicto a no sé qué que se negó a tomar un tratamiento para su adicción. La secuencia lógica de un programa como aquél parece ser (Protagonistas de la fama+Vida 2000)->(Rojo: Fama-Contrafama+Doctor Vidal: Cirugías que curan)->Pasiones->¿Cuánto me quieres?->Última Salida.
Comienzo a pensar que la aparición de un programa como éste, una especie de docureality, no puede haber sido azarosa, así como la aparición del Realityshow, en la que se juntó un grupo de “expertos” a pensar en un programa. Un docureality como éste parece la conjunción de un montón de otros programas, de textos, una hipertextualidad donde se transmite más de un show a la vez, y donde se mezclan extrañamente la medicina, el morbo y aquello que en la tele llaman “realidad”.
Después de soportalo una hora aparece Dr. House. Él me agrada. Es de esas personas en las que suelo depositar mis pretensiones futuras. Es fascinante cómo se muestra duro y agradable, y cómo, de cuando en vez, es un hombre como cualquier otro, que se enferma y que no tiene con quién compartir su tiempo libre. En ese capítulo de la quinta temporada se tropezó con algo, y siguió caminando como si nada. Ese tipo de aciertos me convencen de que la televisión estadounidense tiene muchas ventajas frente a la chilena. Los personajes de acá, aunque puedan simpatizarte mucho, como Tito Larraín o los hermanos de Una Pareja Dispareja, nunca tienen ese dejo de nostalgia que invade las series norteamericanas, ni esa oscuridad de las películas francesas, ni esa claridad del teatro.
Empiezan nuevamente las noticias y vuelven a aparecer los muertos. En las noticias hay muchas muertes. Una vez vi una película de Michael Moore donde mostraba los noticieros canadienses. Los problemas más terribles que mostraban de esa sociedad pretendidamente perfecta eran cosas como la altura de los lomos de toro o el exceso de ciclovías. Bien por ellos. Mal por nosotros. No creo, en todo caso, que si las noticias chilenas fueran así nuestra sociedad sería mejor. Incluso, tal vez, todo lo contrario. Pero estoy casi seguro de que sería distinta.
Luego veo el capítulo de repetición de Los Exitosos Pells, el mismo del día anterior, pues a la hora de la teleserie estaban dando un programa referente al partido que transmitía Canal 13. Era tercera vez que transmitían esas imágenes, y el día domingo lo harían por cuarta. No hago más que molestarte con la planicie que se posa como una pared frente a cada personaje, excepto al gordito que es director de las noticias, que me parece un personaje interesantísimo. Días más tarde, cuando ese personaje estuvo de cumpleaños, dejé de verlo así, mas no dejé de ver el programa.
Otra vez aparece Dr. House. Veo el programa en su totalidad, pero no puedo evitar pensar en la decadencia de un canal que repite de esa forma sus adquisiciones extranjeras, como Canal13 con Los Simpsons. También me sorprendo de las 4 transmisiones diarias de noticias, y de la repetición de la teleserie. Puede ser un deseo por hacernos pensar la realidad desde una sola perspectiva. Más bien desde unas cuantas, que las decide quién sabe quién. Hace unos días un profesor decía algo que bien podría decir yo: con la cantidad de noticias que se producen, es imposible que un solo hombre las lea, escuche y vea todas. Imposible. Me imagino que hay personas que quieren que veamos su versión de la realidad. Y hay tantas versiones que se crean montones de textos paralelos y ajenos. Algo así como una súpertextualidad, sobretextualidad, megatextualidad, o como sea.
En fin. Se acaba por segunda vez la serie estadounidense y una voz en off me informa un par de cosas que no me interesan del canal, su visión y misión, su alto cargo y la dirección de éste. Aparece una foto del frontis del canal, y la programación que comenzará en 4 horas más.
Absorto, cambio de posición después de siete horas. Me siento en la cama, desenchufo la tele para no tener que pararme a apagarla, me acuesto, y espero.
viernes, 10 de abril de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 4/10/2009 3 comentarios
La vida
Sólo quería decir que si uno no vive, no disfruta. Si disfrutar es lo que hace la vida algo bueno, entonces hay que vivir. Y si mantenerse vivo es la única forma de vivir una buena vida, entonces lo más importante para mantener una buena vida es no morir. Y si uno se muere una sola vez, así como uno nace una sola vez, entonces no hay posibilidad de equivocarse. O sea que de los errores no se aprende.
jueves, 2 de abril de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 4/02/2009 2 comentarios
Nada especial
Iba a decirte que te amo, que te pienso y que quiero conocerte más.
Iba a decirte que te necesito, que me siento mal sin ti, que me siento solo.
Iba a decirte que me molesta no verte todos los días.
Iba a decirte que me encandilas, que me excitas, que me calientas, que me provocas.
Iba a decirte que te recuerdo, que te imagino.
Iba a decirte que cuando camino por la calle siento montones de olores, y que la mayoría de ellos me recuerdan a ti.
Iba a decirte que cuando leo algo voy relacionándolo todo contigo.
Iba a decirte que me molesta saber que existes, y que andas por ahí sin mí.
Iba a decirte que es insoportable que no estés aquí.
Iba a decirte que te vinieras para acá.
Iba a decirte que me avergüenza decir estas cosas.
Iba a decirte que emborracharme es mucho más fome cuando no estás.
Iba a decirte que me fascina el recuerdo de tu espalda.
Iba a decirte que me parece que sin ti nada de esto tiene demasiada importancia.
Iba a decirte que sería mucho mejor saber que te voy a ver en el corto plazo.
Iba a decirte eso, y un montón de otras cosas.
Iba a decírtelo varias veces.
Pero me di cuenta que, tanto como te lo puedo decir a ti, se lo puedo decir a un montón de otras gentes.
Pero me di cuenta que puedo decirle muchas cosas a mucha gente.
Pero me di cuenta que si estuvieras disponible para mí, no iría.
Pero me di cuenta que nada tiene demasiada importancia, de una u otra forma.
Pero me di cuenta que me fascina el recuerdo de un montón de espaldas, y de abdómenes, y de omóplatos, y de ombligos.
Pero me di cuenta que cuando estás todo es igual de fome.
Pero me di cuenta que no me gustaría nada que invadieras mi espacio.
Pero me di cuenta que todo es insoportable.
Pero me di cuenta que me molesta que mucha gente ande por ahí sin mí.
Pero me di cuenta que cuando leo todo se va relacionando con todo.
Pero me di cuenta que hay muchos olores que me recuerdan a mucha gente.
Pero me di cuenta que pienso en mucha gente, que recuerdo a mucha gente, que imagino a mucha gente.
Pero me di cuenta que me avergüenzo hasta de mi inconsciente.
Pero me di cuenta que vivo encandilado, excitado, caliente y provocado.
Pero me di cuenta que me molesto todos los días.
Pero me di cuenta que amo a muchas personas, hombres y mujeres, que a casi todo el mundo quiero conocerlo más.
Pero me di cuenta que necesito a mucha gente, que me siento mal casi siempre.
Pero me di cuenta que igual me voy a sentir solo.
Y me di cuenta que a ti igual quiero decírtelo. Y, además, te voy a decir que es raro que, habiendo tanta gente en todas partes, yo quiera decirte esto sólo a ti.
Y voy a terminar diciéndote que me da lo mismo sonar así de mamón.
domingo, 29 de marzo de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 3/29/2009 7 comentarios
Un
Un Krishna entregó un currículum en un matadero. Un ex agente de la DINA fundó una agrupación de derechos humanos. Un primer ministro se declaró anarquista. Un latifundista, comunista. Un terrateniente, socialista. Un empleado público, liberalista. Un obrero, capitalista. Un vagabundo votó por Bush. Un discapacitado se cayó en una cuneta. Un estudiante trabajó. Un poeta escribió una novela. Un chofer de micro bailó tango en Brasil. Un cristiano armó una barricada en Burkina Faso. Un empresario regaló billetes en público. Una monja se vistió de seda. Una puta se vistió de monja. Un drogadicto se rehabilitó. Un aspirante a enfermero estudió ingeniería. Un payaso casó una pareja. Un periodista lo descubrió. Una pareja se le insinuó a otra. Un cantante bailó. Un bailarín se murió. Un arquitecto se informó. Un televidente se atontó. Un borracho se incineró. Un capitán de barco sacó licencia de conducir. Un choro del puerto se indigestó. Un fiestero se sintió mal. Un periodista se observó. Un cineasta se prendió. Un informático se lanzó al vacío. Un cura se masturbó. Un dentista imaginó. Un médico se desinformó a propósito. Una bataclana cantó una oda a la primavera en medio de su show. Una casa se quemó. Una planta meditó y conoció las ocho lunas de un planeta lejano. Una fiesta se armó. Un joven asistió. Una turba se emborrachó. Un viajero se integró. Un caminante caminó, armó su camino y se fue. Un travesti de vistió de hombre y cantó noches de sífilis en la ciudad. Una mujer vestida se rojo se rió con él. Un comprador fue engañado dos veces en la misma situación. Un amigo cantó con el travesti. Un gordo se rió con la mujer de rojo. Un corazón explotó. Una vejiga se consumió. Una hostal recibió a alguien. Un hombre cualquiera se fumó un porro. Un fumador se subió a un taxi. Un taxista se durmió. Un pisconauta se molestó. Un manifestante se arrepintió. Un carabinero se reconcilió. Un político se asustó. Un indigente levantó su cuerpo del suelo.
Y así, había mucha gente haciendo muchas cosas, en todas partes, de todas las formas.
Y uno ahí, mirando.
lunes, 23 de marzo de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 3/23/2009 1 comentarios
A propósito del amor.
domingo, 15 de marzo de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 3/15/2009 2 comentarios
Él cantó y nosotros lo escuchamos
Había llegado a mi casa un amigo de otra ciudad. Había venido con su polola, así que tuve que prestarles mi cama y dormir yo en el sillón para que pudieran manosearse tranquilos. A mí no me molestaba acostarme en el sillón, excepto porque a tempranas horas de la mañana empezaba a pasar gente a mi lado, y siempre me parecía que les daba lo mismo que yo estuviera acostado y durmiendo. Hacían ruido y yo me molestaba, pero no les decía nada, porque a fin de cuentas era problema mío que un amigo mío hubiera llegado a mi casa a acostarse en mi cama. No era un problema del resto de la familia, así que yo callaba.
Era una de las primeras veces que trabajaba en mi vida, y estaba en mi segunda semana de trabajo cuando mi amigo llegó con su polola. Yo pensaba que de verdad tenía que “rendir” en mi trabajo, así que salía temprano y hacía todo lo posible para hacer hartas cosas y que todas quedaran bien. Más adelante me empezó a dar lo mismo, pero cuando estaba mi amigo yo salía temprano y volvía tarde, así que no pude compartir mucho con él.
El primer día que llegó, que fue una tarde de domingo donde yo me esforzaba por recuperarme de la noche anterior, lo fui a buscar al terminal de buses y fuimos a ver el mar. Compramos unas cervezas en lata y encontramos un lugar donde estacionar el auto y un poco más allá una buena vista al mar. Hacía frío y empezaba a llover, pero con mi amigo nos quedamos comentando unas cosas y otras mientras tomábamos una fría lata cada uno. Después nos comimos unos panes.
Ya en mi casa, parece que comimos algo, no recuerdo bien. Después queríamos fumar y salimos al patio trasero a hacerlo. Fumamos un cigarro y mi amigo me comentó que tenía marihuana. Así que armé o armó un cigarrillo de marihuana y lo fumamos. Sentí cómo el humo pasaba directo de mis pulmones a mi cabeza y la desaceleraba. Nos tomamos las cervezas que nos quedaban y decidimos ir a comprar más. Fuimos a un supermercado caminando y compramos, y luego volvimos. Me acuerdo que hablábamos harto, pero no sé acerca de qué. Cuando llegamos de vuelta nos sentamos casi en la misma posición que habíamos estado antes. O sea, yo sentado y él de pie; tomamos más cerveza y fumamos más marihuana. No era malo.
Como decía, mi amigo llegó un día domingo, y yo trabajaba de lunes a viernes, así que en toda la semana sólo conversábamos un poco en la noche, cuando yo volvía y él estaba en mi casa, con su polola. Su polola era más bien callada, así que, por lo general, yo hablaba sólo con él, agregando ella uno que otro comentario de cuando en vez.
No pude compartir con mi amigo como dios manda hasta el día viernes. Yo iba a emborracharme por ahí, pero mi amigo tuvo algún problema que no recuerdo y se quedó en la casa. Yo salí de todas maneras. Al día siguiente, el sábado, tenía que hacer un trabajo corto, pero a una hora horrible: desde las 21:00 a las 0:00. Lo hice, entonces, y llamé a mi amigo, invitándolo a beber conmigo y con otros amigos y con las pololas de los otros amigos y con uno que otro desconocido.
Llegamos a la casa donde sucedieron los acontecimientos a eso de las 0:30. No había mucha gente, pero a cada momento llegaban más. Creo recordar un pick de 15 personas. Un grupo fue a comprar el alcohol y volvió. Yo estaba en el grupo, y no había nada muy interesante que conversar o comentar. Cuando volvimos tampoco había nada. Todos estaban callados y yo callaba con ellos. Mi amigo y su polola se sentaron y callaron juntos, o hablaron despacio, entre ellos. El resto echaba miradas cómplices sobre los otros y sonreían. Eran silencios largos, pero cómodos. Eran silencios que, al final, no significaban nada.
Pusimos las bebidas sobre una mesa, en el patio, donde estaban todos, y empecé a preguntarle a la gente qué querían tomar, y, según sus respuestas, servía unas cosas u otras. Cuando terminé de servir ya había varías conversaciones instaladas en el ambiente. Ya se escuchaban las risas y las quejas de las mujeres. De pronto, una de ellas, que era polola de un hombre de ahí, saltó, gritó y corrió tapándose la cara. Se dio vuelta y dijo:
-Ella tiene una araña en la espalda.
Así que el pololo de una y el pololo de la otra se pusieron de pie, miraron la espalda de la mujer, empujaron la araña hasta el suelo y alguno puso su zapatilla sobre su leve existencia.
Yo a esa altura estaba conversando con un semidesconocido acerca de la crisis económica mundial. No lo estaba pasando demasiado bien, pero tampoco me aburría. Pasaban cosas. La gente se servía más bebidas. Algunos prendían cigarrillos. Otros caminaban para allá y para acá. De vez en cuando alguien se paraba e iba al baño. Unos conversaban a gritos y otros conversaban a susurros. Yo estaba contento, viendo movimiento y sintiéndome mareado.
Gran parte de la convivencia se desarrolló ahí afuera, frente a la puerta de entrada a la casa, por donde uno podía subir al baño, o pasar a la cocina, luego a una pieza y luego a otro baño. Estábamos ahí y nos mirábamos y nos hablábamos. Pero más tarde las miradas y las palabras se me hacían incomprensibles, así que tomé la sabia decisión de acostarme en una cama, pensando en lo feo que sería caerme en el patio.
Cuando me acosté no pensé en casi nada. Recuerdo que subí a una pieza y traté de sacar un colchón que había debajo de una cama mientras alguien me pegaba patadas en la espalda. Después bajé las escaleras y me acosté en un sillón. Al rato llegó una persona muy amable que me pidió que me moviera de ahí de tan buenas maneras que fue imposible negarme. Finalmente reposé en la cama de un amigo, que había estado trabajando durante el festejo.
Dije que no pensé en casi nada porque debí haber pensado en mi amigo que estaba quedándose en mi casa. No pensé en él, pero él si pensó en mí. Y cuando quiso irse se me acercó y, sin ver respuestas concientes en mi persona, sacó las llaves de mi casa desde mi bolsillo, pidió instrucciones para llegar, y se fue. Al otro día me contaron que anduvo perdido y llamando por teléfono para recibir nuevas instrucciones.
Horas después yo soñaba con la polola de un amigo. Por esos días yo estaba involucrado con otra mujer, y mientras soñaba con esta señorita mi cabeza daba fuertes giros occidentalizados pensando en que no debería estar con dos mujeres al mismo tiempo. Mi cabeza me decía eso y mi subconsciente me mostraba sobajeos y agarrones. Era un buen sueño.
El sueño se acabó cuando sentí un movimiento muy cerca de mí. Eran algo así como las 11:00 am y el dueño de la cama donde yo dormía se estaba levantando. Más tarde supe que cuando llegó, a eso de las 5:30 am, me vio en su cama y me sacó los zapatos para que durmiera más cómodo. Luego se acostó a mi lado.
En ese momento me desperté y lo miré. Él me dijo algo que no recuerdo y yo le respondí otra cosa que no recuerdo. Ni siquiera me acuerdo si fue algo cómodo o incómodo, si pensé en algo o qué. Intercambiamos ese par de palabras, lo vi levantarse de la cama, lo observé unos segundos haciendo algo de espaldas a mí, y volví a los sobajeos oníricos.
Horas más tarde, cuando los conflictos polígamos estaban bien lejos, sentí algo caliente que hacía un círculo alrededor de mi boca y nariz. Entreabrí los ojos y vi al dueño de la cama donde dormía muy cerca. El círculo eran sus manos, y un humo blanco entraba por mis pulmones sin poder evitarlo. Estaba confundido, me dolía el cuerpo, se me quebraba la cabeza y me costaba respirar, pero cuando sentí ese olor hice lo posible por mantener la fumada dentro de mí tanto como pudiera.
Riéndose, mi amigo se alejó y entró a la cocina. Me desperecé y lo seguí. Había unos cinco o seis hombres sentados alrededor de la mesa, y tomé posición junto a ellos. Mi estado era deplorable. No sólo me dolía todo y me costaba respirar, además expelía un sudor pegajoso, mis ropas estaban sucias y rotas, mi boca tenía un sabor vomitable, mi lengua completamente blanca y mis dientes llenos de sarro. En eso, un amigo me toca el hombre y me dice:
-Estás destrozado.
De pronto estaba jugando ajedrez. Tengo un amigo que es muy bueno, y, mientras alguien me servía un vaso lleno de alcohol y gaseosa, otro hombre llenaba una pipa de marihuana, ganó tres partidas simultáneas. Uno de los perdedores fui yo. El vaso que depositaron frente a mí fue mortal. Ahora que lo pienso, ni siquiera me acuerdo bien de habérmelo tomado, la única información que tengo era la sensación de mi cuerpo. Bebí el vaso y fumé muchos cigarrillos y aspiré mucha marihuana en pipa. Luego tomé más alcohol, pero no puedo definir cuánto.
Lo que pasaba ese día era extraño. Éramos cinco, seis, o siete personas, sentadas alrededor de una mesa, un día domingo, con sol y una temperatura agradable. En algún momento comentamos eso. Unos decíamos que la situación era rara otros respondían que nosotros éramos raros. Yo creía en ambas opciones.
Todo esto empezó, creo, como a las dos de la tarde. Me parece que a eso de las tres y media pasó algo sorprendente. Un amigo, que no sé si es un amigo, porque no lo conozco mucho, pidió silencio, porque su celular estaba sonando. Rápidamente nos callamos, pensando que él consideraba que sería mejor que quien lo llamaba no supiera en qué pasos andaba. Yo, en realidad, me callé para dejarlo mentir. También lo había hecho, aunque por lo general me habría ido al patio, para que nadie escuchara cómo miento. Entonces pensé que si él estaba haciendo eso, era porque pensaba que mentir no era algo malo, así que le deba lo mismo que lo escucharan. Alguna vez había conversado profundamente con ese hombre, y me parecía una persona inteligente, así que cuando imaginé sus apreciaciones acerca de la mentira, me pareció algo enormemente evolucionado, y lo envidié un poco.
Contestó el teléfono, saludó y se poso a contar lo que estaba haciendo.
-Estoy donde unos amigos, nos estamos fumando unos pitos y tomando unas piscolas. Más rato me voy para allá.
Habló durante varios minutos, con toda franqueza. Contó quiénes estábamos, lo que habíamos hecho, lo que hacíamos, lo que haríamos. No escondió nada. Entonces comenté lo extraño que era lo que estábamos haciendo. Era como si quisiera que escucháramos lo que hablaba. Yo no entendía y me puse a intentar concretar una conversación con otra persona, pero él pidió silencio de nuevo. Callamos. Yo lo miraba sorprendido. Él hablaba y hablaba y eran únicamente asuntos que no me interesaban.
Cuando al fin calló, empezó a llenar una pipa con marihuana y comentó que pedía silencio para poder concentrarse en la conversación. Según dijo, si había dos conversaciones al mismo tiempo las confundía y contestaba cualquier cosa a cualquier pregunta. Reímos un poco y fumamos marihuana.
Reíamos, fumábamos, bebíamos y yo me quejaba y me lamentaba de mis múltiples dolores. El del teléfono de vez en cuando nos miraba a la cara y nos decía:
-Para qué vamos a estar volados, si podemos estar más volados.
Entonces sacaba más de su marihuana y su pipa y armaba y fumábamos. Fumamos toda la tarde, y el telefónico siempre tenía más. En algún momento llegó una guitarra y el inalámbrico la tomó y tocó algunos acordes. Alguien el pidió una canción, y él accedió. Él cantó y nosotros lo escuchamos. Después dejó de cantar y armó una pipa. Él las armaba y todos fumábamos. Le pidieron otra canción y volvió a cantar. Cantó canciones que me gustaban. Canciones conocidas y no tan conocidas, y canciones que yo conocía y otras que no conocía. Pero las que conocía me gustaban de antes y las que no me empezaron a gustar ahí.
Y así pasó la tarde. Nos volábamos y él cantaba. Al principio, cuando cantaba, nosotros escuchábamos. Después, él cantaba y nosotros conversábamos, nos reíamos, nos empujábamos, nos insultábamos. En algún momento salió la idea de ir a hacer lo mismo que estábamos haciendo a otra parte. Yo no habría tenido tanto problema, pero la mejor idea que surgió fue salir al patio. Miramos, vimos el sol y pensamos en sacar las sillas. Yo pensé en ponerme de pie, levantar la silla, hacerla pasar por sobre la mesa, cruzar dos puertas, saltar una cerca y sentarme al sol. Deseché la idea personalmente y la desechamos como grupo.
Cuando mi organismo no aguantaba más, pensé en mi amigo que estaba en mi casa. Ahí pregunté qué había pasado y me contaron de las andanzas de él y las mías. Supe que se había ido y pensé que debía volver yo también a mi casa. Así que me levanté y caminé. Mi amigo había llegado en la noche y había vomitado el baño. Mi familia me reprendía por mi olor a alcohol.
Mi amigo se fue de mi casa y de la ciudad esa noche, o la siguiente. Era un buen amigo, pero habíamos compartido poco. Creo que todavía es un buen amigo, pero compartimos poco. Esa noche me acosté y en la madrugada recibí una llamada. El telefónico y los demás seguían bebiendo, y bebieron hasta altas horas de la mañana del día lunes. El día miércoles me enteré que también habían bebido el martes en la noche.
sábado, 7 de marzo de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 3/07/2009 3 comentarios
El señor es contigo
Iba a escribir esto: “El dios cristiano puede ser entendido, según los conceptos bíblicos, de tres maneras diferentes. La primera de ellas es la visión ‘hombre estúpido-dios timorato’, y se basa en la visión de que dios es un ser misericordioso y triste, es decir, que se alegra con la salvación y se lamenta cuando alguien peca, pero no actúa con una especie de sentimiento crítico hacia el hombre; lo retrato con la imagen de la mamá que es incapaz de enojarse o regañar a su hijo porque lo ama demasiado. La segunda definición es la ‘hombre pensante-dios crítico’, que sitúa a dios como un padre drástico pero pensante, que, dentro de esa especie de incapacidad de acción divina en la tierra, se enoja y se molesta con sus hijos, o se alegra, como un papá diciendo ‘hijo’e tigre tenía que ser’. Por último, la visión ‘hombre crítico-dios esquizofrénico’ muestra al señor como un hombre malísimo y egocéntrico, desesperado por sentir amor, que creó un mundo para que lo amara, y quienes no lo hagan se quemarán eternamente en el infierno; se visualiza un dios psicópata e histérico, parafernálico y estruendoso.”
Pero lo pensé y me dije: “Si tengo un blog que actualizo periódicamente, es porque me parece que puedo escribir una que otra weá que haga que alguien piense alguna weá que me interese que piense, o sea, es una forma de contacto social, un idioma distinto, aunque con los mismos símbolos. Y si me parece todo eso, entonces escribir una tontera que me parece razonable acerca de dios, y del cristianismo, y de
Entonces empecé a darme cuenta de que leer la biblia es un poco más peligroso de lo que me parecía hace unos días. Por otra parte, combinar la sustancia bíblica con sustancias materiales crea momentos agradables, mas los desagradables existen, como en el mundo real. Pensé, después de pensar lo primero que escribí que pensé, en dejar de leer la biblia, (el Word me quiere obligar a escribir “biblia” con mayúscula, pero lucho contra él) cosa que me parecía razonable, porque no sería nada de raro que a través de 2000 años de existencia bíblica los curas hayan cambiado ciertos párrafos y cosas así para que se pudieran entender cosas más perversas y poder aplicarlas para sentirse poderosos, o sea, los curas y los derechistas conservadores deben haber cambiado la biblia para su beneficio propio. Pero me di cuenta que la humanidad pre bíblica no era tan buena tampoco, y que durante los años de la biblia el mundo no había reducido su violencia y su sangre, sino que había estado cambiando de formas de aplicarla, para que se note más o para que se note menos, según la situación. Al fin, se me ocurrió que, en vez de leer la biblia, cuyos seguidores son puros giles, podría leer a buda y las inquietudes y mensajes hinduistas, tibetanos, budistas, zen, o esas culturas a las que uno, por algún extraño motivo occidental, respeta. Terminé leyendo nada.
(Cada vez que dice “biblia” hay unas líneas rojas bajo la palabra.)
viernes, 30 de enero de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 1/30/2009 1 comentarios
Con un barco adentro
A las 17:00 en punto se metió la primera mitad. A las 19:00 no la hacía efecto, y, siguiendo los consejos del vendedor (que en realidad los había obtenido de quién sabe quién), se adentró la otra mitad. A las 19:30 se enojó y empezó a escuchar el segundo movimiento de la novena sinfonía de Beethoven. A eso de las 19:35 apareció Vivaldi y las estaciones. Escuchó la primavera. A las 19:45 escuchó el Verano. A las 19:55 escuchó el Otoño. Entre esa hora y las 19:59 las paredes de madera respiraron a su ritmo. A eso de las 20:00 le pareció escuchar la voz de su hermana, que esa misma noche se marchaba a tierras lejanas. Lloró. Sin pensarlo demasiado tomó una buena cantidad de dinero y cruzó las puertas diciendo, en voz baja, “ahora o nunca”, y, en voz alta “no se preocupen, voy a ver a mi hermana”.
Después de varias cuadras de caminata apareció un taxi, que se detuvo frente a él y le permitió ingresar su presencia al movimiento. Minutos más tarde su existencia aterrizaba en el cemento y su cuerpo volaba observando los extraños colores que la luz del sol mezclaba con la luz de la atmósfera. Sus manos se le salieron y caminaron solitarias por el pavimento; sus pies desnudos mostraban tantos callos que ni un indígena querría mirarlos; sus ojos se llenaban de líquidos incomprensibles; sus intenciones brotaban como relámpagos absurdos desde su conocimiento.
Segundos más tarde se detuvo unos segundos a llorar. Segundos más tarde se levantó y caminó. Segundos más tarde se detuvo unos segundos a llorar. Segundos más tarde volvió a caminar y luego se encontraba en un pasillo frente a dos mujeres risueñas.
-Claro… uno entero acongojado y el par de weonas cagás de la risa.
Pasó una micro en la esquina. Pasó otra. Una de las mujeres se subió y la otra lo abrazó y lloró, mientras las palabras brotaban invertebradas de su boca.
-…y no te hagai nazi, porque los nazis odian a los gitanos, que son la gente más contenta del mundo.
Después de esas palabras volteó su representación y caminó hacia el este. Se arrepintió y caminó al oeste. Llegó a un departamento y, bicicleta en mano, le preguntó a la bicicletera si quería ahogar sus penas en alcohol. Frente a la respuesta negativa se alejó indeciso. Minutos más tarde aparecieron dos hombres conocidos con instrumentos musicales pesando sobre sus humanidades. Gritaron y acordaron ahogar las penas justo después de la historia del guatón gay y el taxi boy fornido.
Las caipiriñas no eran de su estilo, pero bebió una con uno de los borrachos y otra con un par de borrachas. Se cambiaron de bar. Se cambiaron de bar y comenzaron a golpear sus vasos gritando “Prosit”. Cuando se quebró el primero empezaron automáticamente a cantar cumpleaños feliz y el doncello se lo regaló. Después de un rato les ofreció su útero en arriendo. Más tarde llegó un jamaicano absolutamente chileno y compartieron su suave alcohol burbujeante con él. Al preguntarles, como conjunto, acerca de su forma de visualizar el mundo, uno de los suyos dijo:
-Yo hago.
-Yo pretendo.
-Yo imagino.
-Yo cago.
Tembló y no pudieron contener la risa. Luego aparecieron los músicos y, mientras unos los defendían y otros los desamparaban, conocieron al Rubén Darío, el Daniel y ese que siempre fue un desconocido silencioso. Hablaron poco, pues siempre había interrupciones y molestias al proceso. El jamaicano, que iba y venía, lo empezó a mirar feo y le dijo cosas de las que se arrepintió.
De pronto no había nadie más, había una bicicleta, una caminata y sexo, más sexo del que deseaba. Amanecer, luces y sol. Calor. Triángulos en el techo. Estuvo varios minutos disfrutando de esos triángulos y otras formas geométricas mientras la araña imaginaria (que era una mancha, una imperfección) caminaba para allá y para acá sin lograr asustarlo o molestarlo. Luego las partes del techo se introducían en él mismo y volvían rápidamente. Muchas partes en muchos lugares distintos, muchos techos yendo y viniendo, volando y resistiéndose.
Rápidamente un documental, unos escritos, unas gatas, unas maletas, unas duchas, un papá, una escoba, un poco de llanto ajeno y un bus. A las 11:00 daba un examen; a las 14:30 se enojaba con el profesorado; a las 15:00 conversaba con un negro; a las 15:15 hablaba con una borracha; a las 16:00 fumaba marihuana; entre 16:20 y 17:31 dormía en un sillón con una gata y una perra. A las 17:32 hacía las maletas y ordenaba su habitación. A las 19:20 entregaba droga en un paradero. A las 19:30 veía a un personaje familiar. A las 21:00 tomaba un bus y se alejaba de esa horrenda ciudad.
A eso de las tres de la mañana una niña de pocos años lloró en el bus y lo despertó, cosa que lo ofendió profundamente. Su reacción pasiva frente a la ofensa le ayudó a dormir nuevamente y comenzar a vivir un verano aleatorio, impreciso e incognoscible, junto a unos y otros, que terminaría en tragedia si es que no cambiaban un par de cosas innecesarias.
sábado, 17 de enero de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 1/17/2009 3 comentarios
Vodka
No me acuerdo cómo llegué a esa situación ni cómo salí de ahí, ni en qué parte de qué ciudad estaba, ni quiénes eran los que me rodeaban. Estaba en un carrete y sólo había dos conocidos, cuyos nombres dejaré en secreto para salvaguardar la integridad física y psicológica de ambos.
Ambos eran (son) novios. Eran novios en esa situación. En realidad, la gracia es que no eran novios; es decir, yo estaba carreteando con mi amigo y su ex polola, pero había más gente, así como veinte personas más, o treinta, y habían algunos bailando y todo parecía así súper entretenido. Y yo también estaba súper entretenido, porque estaba con amigos que yo sabía que eran mis amigos pero no sabía quiénes eran. Quiero decir que sólo tenía la certeza de que eran amigos, nada más que eso.
Eso era entretenido igual, porque eran de esos amigos que son buenos amigos pero que uno sabe que no necesita ni llamarlos ni nada y que no se van a sentir mal si los llamas después de cuatro meses sin contacto para invitarlos a emborracharse. Me rodeaba ese tipo de amigos, mi amigo cuyo nombre no mencionaré, y su, ahí, ex polola; acá, polola, con todas sus letras. Pero esto no se trata de acá sino de ahí.
Ahí estaba yo y la fiesta se estaba poniendo buena y yo me sentía poner bueno con ella. Había cerveza, y yo había tomado bastante cerveza, y de pronto empecé a tomar vodka piña, en un vaso de esos que son como de película gringa donde hay un hombre ocupado y serio que va el viernes en la noche a tomarse unos tragos de whisky antes de irse a su casa a ver a su horrenda mujer. Entonces yo estaba ahí con mi vaso, sintiéndome como un hombre estadounidense ocupado, cuando de pronto empezó a pasar lo inesperado.
Inesperado para mí en esa situación, porque cualquier persona con una mínima comprensión lectora ya habrá entendido de qué es que se trata esto. Y justamente se acerca la ex polola de mi amigo y, no sé cómo, de pronto estábamos bailando, cosa que no hago regularmente; y, tampoco sé cómo, de pronto estábamos como en medio de un baile de cortejo. Me refiero a que ella me cortejaba a mí y yo la cortejaba a ella.
Ella me miraba y yo me acercaba, y una cosa lleva a la otra y la otra a la siguiente. Pero yo no llegué tan lejos. Me acuerdo que mientras bailaba con ella estaba constantemente pensando en toda la problemática moral y social que significa cortejar a la ex novia de tu amigo, más que porque me molestara a mí, porque le podía molestar a él. Más tarde pensé que yo no quiero pensar así; después volví a pensar así; después había tomado demasiado vodka; y después pensé que los sucesos posteriores fueron causados por los anteriores; como todas las cosas del mundo, que primero son de una forma y después se dice que eso evolucionó.
Evolucionó la situación y yo que me acercaba más y más a ella. Pasó algo que ahora me parece muy tonto, aunque en aquella situación parecía ser lo adecuado. Sin saber si tirarme a la piscina o no, decidí acercar mi cara a la suya tanto como para que, si ella quería tomar la iniciativa, no le costara nada. Entonces me acerqué y me acerqué, y ella, dejándome hacerlo, mirándome a los ojos, pasó sus labios por sobre los míos. Quiero decir que sus labios se replegaron con los míos, pero ninguna de las bocas se abrió, la suya no sé porqué no lo hizo, la mía no lo hizo porque estaba esperando que la otra lo hiciera. Recuerdo incluso que su boca pasó desde mi izquierda hacia mi derecha.
Derechamente decidido a actuar, tome su nuca con la mano derecha, su cintura con la izquierda, y la besé. Sólo recuerdo que era una situación agradable en muchos sentidos, mas no en todos. Digo “sólo” porque a partir de ese momento hay algún período de tiempo que no sé si no lo recuerdo o si nunca existió. Me hallé, entonces, sentado en una mesa, de madera, rodeado de gente. Entre la gente estaban esos amigos y ese amigo. Yo, incómodo, no sabía bien qué hacer. Y la mujer que besé estaba a mi izquierda, sentada sobre algo más alto, y abrazándome. Ella me abrazaba y yo intentaba que no se notara; ella se reía y yo hablaba.
Hablando algo relacionado con la constitución del estado israelí hace cincuenta años, miré a mi izquierda, hacia la ex polola de mi amigo. La vi y ella me vio, y nos miramos un rato. No sé qué estaba mirando ella, pero yo estaba mirando que ella ya no era ella, sino él, tenía el pelo corto, crespo y medio colorín, la cara cuadrada, y unos cuantos otros aspectos que no vale la pena mencionar. La (lo) miré otro poco y decidí que eso no era cierto. Así que seguimos con el tema del sionismo sanguinario, con el vodka, unos cigarros. Seguimos en eso y después ya sólo estaba aquél hombre de pelo largo que me hablaba mal de los israelitas, el vodka, y yo. Hablaba mal de todo y yo me sentí identificado, así que me paré y me retiré. Me retiré indignado.
Publicado por Rigoberto Gonzales el 1/17/2009 1 comentarios
Transporte Público y Revolución.
Sólo quería decir que considero que una revolución que se base en cambiar los medios y modos de producción, considerando que así se logrará que los hombres se relacionen de formas diferentes a cómo se relacionan ahora, es un error. Me parece que lo más importante es cambiar las formas en que nos relacionamos, y, así como desde el socialismo se llegaría al comunismo, lograríamos desvincularnos de todo aquello que nos parece que está mal en esta sociedad. Creyendo a ciegas en algún método para alcanzar la revolución se comete el mismo error que se cometió con el Transantiago. Las micros amarillas aparecían a medida que iban haciendo falta; si un empresario cachaba que faltaba una micro entre Quilicura y Puente Alto, iba y ponía una micro, y había gente que la tomaba. Con el Transantiago se sentaron una tropa de giles a ver cómo debería funcionar el sistema de transporte público de la capital, miraron un mapa, y trazaron recorridos que no funcionaron. Ahora lo están solucionando de la misma forma que con las amarillas: van a ver dónde falta una micro y chantan una. La revolución se tiene que hacer así. Primero hay que mirarse hacia adentro, ver qué te falta y qué te sobra, ver cuáles son las cosas que el capitalismo ha impuesto en tu persona, ver cuáles puedes cambiar, y cambiarlas. Esperar que llegue la lucha armada socialista para hacer esos cambios en ti es un error. En otras palabras, creo que primero hay que hacer la revolución individual para que la revolución social llegue sola. Todo esto, claro, según yo. Y eso es casi nada.
domingo, 14 de diciembre de 2008 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 12/14/2008 6 comentarios
Tijuana Brass
John salía todos los viernes de su casa a la misma hora e iba al mismo lugar. Su pequeño departamento quedaba en la esquina de
En fin, la caminata era agradable, los cigarrillos eran agradables, el whisky era agradable. La botella solía terminarse cuando John llegaba a Kearney ST por la avenida 35, y el basurero verde estaba todos los días esperándolo.
Entrando a bar, se saca su sombrero negro, y lo cuelga en una percha; su abrigo se queda sobre él y mientras avanza hace un gesto a Jimmy, quien rápidamente sirve un poco de un mal whisky en un vaso y lo rellena con coca-cola. John toma el vaso y apoya un codo en la barra. Pide un cenicero, prende un cigarro, toma el primer trago del vaso y, oliéndolo, observa las pocas mujeres que mostraban sus cuerpos en la pista. Le llama la atención una mujer baja, un poco robusta y de pelo crespo que bailaba tatareando suavemente la melodía, levantando y bajando los brazos, sin esperar que ningún hombre se le acerque. Pensó que debía ser una mujer feliz. Poco a poco logró que aquella señora notara su mirada, y cada vez que ella lo observaba de reojo, John sonreía, tomaba un trago o le hacía un lejano salud, que ella respondía inclinando levemente la cabeza.
Cuando la canción disminuyó su ritmo, la mujer se acercó a John. Se presentó como Kendall Newport, y le pidió que la invitara a algo. De mala gana, John levantó la mirada hacia Jimmy, le indicó el vaso y pidió dos. La canción seguía sonando y Kendall seguía tatareando mientras John trataba infructuosamente de conocerla más. La única información que obtuvo es que había enviudado hace sólo un par de horas y que consideraba aquello una excelente noticia.
Llegaron los vasos y la mujer se tomó la mitad de un solo golpe. La sorprendida mirada de su acompañante la incomodó, o al menos eso pareció; tomó su vaso, levantóse de su asiento e, inclinando levemente la cabeza, dijo “gracias”. La canción estaba volviendo a apresurarse y ella siguió bailando, vaso en mano, sin mirar a John.
En eso apareció un joven 20 ó 25 años menor que Kendall, le tomó una mano, le quitó el vaso y le hizo una inaudible pregunta. Ella miró a John, levantó los hombros y lo indicó. El joven caminó apresuradamente hacia él, mirándolo fijamente. A pocos metros se detuvo, tomó la mitad del whisky que quedaba en el vaso, y siguió su camino. Dejó el vaso frente a John, lo miró y le dijo: “Mi padre acaba de morir, no ande usted pensando en flirtear con mi madre”. La mirada insípida de su interlocutor lo sorprendió gratamente y, agradeciendo, se alejó. Tomó a su madre y se marcharon del lugar.
John le pidió a Jimmy una pequeña botella de whisky y, dejando un par de dólares en la mesa, se alejó de aquel antro. Caminó por las oscuras calles hasta su apartamento, subió los 3 pisos por las escaleras, abrió la puerta, lanzó las llaves a la mesa del comedor, tomó el último trago de la botella y la depositó en el basurero, colgó su abrigo y su sombrero, fue a la cocina a observar su refrigerador vacío, tomó un vaso de agua, miró las paredes, sacó un par de mugres del techo, avanzó a su dormitorio y Jack, su gato, lo esperaba acurrucado entre las almohadas. Se acostó, le deseó buenas noches a Jack y soñó algo que no recordó.
sábado, 6 de diciembre de 2008 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 12/06/2008 2 comentarios
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