-¿Ah?
-¿Cachai la weá del cemento, weón?
-¿Cómo?
-Así como cuánto cemento hay antes de la tierra.
-Puta, no sé, su resto igual, po.
-Pero, ¿cuánto, po?
-¿Sus veinte centímetros?
-Sería caleta.
-Sí, weón. ¿Y qué weá?
-No, que el otro día me dijeron una weá.
-¿Qué wea?
-Puta, según un weón antes las calles eran de madera.
-Puta, demás po weón.
-Sí po.
-En volá se quema toda la weá.
-Esa weá me dijeron po.
-¿Qué se quemaba toda la weá?
-Claro, onda Temuco.
-¿Y el weón es de Temuco?
-No, es de Valdivia.
-¿Y cómo sabe esa weá?
-Dice que era la cagá, que se veía de Valdivia.
-Oye, weón
miércoles, 29 de abril de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 4/29/2009 2 comentarios
¿Qué pandemia?
No, mentira. Ni epidemia ni nada. Estrategia del miedo, será. Políticas comunicacionales de los Estados. Quieren que temamos, que estemos asustados. ¿Cuánta plata están ganando los laboratorios, o cuánta van a ganar con sus vacunas y remedios? Sabemos que son los laboratorios los que controlan gran parte de las economías, basta con ver esa película, El Jardinero Fiel. Se lo hicieron a África en esos años, el año pasado a Asia con la tontera aviar, y ahora le tenía que tocar una “pandemia” (concepto extraño que inventan para que suene más pomposo todavía) a América. ¿Cuánta gente muere de cánceres, de SIDA, asesinada por estadounidenses al día? Claramente más que por estas gripes terribles que ponen a andar. Las guerras, las matanzas sí que son una epidemia. Esta epidemia no es tal, quieren miedo. ¿Por qué, sino, iba a suspender las clases?
¿Quieren miedo? Aquí les tengo algo bueno. Fui a la Clínica las Condes hoy. Tenía que hablar algo (no daré más información al respecto) en el área de Comunicaciones de la Clínica. Mirando, pasando los ojos por aquí y por acá mientras esperaba un papel, leí un documento aparentemente oficial del centro médico: tenía unas cincuenta páginas tamaño carta, los logos oficiales de la Clínica y en su portada versaba una oración macabra. “Influenza Porcina en Clínica las Condes”.
Ágilmente, una persona que acompañaba mi travesía a aquél poco humilde lugar, hizo una que otra pregunta a una fuente oficial de la empresa. Ésta le comentó que había unos cuantos casos y luego puso cara de “chuuucha, la cagué”.
lunes, 27 de abril de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 4/27/2009 3 comentarios
Sin título aparente
Publicado por Rigoberto Gonzales el 4/27/2009 0 comentarios
Listado uno
sábado, 18 de abril de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 4/18/2009 3 comentarios
Posibilidad
jueves, 16 de abril de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 4/16/2009 0 comentarios
Jiles V/S CUT
Exigiendo un Estado Social, Democrático y Solidario, la Central Unitaria de Trabajadores invitó a las “masas oprimidas” a marchar hoy por las calles de nuestro país. Orgullosos dirigentes clamaron, en el “acto central”, que se habían sumado a la convocatoria todos los regionales y provinciales de la central, desde Parinacota a Nueva Esperanza, y que en ese mismo momento, miles de trabajadores, en toda la nación, se “han reunido para escuchar el mensaje de sus dirigentes”.
La Pamela, fiel a su estilo, llegó tarde a la convocatoria de Plaza Italia, pero logró hacerse de un espacio cuando acabaron los incidentes de Alameda con Portugal. La marcha entonces desvió su rumbo y se abrió paso por Curicó, momento en que los jiles se apiñaron frente al lienzo de la Central, con el excelentísimo Arturo Martínez a la cabeza.
Diez metros delante del susodicho, periodistas se acercaron a nuestra candidata, que a esas alturas había sido mojada por el guanaco y tenía los ojos inyectados de un rojo intenso. Uno que otro maricón sostenía el lienzo, pintado a mano, que rezaba “Pamela Jiles Presidenta”. Para contestar las preguntas de los reporteros, la Jiles caminó más lento, cosa que a los “dirigentes de los trabajadores” molestó profundamente, escuchándose gritos del calibre de “esta marcha es para los trabajadores, no para la farándula”, “agilá culiá, métete el cartel por la raja” o, simplemente, “maraca culiá”.
Repentinamente, los dirigentes nacionales de la CUT, dirigidos por Arturo Martínez, levantaron su lienzo y comenzaron a correr, cosa extraña, pues el grupo comandado por Pamela seguía frente a las cámaras. No importaba, la idea era golpearla a ella y a su grupo. A patada limpia, las Fuerzas Especiales de la CUT (fortachones uniformados con jockeys negros con letras amarillas, igualitos a los del FBI), hicieron a un lado a los maricones, y la Jiles, sin saber qué hacer, se encontró con un Arturo Martínez enfurecido, que, además de insultos, le propinó un empujón que la dejó en el suelo.
El mismo hombre, presidente nacional de la cut (ya no se merece ser escrito con mayúsculas) quedó de pie frente a su lienzo, con un periodista del otro lado. Sintió un empujón en su hombro y escuchó al corresponsal decir “esa es tu weá de respeto, conchetumare”. Inmediatamente dos combos del “dirigente” fueron esquivados, y arturito comenzó a darle patadas a través del lienzo. Seis o siete policías de la cut se acercaron al reportero y, a patadas e insultos, lo alejaron del lugar.
En ese momento la Jiles decidió conversar la situación con el cabecilla e intentó acercarse a él, cosa que fue imposible debido al actuar de los matones que, no conformándose con la arremetida anterior, la propinaron empujones, patadas, insultos y una serie de “mamones” (tomaban la cabeza de la candidata y la acercaban brusca y torpemente a su genital, seguramente pequeño).
El periodista anteriormente mencionado se acercó minutos después a tomarle una foto a martínez. A
l apuntar la cámara, éste lo notó y, pasando por debajo del lienzo se encaminó hacia el fotógrafo en actitud de combate, haciendo relucir su pequeño pecho y empuñando sus arrugadas manos. Un par de matones se interpusieron y volvieron a insultar a quien escribe con epítetos de la calaña de “fascista”, “la prensa burguesa no nos interesa” o “métete la cámara por la raja” (la palabra raja era una de las favoritas de la cut).
Ya en el acto central, sobre un podio de exagerados metros de altura, después de haber sido mencionado durante varios minutos por otro orador, arturito martinez declaró que “son los infiltrados, los que andan provocando peleas en las marchas, los que provocan a los trabajadores, los infiltrados de la derecha y de los pacos (sí, dijo “pacos”), los que desarman el movimiento sindical chileno”.
“Fascismo puro”, pensé, y me retiré indignado.
Publicado por Rigoberto Gonzales el 4/16/2009 3 comentarios
La tele me consume
Me acuesto y sintonizo el partido de Chile. Es el primero de abril y, en vez de seguir a mis amistades, a una fiesta donde se sintonizaría el partido, me acuesto en mi cama y observo. Pasadas las 19:00 comienza el partido. Poco a poco me voy molestando con el relato y los comentarios, sobretodo con lo que habla Pedro Carcuro. Me impresiono una vez más con la cantidad de años que un hombre como él lleva en la televisión.
Se acaba el cero a cero y comienzan las noticias. Nada especial, como siempre. Un par de muertos, un político le contesta a otro en una conferencia de prensa a cientos de kilómetros, un grupo de manifestantes se transforma en un grupo de delincuentes. No puedo dejar de mencionar mi malestar con cada “Crónica” de 24Horas: todas iguales, fomes, largas. Pese a que son noticias, cosas actuales, las hacen en un idioma ridículo y poco empático, donde el periodista se muestra como un experto sin serlo, donde no se responden las preguntas adecuadas, donde no se eligen los temas por su necesariedad, sino por el morbo y la tontera.
En el tiempo, Luis Weinstein me informa del calor futuro. Recuerdo el juego de palabras que él mismo creó y narró unos minutos antes del fin del 2008. Lo veo ahora, recuerdo eso, y me doy cuenta que éste parece ser un buen hombre. Incluso puede que tenga buenas intenciones.
Después de un par de comerciales parte Última Salida. Es la segunda vez que veo el programa y me parece alucinante, morboso e innecesario. Pocos días después sólo recuerdo algo acerca de un adicto a no sé qué que se negó a tomar un tratamiento para su adicción. La secuencia lógica de un programa como aquél parece ser (Protagonistas de la fama+Vida 2000)->(Rojo: Fama-Contrafama+Doctor Vidal: Cirugías que curan)->Pasiones->¿Cuánto me quieres?->Última Salida.
Comienzo a pensar que la aparición de un programa como éste, una especie de docureality, no puede haber sido azarosa, así como la aparición del Realityshow, en la que se juntó un grupo de “expertos” a pensar en un programa. Un docureality como éste parece la conjunción de un montón de otros programas, de textos, una hipertextualidad donde se transmite más de un show a la vez, y donde se mezclan extrañamente la medicina, el morbo y aquello que en la tele llaman “realidad”.
Después de soportalo una hora aparece Dr. House. Él me agrada. Es de esas personas en las que suelo depositar mis pretensiones futuras. Es fascinante cómo se muestra duro y agradable, y cómo, de cuando en vez, es un hombre como cualquier otro, que se enferma y que no tiene con quién compartir su tiempo libre. En ese capítulo de la quinta temporada se tropezó con algo, y siguió caminando como si nada. Ese tipo de aciertos me convencen de que la televisión estadounidense tiene muchas ventajas frente a la chilena. Los personajes de acá, aunque puedan simpatizarte mucho, como Tito Larraín o los hermanos de Una Pareja Dispareja, nunca tienen ese dejo de nostalgia que invade las series norteamericanas, ni esa oscuridad de las películas francesas, ni esa claridad del teatro.
Empiezan nuevamente las noticias y vuelven a aparecer los muertos. En las noticias hay muchas muertes. Una vez vi una película de Michael Moore donde mostraba los noticieros canadienses. Los problemas más terribles que mostraban de esa sociedad pretendidamente perfecta eran cosas como la altura de los lomos de toro o el exceso de ciclovías. Bien por ellos. Mal por nosotros. No creo, en todo caso, que si las noticias chilenas fueran así nuestra sociedad sería mejor. Incluso, tal vez, todo lo contrario. Pero estoy casi seguro de que sería distinta.
Luego veo el capítulo de repetición de Los Exitosos Pells, el mismo del día anterior, pues a la hora de la teleserie estaban dando un programa referente al partido que transmitía Canal 13. Era tercera vez que transmitían esas imágenes, y el día domingo lo harían por cuarta. No hago más que molestarte con la planicie que se posa como una pared frente a cada personaje, excepto al gordito que es director de las noticias, que me parece un personaje interesantísimo. Días más tarde, cuando ese personaje estuvo de cumpleaños, dejé de verlo así, mas no dejé de ver el programa.
Otra vez aparece Dr. House. Veo el programa en su totalidad, pero no puedo evitar pensar en la decadencia de un canal que repite de esa forma sus adquisiciones extranjeras, como Canal13 con Los Simpsons. También me sorprendo de las 4 transmisiones diarias de noticias, y de la repetición de la teleserie. Puede ser un deseo por hacernos pensar la realidad desde una sola perspectiva. Más bien desde unas cuantas, que las decide quién sabe quién. Hace unos días un profesor decía algo que bien podría decir yo: con la cantidad de noticias que se producen, es imposible que un solo hombre las lea, escuche y vea todas. Imposible. Me imagino que hay personas que quieren que veamos su versión de la realidad. Y hay tantas versiones que se crean montones de textos paralelos y ajenos. Algo así como una súpertextualidad, sobretextualidad, megatextualidad, o como sea.
En fin. Se acaba por segunda vez la serie estadounidense y una voz en off me informa un par de cosas que no me interesan del canal, su visión y misión, su alto cargo y la dirección de éste. Aparece una foto del frontis del canal, y la programación que comenzará en 4 horas más.
Absorto, cambio de posición después de siete horas. Me siento en la cama, desenchufo la tele para no tener que pararme a apagarla, me acuesto, y espero.
viernes, 10 de abril de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 4/10/2009 3 comentarios
La vida
Sólo quería decir que si uno no vive, no disfruta. Si disfrutar es lo que hace la vida algo bueno, entonces hay que vivir. Y si mantenerse vivo es la única forma de vivir una buena vida, entonces lo más importante para mantener una buena vida es no morir. Y si uno se muere una sola vez, así como uno nace una sola vez, entonces no hay posibilidad de equivocarse. O sea que de los errores no se aprende.
jueves, 2 de abril de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 4/02/2009 2 comentarios
Nada especial
Iba a decirte que te amo, que te pienso y que quiero conocerte más.
Iba a decirte que te necesito, que me siento mal sin ti, que me siento solo.
Iba a decirte que me molesta no verte todos los días.
Iba a decirte que me encandilas, que me excitas, que me calientas, que me provocas.
Iba a decirte que te recuerdo, que te imagino.
Iba a decirte que cuando camino por la calle siento montones de olores, y que la mayoría de ellos me recuerdan a ti.
Iba a decirte que cuando leo algo voy relacionándolo todo contigo.
Iba a decirte que me molesta saber que existes, y que andas por ahí sin mí.
Iba a decirte que es insoportable que no estés aquí.
Iba a decirte que te vinieras para acá.
Iba a decirte que me avergüenza decir estas cosas.
Iba a decirte que emborracharme es mucho más fome cuando no estás.
Iba a decirte que me fascina el recuerdo de tu espalda.
Iba a decirte que me parece que sin ti nada de esto tiene demasiada importancia.
Iba a decirte que sería mucho mejor saber que te voy a ver en el corto plazo.
Iba a decirte eso, y un montón de otras cosas.
Iba a decírtelo varias veces.
Pero me di cuenta que, tanto como te lo puedo decir a ti, se lo puedo decir a un montón de otras gentes.
Pero me di cuenta que puedo decirle muchas cosas a mucha gente.
Pero me di cuenta que si estuvieras disponible para mí, no iría.
Pero me di cuenta que nada tiene demasiada importancia, de una u otra forma.
Pero me di cuenta que me fascina el recuerdo de un montón de espaldas, y de abdómenes, y de omóplatos, y de ombligos.
Pero me di cuenta que cuando estás todo es igual de fome.
Pero me di cuenta que no me gustaría nada que invadieras mi espacio.
Pero me di cuenta que todo es insoportable.
Pero me di cuenta que me molesta que mucha gente ande por ahí sin mí.
Pero me di cuenta que cuando leo todo se va relacionando con todo.
Pero me di cuenta que hay muchos olores que me recuerdan a mucha gente.
Pero me di cuenta que pienso en mucha gente, que recuerdo a mucha gente, que imagino a mucha gente.
Pero me di cuenta que me avergüenzo hasta de mi inconsciente.
Pero me di cuenta que vivo encandilado, excitado, caliente y provocado.
Pero me di cuenta que me molesto todos los días.
Pero me di cuenta que amo a muchas personas, hombres y mujeres, que a casi todo el mundo quiero conocerlo más.
Pero me di cuenta que necesito a mucha gente, que me siento mal casi siempre.
Pero me di cuenta que igual me voy a sentir solo.
Y me di cuenta que a ti igual quiero decírtelo. Y, además, te voy a decir que es raro que, habiendo tanta gente en todas partes, yo quiera decirte esto sólo a ti.
Y voy a terminar diciéndote que me da lo mismo sonar así de mamón.
domingo, 29 de marzo de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 3/29/2009 7 comentarios
Un
Un Krishna entregó un currículum en un matadero. Un ex agente de la DINA fundó una agrupación de derechos humanos. Un primer ministro se declaró anarquista. Un latifundista, comunista. Un terrateniente, socialista. Un empleado público, liberalista. Un obrero, capitalista. Un vagabundo votó por Bush. Un discapacitado se cayó en una cuneta. Un estudiante trabajó. Un poeta escribió una novela. Un chofer de micro bailó tango en Brasil. Un cristiano armó una barricada en Burkina Faso. Un empresario regaló billetes en público. Una monja se vistió de seda. Una puta se vistió de monja. Un drogadicto se rehabilitó. Un aspirante a enfermero estudió ingeniería. Un payaso casó una pareja. Un periodista lo descubrió. Una pareja se le insinuó a otra. Un cantante bailó. Un bailarín se murió. Un arquitecto se informó. Un televidente se atontó. Un borracho se incineró. Un capitán de barco sacó licencia de conducir. Un choro del puerto se indigestó. Un fiestero se sintió mal. Un periodista se observó. Un cineasta se prendió. Un informático se lanzó al vacío. Un cura se masturbó. Un dentista imaginó. Un médico se desinformó a propósito. Una bataclana cantó una oda a la primavera en medio de su show. Una casa se quemó. Una planta meditó y conoció las ocho lunas de un planeta lejano. Una fiesta se armó. Un joven asistió. Una turba se emborrachó. Un viajero se integró. Un caminante caminó, armó su camino y se fue. Un travesti de vistió de hombre y cantó noches de sífilis en la ciudad. Una mujer vestida se rojo se rió con él. Un comprador fue engañado dos veces en la misma situación. Un amigo cantó con el travesti. Un gordo se rió con la mujer de rojo. Un corazón explotó. Una vejiga se consumió. Una hostal recibió a alguien. Un hombre cualquiera se fumó un porro. Un fumador se subió a un taxi. Un taxista se durmió. Un pisconauta se molestó. Un manifestante se arrepintió. Un carabinero se reconcilió. Un político se asustó. Un indigente levantó su cuerpo del suelo.
Y así, había mucha gente haciendo muchas cosas, en todas partes, de todas las formas.
Y uno ahí, mirando.
lunes, 23 de marzo de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 3/23/2009 1 comentarios
A propósito del amor.
domingo, 15 de marzo de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 3/15/2009 2 comentarios
Él cantó y nosotros lo escuchamos
Había llegado a mi casa un amigo de otra ciudad. Había venido con su polola, así que tuve que prestarles mi cama y dormir yo en el sillón para que pudieran manosearse tranquilos. A mí no me molestaba acostarme en el sillón, excepto porque a tempranas horas de la mañana empezaba a pasar gente a mi lado, y siempre me parecía que les daba lo mismo que yo estuviera acostado y durmiendo. Hacían ruido y yo me molestaba, pero no les decía nada, porque a fin de cuentas era problema mío que un amigo mío hubiera llegado a mi casa a acostarse en mi cama. No era un problema del resto de la familia, así que yo callaba.
Era una de las primeras veces que trabajaba en mi vida, y estaba en mi segunda semana de trabajo cuando mi amigo llegó con su polola. Yo pensaba que de verdad tenía que “rendir” en mi trabajo, así que salía temprano y hacía todo lo posible para hacer hartas cosas y que todas quedaran bien. Más adelante me empezó a dar lo mismo, pero cuando estaba mi amigo yo salía temprano y volvía tarde, así que no pude compartir mucho con él.
El primer día que llegó, que fue una tarde de domingo donde yo me esforzaba por recuperarme de la noche anterior, lo fui a buscar al terminal de buses y fuimos a ver el mar. Compramos unas cervezas en lata y encontramos un lugar donde estacionar el auto y un poco más allá una buena vista al mar. Hacía frío y empezaba a llover, pero con mi amigo nos quedamos comentando unas cosas y otras mientras tomábamos una fría lata cada uno. Después nos comimos unos panes.
Ya en mi casa, parece que comimos algo, no recuerdo bien. Después queríamos fumar y salimos al patio trasero a hacerlo. Fumamos un cigarro y mi amigo me comentó que tenía marihuana. Así que armé o armó un cigarrillo de marihuana y lo fumamos. Sentí cómo el humo pasaba directo de mis pulmones a mi cabeza y la desaceleraba. Nos tomamos las cervezas que nos quedaban y decidimos ir a comprar más. Fuimos a un supermercado caminando y compramos, y luego volvimos. Me acuerdo que hablábamos harto, pero no sé acerca de qué. Cuando llegamos de vuelta nos sentamos casi en la misma posición que habíamos estado antes. O sea, yo sentado y él de pie; tomamos más cerveza y fumamos más marihuana. No era malo.
Como decía, mi amigo llegó un día domingo, y yo trabajaba de lunes a viernes, así que en toda la semana sólo conversábamos un poco en la noche, cuando yo volvía y él estaba en mi casa, con su polola. Su polola era más bien callada, así que, por lo general, yo hablaba sólo con él, agregando ella uno que otro comentario de cuando en vez.
No pude compartir con mi amigo como dios manda hasta el día viernes. Yo iba a emborracharme por ahí, pero mi amigo tuvo algún problema que no recuerdo y se quedó en la casa. Yo salí de todas maneras. Al día siguiente, el sábado, tenía que hacer un trabajo corto, pero a una hora horrible: desde las 21:00 a las 0:00. Lo hice, entonces, y llamé a mi amigo, invitándolo a beber conmigo y con otros amigos y con las pololas de los otros amigos y con uno que otro desconocido.
Llegamos a la casa donde sucedieron los acontecimientos a eso de las 0:30. No había mucha gente, pero a cada momento llegaban más. Creo recordar un pick de 15 personas. Un grupo fue a comprar el alcohol y volvió. Yo estaba en el grupo, y no había nada muy interesante que conversar o comentar. Cuando volvimos tampoco había nada. Todos estaban callados y yo callaba con ellos. Mi amigo y su polola se sentaron y callaron juntos, o hablaron despacio, entre ellos. El resto echaba miradas cómplices sobre los otros y sonreían. Eran silencios largos, pero cómodos. Eran silencios que, al final, no significaban nada.
Pusimos las bebidas sobre una mesa, en el patio, donde estaban todos, y empecé a preguntarle a la gente qué querían tomar, y, según sus respuestas, servía unas cosas u otras. Cuando terminé de servir ya había varías conversaciones instaladas en el ambiente. Ya se escuchaban las risas y las quejas de las mujeres. De pronto, una de ellas, que era polola de un hombre de ahí, saltó, gritó y corrió tapándose la cara. Se dio vuelta y dijo:
-Ella tiene una araña en la espalda.
Así que el pololo de una y el pololo de la otra se pusieron de pie, miraron la espalda de la mujer, empujaron la araña hasta el suelo y alguno puso su zapatilla sobre su leve existencia.
Yo a esa altura estaba conversando con un semidesconocido acerca de la crisis económica mundial. No lo estaba pasando demasiado bien, pero tampoco me aburría. Pasaban cosas. La gente se servía más bebidas. Algunos prendían cigarrillos. Otros caminaban para allá y para acá. De vez en cuando alguien se paraba e iba al baño. Unos conversaban a gritos y otros conversaban a susurros. Yo estaba contento, viendo movimiento y sintiéndome mareado.
Gran parte de la convivencia se desarrolló ahí afuera, frente a la puerta de entrada a la casa, por donde uno podía subir al baño, o pasar a la cocina, luego a una pieza y luego a otro baño. Estábamos ahí y nos mirábamos y nos hablábamos. Pero más tarde las miradas y las palabras se me hacían incomprensibles, así que tomé la sabia decisión de acostarme en una cama, pensando en lo feo que sería caerme en el patio.
Cuando me acosté no pensé en casi nada. Recuerdo que subí a una pieza y traté de sacar un colchón que había debajo de una cama mientras alguien me pegaba patadas en la espalda. Después bajé las escaleras y me acosté en un sillón. Al rato llegó una persona muy amable que me pidió que me moviera de ahí de tan buenas maneras que fue imposible negarme. Finalmente reposé en la cama de un amigo, que había estado trabajando durante el festejo.
Dije que no pensé en casi nada porque debí haber pensado en mi amigo que estaba quedándose en mi casa. No pensé en él, pero él si pensó en mí. Y cuando quiso irse se me acercó y, sin ver respuestas concientes en mi persona, sacó las llaves de mi casa desde mi bolsillo, pidió instrucciones para llegar, y se fue. Al otro día me contaron que anduvo perdido y llamando por teléfono para recibir nuevas instrucciones.
Horas después yo soñaba con la polola de un amigo. Por esos días yo estaba involucrado con otra mujer, y mientras soñaba con esta señorita mi cabeza daba fuertes giros occidentalizados pensando en que no debería estar con dos mujeres al mismo tiempo. Mi cabeza me decía eso y mi subconsciente me mostraba sobajeos y agarrones. Era un buen sueño.
El sueño se acabó cuando sentí un movimiento muy cerca de mí. Eran algo así como las 11:00 am y el dueño de la cama donde yo dormía se estaba levantando. Más tarde supe que cuando llegó, a eso de las 5:30 am, me vio en su cama y me sacó los zapatos para que durmiera más cómodo. Luego se acostó a mi lado.
En ese momento me desperté y lo miré. Él me dijo algo que no recuerdo y yo le respondí otra cosa que no recuerdo. Ni siquiera me acuerdo si fue algo cómodo o incómodo, si pensé en algo o qué. Intercambiamos ese par de palabras, lo vi levantarse de la cama, lo observé unos segundos haciendo algo de espaldas a mí, y volví a los sobajeos oníricos.
Horas más tarde, cuando los conflictos polígamos estaban bien lejos, sentí algo caliente que hacía un círculo alrededor de mi boca y nariz. Entreabrí los ojos y vi al dueño de la cama donde dormía muy cerca. El círculo eran sus manos, y un humo blanco entraba por mis pulmones sin poder evitarlo. Estaba confundido, me dolía el cuerpo, se me quebraba la cabeza y me costaba respirar, pero cuando sentí ese olor hice lo posible por mantener la fumada dentro de mí tanto como pudiera.
Riéndose, mi amigo se alejó y entró a la cocina. Me desperecé y lo seguí. Había unos cinco o seis hombres sentados alrededor de la mesa, y tomé posición junto a ellos. Mi estado era deplorable. No sólo me dolía todo y me costaba respirar, además expelía un sudor pegajoso, mis ropas estaban sucias y rotas, mi boca tenía un sabor vomitable, mi lengua completamente blanca y mis dientes llenos de sarro. En eso, un amigo me toca el hombre y me dice:
-Estás destrozado.
De pronto estaba jugando ajedrez. Tengo un amigo que es muy bueno, y, mientras alguien me servía un vaso lleno de alcohol y gaseosa, otro hombre llenaba una pipa de marihuana, ganó tres partidas simultáneas. Uno de los perdedores fui yo. El vaso que depositaron frente a mí fue mortal. Ahora que lo pienso, ni siquiera me acuerdo bien de habérmelo tomado, la única información que tengo era la sensación de mi cuerpo. Bebí el vaso y fumé muchos cigarrillos y aspiré mucha marihuana en pipa. Luego tomé más alcohol, pero no puedo definir cuánto.
Lo que pasaba ese día era extraño. Éramos cinco, seis, o siete personas, sentadas alrededor de una mesa, un día domingo, con sol y una temperatura agradable. En algún momento comentamos eso. Unos decíamos que la situación era rara otros respondían que nosotros éramos raros. Yo creía en ambas opciones.
Todo esto empezó, creo, como a las dos de la tarde. Me parece que a eso de las tres y media pasó algo sorprendente. Un amigo, que no sé si es un amigo, porque no lo conozco mucho, pidió silencio, porque su celular estaba sonando. Rápidamente nos callamos, pensando que él consideraba que sería mejor que quien lo llamaba no supiera en qué pasos andaba. Yo, en realidad, me callé para dejarlo mentir. También lo había hecho, aunque por lo general me habría ido al patio, para que nadie escuchara cómo miento. Entonces pensé que si él estaba haciendo eso, era porque pensaba que mentir no era algo malo, así que le deba lo mismo que lo escucharan. Alguna vez había conversado profundamente con ese hombre, y me parecía una persona inteligente, así que cuando imaginé sus apreciaciones acerca de la mentira, me pareció algo enormemente evolucionado, y lo envidié un poco.
Contestó el teléfono, saludó y se poso a contar lo que estaba haciendo.
-Estoy donde unos amigos, nos estamos fumando unos pitos y tomando unas piscolas. Más rato me voy para allá.
Habló durante varios minutos, con toda franqueza. Contó quiénes estábamos, lo que habíamos hecho, lo que hacíamos, lo que haríamos. No escondió nada. Entonces comenté lo extraño que era lo que estábamos haciendo. Era como si quisiera que escucháramos lo que hablaba. Yo no entendía y me puse a intentar concretar una conversación con otra persona, pero él pidió silencio de nuevo. Callamos. Yo lo miraba sorprendido. Él hablaba y hablaba y eran únicamente asuntos que no me interesaban.
Cuando al fin calló, empezó a llenar una pipa con marihuana y comentó que pedía silencio para poder concentrarse en la conversación. Según dijo, si había dos conversaciones al mismo tiempo las confundía y contestaba cualquier cosa a cualquier pregunta. Reímos un poco y fumamos marihuana.
Reíamos, fumábamos, bebíamos y yo me quejaba y me lamentaba de mis múltiples dolores. El del teléfono de vez en cuando nos miraba a la cara y nos decía:
-Para qué vamos a estar volados, si podemos estar más volados.
Entonces sacaba más de su marihuana y su pipa y armaba y fumábamos. Fumamos toda la tarde, y el telefónico siempre tenía más. En algún momento llegó una guitarra y el inalámbrico la tomó y tocó algunos acordes. Alguien el pidió una canción, y él accedió. Él cantó y nosotros lo escuchamos. Después dejó de cantar y armó una pipa. Él las armaba y todos fumábamos. Le pidieron otra canción y volvió a cantar. Cantó canciones que me gustaban. Canciones conocidas y no tan conocidas, y canciones que yo conocía y otras que no conocía. Pero las que conocía me gustaban de antes y las que no me empezaron a gustar ahí.
Y así pasó la tarde. Nos volábamos y él cantaba. Al principio, cuando cantaba, nosotros escuchábamos. Después, él cantaba y nosotros conversábamos, nos reíamos, nos empujábamos, nos insultábamos. En algún momento salió la idea de ir a hacer lo mismo que estábamos haciendo a otra parte. Yo no habría tenido tanto problema, pero la mejor idea que surgió fue salir al patio. Miramos, vimos el sol y pensamos en sacar las sillas. Yo pensé en ponerme de pie, levantar la silla, hacerla pasar por sobre la mesa, cruzar dos puertas, saltar una cerca y sentarme al sol. Deseché la idea personalmente y la desechamos como grupo.
Cuando mi organismo no aguantaba más, pensé en mi amigo que estaba en mi casa. Ahí pregunté qué había pasado y me contaron de las andanzas de él y las mías. Supe que se había ido y pensé que debía volver yo también a mi casa. Así que me levanté y caminé. Mi amigo había llegado en la noche y había vomitado el baño. Mi familia me reprendía por mi olor a alcohol.
Mi amigo se fue de mi casa y de la ciudad esa noche, o la siguiente. Era un buen amigo, pero habíamos compartido poco. Creo que todavía es un buen amigo, pero compartimos poco. Esa noche me acosté y en la madrugada recibí una llamada. El telefónico y los demás seguían bebiendo, y bebieron hasta altas horas de la mañana del día lunes. El día miércoles me enteré que también habían bebido el martes en la noche.
sábado, 7 de marzo de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 3/07/2009 3 comentarios
El señor es contigo
Iba a escribir esto: “El dios cristiano puede ser entendido, según los conceptos bíblicos, de tres maneras diferentes. La primera de ellas es la visión ‘hombre estúpido-dios timorato’, y se basa en la visión de que dios es un ser misericordioso y triste, es decir, que se alegra con la salvación y se lamenta cuando alguien peca, pero no actúa con una especie de sentimiento crítico hacia el hombre; lo retrato con la imagen de la mamá que es incapaz de enojarse o regañar a su hijo porque lo ama demasiado. La segunda definición es la ‘hombre pensante-dios crítico’, que sitúa a dios como un padre drástico pero pensante, que, dentro de esa especie de incapacidad de acción divina en la tierra, se enoja y se molesta con sus hijos, o se alegra, como un papá diciendo ‘hijo’e tigre tenía que ser’. Por último, la visión ‘hombre crítico-dios esquizofrénico’ muestra al señor como un hombre malísimo y egocéntrico, desesperado por sentir amor, que creó un mundo para que lo amara, y quienes no lo hagan se quemarán eternamente en el infierno; se visualiza un dios psicópata e histérico, parafernálico y estruendoso.”
Pero lo pensé y me dije: “Si tengo un blog que actualizo periódicamente, es porque me parece que puedo escribir una que otra weá que haga que alguien piense alguna weá que me interese que piense, o sea, es una forma de contacto social, un idioma distinto, aunque con los mismos símbolos. Y si me parece todo eso, entonces escribir una tontera que me parece razonable acerca de dios, y del cristianismo, y de
Entonces empecé a darme cuenta de que leer la biblia es un poco más peligroso de lo que me parecía hace unos días. Por otra parte, combinar la sustancia bíblica con sustancias materiales crea momentos agradables, mas los desagradables existen, como en el mundo real. Pensé, después de pensar lo primero que escribí que pensé, en dejar de leer la biblia, (el Word me quiere obligar a escribir “biblia” con mayúscula, pero lucho contra él) cosa que me parecía razonable, porque no sería nada de raro que a través de 2000 años de existencia bíblica los curas hayan cambiado ciertos párrafos y cosas así para que se pudieran entender cosas más perversas y poder aplicarlas para sentirse poderosos, o sea, los curas y los derechistas conservadores deben haber cambiado la biblia para su beneficio propio. Pero me di cuenta que la humanidad pre bíblica no era tan buena tampoco, y que durante los años de la biblia el mundo no había reducido su violencia y su sangre, sino que había estado cambiando de formas de aplicarla, para que se note más o para que se note menos, según la situación. Al fin, se me ocurrió que, en vez de leer la biblia, cuyos seguidores son puros giles, podría leer a buda y las inquietudes y mensajes hinduistas, tibetanos, budistas, zen, o esas culturas a las que uno, por algún extraño motivo occidental, respeta. Terminé leyendo nada.
(Cada vez que dice “biblia” hay unas líneas rojas bajo la palabra.)
viernes, 30 de enero de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 1/30/2009 1 comentarios
Con un barco adentro
A las 17:00 en punto se metió la primera mitad. A las 19:00 no la hacía efecto, y, siguiendo los consejos del vendedor (que en realidad los había obtenido de quién sabe quién), se adentró la otra mitad. A las 19:30 se enojó y empezó a escuchar el segundo movimiento de la novena sinfonía de Beethoven. A eso de las 19:35 apareció Vivaldi y las estaciones. Escuchó la primavera. A las 19:45 escuchó el Verano. A las 19:55 escuchó el Otoño. Entre esa hora y las 19:59 las paredes de madera respiraron a su ritmo. A eso de las 20:00 le pareció escuchar la voz de su hermana, que esa misma noche se marchaba a tierras lejanas. Lloró. Sin pensarlo demasiado tomó una buena cantidad de dinero y cruzó las puertas diciendo, en voz baja, “ahora o nunca”, y, en voz alta “no se preocupen, voy a ver a mi hermana”.
Después de varias cuadras de caminata apareció un taxi, que se detuvo frente a él y le permitió ingresar su presencia al movimiento. Minutos más tarde su existencia aterrizaba en el cemento y su cuerpo volaba observando los extraños colores que la luz del sol mezclaba con la luz de la atmósfera. Sus manos se le salieron y caminaron solitarias por el pavimento; sus pies desnudos mostraban tantos callos que ni un indígena querría mirarlos; sus ojos se llenaban de líquidos incomprensibles; sus intenciones brotaban como relámpagos absurdos desde su conocimiento.
Segundos más tarde se detuvo unos segundos a llorar. Segundos más tarde se levantó y caminó. Segundos más tarde se detuvo unos segundos a llorar. Segundos más tarde volvió a caminar y luego se encontraba en un pasillo frente a dos mujeres risueñas.
-Claro… uno entero acongojado y el par de weonas cagás de la risa.
Pasó una micro en la esquina. Pasó otra. Una de las mujeres se subió y la otra lo abrazó y lloró, mientras las palabras brotaban invertebradas de su boca.
-…y no te hagai nazi, porque los nazis odian a los gitanos, que son la gente más contenta del mundo.
Después de esas palabras volteó su representación y caminó hacia el este. Se arrepintió y caminó al oeste. Llegó a un departamento y, bicicleta en mano, le preguntó a la bicicletera si quería ahogar sus penas en alcohol. Frente a la respuesta negativa se alejó indeciso. Minutos más tarde aparecieron dos hombres conocidos con instrumentos musicales pesando sobre sus humanidades. Gritaron y acordaron ahogar las penas justo después de la historia del guatón gay y el taxi boy fornido.
Las caipiriñas no eran de su estilo, pero bebió una con uno de los borrachos y otra con un par de borrachas. Se cambiaron de bar. Se cambiaron de bar y comenzaron a golpear sus vasos gritando “Prosit”. Cuando se quebró el primero empezaron automáticamente a cantar cumpleaños feliz y el doncello se lo regaló. Después de un rato les ofreció su útero en arriendo. Más tarde llegó un jamaicano absolutamente chileno y compartieron su suave alcohol burbujeante con él. Al preguntarles, como conjunto, acerca de su forma de visualizar el mundo, uno de los suyos dijo:
-Yo hago.
-Yo pretendo.
-Yo imagino.
-Yo cago.
Tembló y no pudieron contener la risa. Luego aparecieron los músicos y, mientras unos los defendían y otros los desamparaban, conocieron al Rubén Darío, el Daniel y ese que siempre fue un desconocido silencioso. Hablaron poco, pues siempre había interrupciones y molestias al proceso. El jamaicano, que iba y venía, lo empezó a mirar feo y le dijo cosas de las que se arrepintió.
De pronto no había nadie más, había una bicicleta, una caminata y sexo, más sexo del que deseaba. Amanecer, luces y sol. Calor. Triángulos en el techo. Estuvo varios minutos disfrutando de esos triángulos y otras formas geométricas mientras la araña imaginaria (que era una mancha, una imperfección) caminaba para allá y para acá sin lograr asustarlo o molestarlo. Luego las partes del techo se introducían en él mismo y volvían rápidamente. Muchas partes en muchos lugares distintos, muchos techos yendo y viniendo, volando y resistiéndose.
Rápidamente un documental, unos escritos, unas gatas, unas maletas, unas duchas, un papá, una escoba, un poco de llanto ajeno y un bus. A las 11:00 daba un examen; a las 14:30 se enojaba con el profesorado; a las 15:00 conversaba con un negro; a las 15:15 hablaba con una borracha; a las 16:00 fumaba marihuana; entre 16:20 y 17:31 dormía en un sillón con una gata y una perra. A las 17:32 hacía las maletas y ordenaba su habitación. A las 19:20 entregaba droga en un paradero. A las 19:30 veía a un personaje familiar. A las 21:00 tomaba un bus y se alejaba de esa horrenda ciudad.
A eso de las tres de la mañana una niña de pocos años lloró en el bus y lo despertó, cosa que lo ofendió profundamente. Su reacción pasiva frente a la ofensa le ayudó a dormir nuevamente y comenzar a vivir un verano aleatorio, impreciso e incognoscible, junto a unos y otros, que terminaría en tragedia si es que no cambiaban un par de cosas innecesarias.
sábado, 17 de enero de 2009 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 1/17/2009 3 comentarios
Vodka
No me acuerdo cómo llegué a esa situación ni cómo salí de ahí, ni en qué parte de qué ciudad estaba, ni quiénes eran los que me rodeaban. Estaba en un carrete y sólo había dos conocidos, cuyos nombres dejaré en secreto para salvaguardar la integridad física y psicológica de ambos.
Ambos eran (son) novios. Eran novios en esa situación. En realidad, la gracia es que no eran novios; es decir, yo estaba carreteando con mi amigo y su ex polola, pero había más gente, así como veinte personas más, o treinta, y habían algunos bailando y todo parecía así súper entretenido. Y yo también estaba súper entretenido, porque estaba con amigos que yo sabía que eran mis amigos pero no sabía quiénes eran. Quiero decir que sólo tenía la certeza de que eran amigos, nada más que eso.
Eso era entretenido igual, porque eran de esos amigos que son buenos amigos pero que uno sabe que no necesita ni llamarlos ni nada y que no se van a sentir mal si los llamas después de cuatro meses sin contacto para invitarlos a emborracharse. Me rodeaba ese tipo de amigos, mi amigo cuyo nombre no mencionaré, y su, ahí, ex polola; acá, polola, con todas sus letras. Pero esto no se trata de acá sino de ahí.
Ahí estaba yo y la fiesta se estaba poniendo buena y yo me sentía poner bueno con ella. Había cerveza, y yo había tomado bastante cerveza, y de pronto empecé a tomar vodka piña, en un vaso de esos que son como de película gringa donde hay un hombre ocupado y serio que va el viernes en la noche a tomarse unos tragos de whisky antes de irse a su casa a ver a su horrenda mujer. Entonces yo estaba ahí con mi vaso, sintiéndome como un hombre estadounidense ocupado, cuando de pronto empezó a pasar lo inesperado.
Inesperado para mí en esa situación, porque cualquier persona con una mínima comprensión lectora ya habrá entendido de qué es que se trata esto. Y justamente se acerca la ex polola de mi amigo y, no sé cómo, de pronto estábamos bailando, cosa que no hago regularmente; y, tampoco sé cómo, de pronto estábamos como en medio de un baile de cortejo. Me refiero a que ella me cortejaba a mí y yo la cortejaba a ella.
Ella me miraba y yo me acercaba, y una cosa lleva a la otra y la otra a la siguiente. Pero yo no llegué tan lejos. Me acuerdo que mientras bailaba con ella estaba constantemente pensando en toda la problemática moral y social que significa cortejar a la ex novia de tu amigo, más que porque me molestara a mí, porque le podía molestar a él. Más tarde pensé que yo no quiero pensar así; después volví a pensar así; después había tomado demasiado vodka; y después pensé que los sucesos posteriores fueron causados por los anteriores; como todas las cosas del mundo, que primero son de una forma y después se dice que eso evolucionó.
Evolucionó la situación y yo que me acercaba más y más a ella. Pasó algo que ahora me parece muy tonto, aunque en aquella situación parecía ser lo adecuado. Sin saber si tirarme a la piscina o no, decidí acercar mi cara a la suya tanto como para que, si ella quería tomar la iniciativa, no le costara nada. Entonces me acerqué y me acerqué, y ella, dejándome hacerlo, mirándome a los ojos, pasó sus labios por sobre los míos. Quiero decir que sus labios se replegaron con los míos, pero ninguna de las bocas se abrió, la suya no sé porqué no lo hizo, la mía no lo hizo porque estaba esperando que la otra lo hiciera. Recuerdo incluso que su boca pasó desde mi izquierda hacia mi derecha.
Derechamente decidido a actuar, tome su nuca con la mano derecha, su cintura con la izquierda, y la besé. Sólo recuerdo que era una situación agradable en muchos sentidos, mas no en todos. Digo “sólo” porque a partir de ese momento hay algún período de tiempo que no sé si no lo recuerdo o si nunca existió. Me hallé, entonces, sentado en una mesa, de madera, rodeado de gente. Entre la gente estaban esos amigos y ese amigo. Yo, incómodo, no sabía bien qué hacer. Y la mujer que besé estaba a mi izquierda, sentada sobre algo más alto, y abrazándome. Ella me abrazaba y yo intentaba que no se notara; ella se reía y yo hablaba.
Hablando algo relacionado con la constitución del estado israelí hace cincuenta años, miré a mi izquierda, hacia la ex polola de mi amigo. La vi y ella me vio, y nos miramos un rato. No sé qué estaba mirando ella, pero yo estaba mirando que ella ya no era ella, sino él, tenía el pelo corto, crespo y medio colorín, la cara cuadrada, y unos cuantos otros aspectos que no vale la pena mencionar. La (lo) miré otro poco y decidí que eso no era cierto. Así que seguimos con el tema del sionismo sanguinario, con el vodka, unos cigarros. Seguimos en eso y después ya sólo estaba aquél hombre de pelo largo que me hablaba mal de los israelitas, el vodka, y yo. Hablaba mal de todo y yo me sentí identificado, así que me paré y me retiré. Me retiré indignado.
Publicado por Rigoberto Gonzales el 1/17/2009 1 comentarios
Transporte Público y Revolución.
Sólo quería decir que considero que una revolución que se base en cambiar los medios y modos de producción, considerando que así se logrará que los hombres se relacionen de formas diferentes a cómo se relacionan ahora, es un error. Me parece que lo más importante es cambiar las formas en que nos relacionamos, y, así como desde el socialismo se llegaría al comunismo, lograríamos desvincularnos de todo aquello que nos parece que está mal en esta sociedad. Creyendo a ciegas en algún método para alcanzar la revolución se comete el mismo error que se cometió con el Transantiago. Las micros amarillas aparecían a medida que iban haciendo falta; si un empresario cachaba que faltaba una micro entre Quilicura y Puente Alto, iba y ponía una micro, y había gente que la tomaba. Con el Transantiago se sentaron una tropa de giles a ver cómo debería funcionar el sistema de transporte público de la capital, miraron un mapa, y trazaron recorridos que no funcionaron. Ahora lo están solucionando de la misma forma que con las amarillas: van a ver dónde falta una micro y chantan una. La revolución se tiene que hacer así. Primero hay que mirarse hacia adentro, ver qué te falta y qué te sobra, ver cuáles son las cosas que el capitalismo ha impuesto en tu persona, ver cuáles puedes cambiar, y cambiarlas. Esperar que llegue la lucha armada socialista para hacer esos cambios en ti es un error. En otras palabras, creo que primero hay que hacer la revolución individual para que la revolución social llegue sola. Todo esto, claro, según yo. Y eso es casi nada.
domingo, 14 de diciembre de 2008 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 12/14/2008 6 comentarios
Tijuana Brass
John salía todos los viernes de su casa a la misma hora e iba al mismo lugar. Su pequeño departamento quedaba en la esquina de
En fin, la caminata era agradable, los cigarrillos eran agradables, el whisky era agradable. La botella solía terminarse cuando John llegaba a Kearney ST por la avenida 35, y el basurero verde estaba todos los días esperándolo.
Entrando a bar, se saca su sombrero negro, y lo cuelga en una percha; su abrigo se queda sobre él y mientras avanza hace un gesto a Jimmy, quien rápidamente sirve un poco de un mal whisky en un vaso y lo rellena con coca-cola. John toma el vaso y apoya un codo en la barra. Pide un cenicero, prende un cigarro, toma el primer trago del vaso y, oliéndolo, observa las pocas mujeres que mostraban sus cuerpos en la pista. Le llama la atención una mujer baja, un poco robusta y de pelo crespo que bailaba tatareando suavemente la melodía, levantando y bajando los brazos, sin esperar que ningún hombre se le acerque. Pensó que debía ser una mujer feliz. Poco a poco logró que aquella señora notara su mirada, y cada vez que ella lo observaba de reojo, John sonreía, tomaba un trago o le hacía un lejano salud, que ella respondía inclinando levemente la cabeza.
Cuando la canción disminuyó su ritmo, la mujer se acercó a John. Se presentó como Kendall Newport, y le pidió que la invitara a algo. De mala gana, John levantó la mirada hacia Jimmy, le indicó el vaso y pidió dos. La canción seguía sonando y Kendall seguía tatareando mientras John trataba infructuosamente de conocerla más. La única información que obtuvo es que había enviudado hace sólo un par de horas y que consideraba aquello una excelente noticia.
Llegaron los vasos y la mujer se tomó la mitad de un solo golpe. La sorprendida mirada de su acompañante la incomodó, o al menos eso pareció; tomó su vaso, levantóse de su asiento e, inclinando levemente la cabeza, dijo “gracias”. La canción estaba volviendo a apresurarse y ella siguió bailando, vaso en mano, sin mirar a John.
En eso apareció un joven 20 ó 25 años menor que Kendall, le tomó una mano, le quitó el vaso y le hizo una inaudible pregunta. Ella miró a John, levantó los hombros y lo indicó. El joven caminó apresuradamente hacia él, mirándolo fijamente. A pocos metros se detuvo, tomó la mitad del whisky que quedaba en el vaso, y siguió su camino. Dejó el vaso frente a John, lo miró y le dijo: “Mi padre acaba de morir, no ande usted pensando en flirtear con mi madre”. La mirada insípida de su interlocutor lo sorprendió gratamente y, agradeciendo, se alejó. Tomó a su madre y se marcharon del lugar.
John le pidió a Jimmy una pequeña botella de whisky y, dejando un par de dólares en la mesa, se alejó de aquel antro. Caminó por las oscuras calles hasta su apartamento, subió los 3 pisos por las escaleras, abrió la puerta, lanzó las llaves a la mesa del comedor, tomó el último trago de la botella y la depositó en el basurero, colgó su abrigo y su sombrero, fue a la cocina a observar su refrigerador vacío, tomó un vaso de agua, miró las paredes, sacó un par de mugres del techo, avanzó a su dormitorio y Jack, su gato, lo esperaba acurrucado entre las almohadas. Se acostó, le deseó buenas noches a Jack y soñó algo que no recordó.
sábado, 6 de diciembre de 2008 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 12/06/2008 2 comentarios
Odio
Sí, eso es, los odio, a todos, a la mayoría, a muchos; los odio harto, me cargan, me molestan, los detesto. Sus caras y sus formas de caminar me parecen detestables, sus voces, sus ideas, sus formas de pensar. Odio cómo convencen, cómo gritan, cómo atornillan. Los he visto haciendo de todo, mintiendo, robando, censurando, matando, torturando, violando, molestando, gritando. Imbéciles, se creen grandes e importantes, se muestran fuertes y poderosos, se denominan, se nominan y se autodenominan; les encanta, y yo, yo los odio. Los odio porque siento el odio adentro, así como si no lo pensara. Así odian, a los que lloran, a los que hablan. Sucios, impertinentes, aparecidos, mugrientos, hediondos. Odio a los padres que obligan a sus hijos a nacer, a los católicos que obligan a su gente a creer, a los evangélicos que cantan y a los krishna que bailan. Odio a los religiosos y a los partidos, a los patriotas –egoístas masivos-, a las universidades, a los colegios, a los regionalistas –egoístas no tan masivos-, a los egoístas y a los amables y a los cínicos solidaristas. Falsos, absurdos idiotas sin sentido. Odio este mundo horrible. La historia es cíclica y la odio; la economía es cíclica y la odio. Odio las fiestas y odio a la gente que se obliga a hacer cosas que no quiere. Odio a los que obligan. Me molestan aquellos que se aman y odio a los que se odian. Yo los odio y ellos deben odiarme; odio el cíclico odio. Odio lo cíclico. Odio al amor, y odio al odio, y al odioso y al monótono. Odio lo obvio. Lo ridículo también es odiable. Odio al hombre por despectivo, por tonto ignorante, por heterogéneo y por cambiante. Me tocó, odiar, odio mucho y me gusta odiar, y odio que me guste odiar. Odio a los políticos y a los académicos petulantes. A los barrenderos, a los traqueteros y a todo el mundo entero. Seguramente odio a tu familia, y a la mía, y a ti. Tú seguramente me odias a mí. Los odio mucho, a todos, y, ciertamente, me odio a mí.
jueves, 20 de noviembre de 2008 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 11/20/2008 1 comentarios
Olvidar y Luchar
Una noche, como cualquiera, el mundo olvidó la fecha. A la mañana alguien le preguntó a un colega, y éste, sin saber qué responder, le preguntó a alguien más. Nadie sabía. La pregunta se expandió por el mundo, con millones de puntos de inicio, pero nadie sabía. Todos estimaban que era algún día entre el 7 y el 15 de agosto. Los matemáticos hicieron cálculos y no supieron qué responder. Los astrónomos aseguraron que mirando el cielo podrían averiguar el día exacto, pero no lo lograron. Los periodistas y editores de diarios se arrepentían de haber dejado de poner la fecha en la portada de los periódicos. Los informáticos veían con extraños ojos sus computadores.
Se aceptaba comúnmente que el día en que se olvidó la fecha era alguno entre el 7 y el 15 de agosto, por lo que el día siguiente se consideró como “alguno entre el 8 y el
Los problemas que traía consigo esta confusión tenían solución, aseguraron los astrónomos. Propusieron medir la duración de los días hasta que la duración del día fuera lo más parecida a la de la noche, y ese día sería el 21 de septiembre. El mundo esperó, y algún día entre el 19 y el 27, el día duró 11 horas, 59 minutos y 55 segundos, mientras que la noche duró 12 horas y 5 segundos. Todos aceptaron los 5 segundos de diferencia como un problema menor, y vivieron el día siguiente como el 22 de septiembre. Pero a la noche siguiente los astrónomos informaron que el día había durado 12 horas y 7 segundos, y la noche 11 horas, 59 minutos y 53 segundos. Nadie se esperaba ese suceso, por lo que los astrónomos propusieron que se considerara el día siguiente como “el 22 ó el 23 de septiembre”. No era lo que el mundo esperaba, pero se acercaba.
Los astrónomos, siempre atentos, recordaron que el 26 de noviembre debería haber un eclipse en algún lugar del pacífico, al oeste de las islas Galápagos, entre Isla de Pascua y Hawai. Se apostaron barcos de todas las potencias mundiales en ese sector, repartido en cuadrantes para cada nación, pues todos los gobiernos esperaban dar la maravillosa noticia a sus ciudadanos. Se firmó, además, un tratado que abolía las aguas internacionales en ese sector, pasado cada cuadrado de mar a formar parte de la soberanía de las naciones involucradas. También algunos millonarios se aventuraron con sus yates en el lugar. Los cruceros ofrecían viajes de lujo para esperar el eclipse en el lugar de los hechos. Todo el mundo estaba expectante.
Los primeros barcos militares llegaron al lugar el 15 ó 16 de noviembre, los millonarios más excéntricos aparecieron el 22 ó 23, mientras los cruceros paseaban por los límites de los cuadrantes. En la tarde del día 23 ó 24, un barco japonés penetró el cuadrante estadounidense, lo que provocó la ira de los norteamericanos, que atacaron la nave nipona después del primer aviso. Las naves chinas y rusas, al notar la situación, y después de intentar una mediación conversada, atacaron a la nave estadounidense, incitando la respuesta francesa e inglesa. A las pocas horas, los barcos militares de cada nación que había en el lugar estaban en llamas y la gran mayoría de sus tripulantes muertos. Los yates y cruceros se retiraron rápidamente del lugar. Los presidentes que se encontraban en el lugar escaparon en sus helicópteros. El combate duró hasta la madrugada del 25 ó 26 de noviembre, momento en que todos se retiraron pensando que ya habría una nueva forma de calcular la fecha. En el lugar sólo quedaron algunas barcas con sobrevivientes. Aseguraron ver el eclipse, pero, encontrándose incomunicados, no pudieron dar aviso en el momento. Las semanas que demoraron los náufragos en tocar tierra provocaron estragos en su noción del tiempo y de la realidad, por lo que no pudieron afirmar con certeza en qué día fue el eclipse.
El mundo decidió esperar al 21 de diciembre. Faltaba poco, por lo que no sería tan calamitosa la situación. La gente esperó mientras los gobiernos más poderosos intentaban monopolizar la entrega de la información. Las tensas relaciones que habían quedado del día del eclipse ayudaron a calentar los ánimos militares y científicos de todo el mundo. La armada iraní, el 10 u 11 de diciembre, bombardeó observatorios astronómicos de Hawai, lo que determinó la decisión israelí de atacar sus instalaciones militares, con ayuda de los Marines. Los rusos, que sabían en qué podía desembocar el conflicto, se restaron hasta que bombas norteamericanas tocaron tierras de Turkmenistán, ingresando en la pelea toda la ex Unión Soviética. China, viendo peligrar su soberanía sobre Asia, bombardeó Afganistán, que apoyaba a Irán desde Pakistán, con lo que
Sudamérica entró en el conflicto cuando Australia aceptó las órdenes estadounidenses de destruir los observatorios del norte de Chile, que era considerado una amenaza por sus gobernantes socialistas. Brasil y Argentina tomaron las armas y atacaron a los Australianos desde la costa chilena, con el apoyo nacional. Perú y Ecuador también decidieron apoyar a Chile, con lo que Colombia –eterna amiga de EEUU- atacó a Ecuador desde el norte. Venezuela atacó por dos bandos: hacia el oeste invadió Colombia y hacia el este intentó recuperar las tierras perdidas hace cientos de años de Guyana, Suriname y Guyana francesa. Siendo propiedad ésta última del Estado francés,
En los diez días que duró la primera parte del conflicto, la mayoría de los mortales que no estaban luchando en la guerra permanecieron escondidos en zonas montañosas o selváticas. Entre el 19 ó 20 y el 21 ó 22 pocos tuvieron tiempo de medir la duración de los días. En rigor, nadie lo hizo. El mundo se perdía una nueva oportunidad de recordar su forma de organizarse.
Las bombas atómicas destruyeron gran parte del mundo. De los seis mil millones de seres humanos que habitaban el planeta antes del conflicto, se estima que quedaron menos de 400 millones, repartidos por el mundo sin muchas formas de contactarse. Las emisoras de televisión y los diarios fueron destruidos. Los que no, no tenían interés en seguir informando. La radiación nuclear afectó tanto a los animales como a los cultivos, por lo que los sobrevivientes comían temiendo. Se organizaron aldeas en aquellos lugares donde las bombas habían caído lejos. Los que tenían familiares en tierras lejanas preferían no viajar para no toparse con lugares donde la radiación era más fuerte. Los pocos que decidían hacerlo debían subirse a caballos o simplemente caminar por las devastadas carreteras, los combustibles eran tan escasos que se vendían a precios absurdos.
La noción de las fechas se había perdido por completo; por una parte no eran necesarias, y por otra nadie tenía tiempo para pensar en eso, las tareas que supone la supervivencia agotaban todo el tiempo. Poco a poco el dinero empezó a perder su valor, se prefería intercambiar vegetales por carnes, o ropas por maderas. No se podía ver televisión o escuchar radio o jugar Play Station, así que los niños redescubrieron las bolitas y el policías y ladrones. Sin el cine, las citas románticas se complicaban, por lo que los jóvenes volvieron a flirtear observando la puesta de sol, y a pololear caminando por las praderas. Los ancianos, para hacer sus bastones, recorrían kilómetros de bosques hasta toparse con la rama adecuada. Las dueñas de casa mandaban a sus hijos a recoger piñones en el bosque o guayabas en la selva para preparar el almuerzo. Las familias volvieron a ver sus cuerpos desnudos aseándose en ríos y lagos, los hijos mayores volvieron a ver los partos de sus hermanos, los menores volvieron a aprender qué era el sexo conversando con sus hermanos. Lentamente, los automóviles se quedaron sin bencina para andar, los políticos sin problemas por los que pelear, las armas sin balas que disparar. Los gatos dejaron de comer galletas de pescado y volvieron a comer pescado. Las palomas, eso sí, seguían comiendo restos de comida humana, y los cóndores siguieron siendo carroñeros.
La guerra, claro, había sido catastrófica, pero la vida, en fin, era más tranquila.
miércoles, 19 de noviembre de 2008 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 11/19/2008 3 comentarios
Delincuencia bailable y para toda la familia
Iba caminando cerca de mi casa, a altas horas de la madrugada de un día jueves, con objetos de valor material y sentimental en mi mochila, con mi celular en la mano izquierda y dos encendedores malos en la derecha, ambas manos guardadas del frío dentro de los bolsillos del pantalón. De pronto, aparecen tres hombres que, de lejos, parecían amables. Pocos metros antes de cruzarnos, uno de ellos me pregunta si tengo un cigarrillo para regalarle, y yo le respondo que no. Entonces se acerca otro, pelado al rape, con una polera blanca muy sucia y unos jean (el primero era alto y tenía el pelo crespo y largo, así como metalero), y me hace una pregunta. -¿Oe?, ¿te querí irte con una sonrisa en la guata? (sic) “Extraña situación”, me dije, y escuché salir de mi boca algo que parecía una risa acompañada de un “no”. -Ahhh... entonces pasa las weás. (sic) “Sí claro”, le respondí, y le facilité mi teléfono móvil. El pelao, contento con un nuevo teléfono que intercambiar por droga (a esas alturas ya no me cabía duda de su estado mental influído por la pasta base), sonrió y me preguntó si andaba con plata. Frente a mi negativa respuesta, me preguntó con qué andaba en la mochila. -Un cuaderno, hermano, la materia de la U. -Así que estudiái en la U, ¿ah?... El metalero ya había mostrado un par de veces su molestia con la situación, por lo que dijo “ya oh, deja tranquilo al cabro” (sic) e hizo algo que nunca esperé. Tomó el celular de la mano del pelao y me lo entregó. Yo, impresionadísimo, lo recibí, pero el pelao, sin entender del todo la situación, me lo quitó de nuevo. -Esta weá es mía. (sic) -Sí, sí... –dije yo. De pronto, el pelao, con claras intenciones de intimidarme, me pidió, no de buenas maneras, que no diera aviso a la policía. “Claro que no”, dije yo, y él, metiendo y sacando su mano del bolsillo de su pantalón, la acercó a mi cara. Yo pensé: “ahhh... está tratando de aparentar que tiene una pistola”. No sé por qué, pero no reaccioné cómo él esperaba (dando un salto hacia atrás o algo así), sino que me quedé tan quieto y tranquilo como estaba. -Ah, erí choro. (sic) -Noooo... noooo... –dije yo. El tercer integrante del grupo con el que me tropecé no había dicho ni hecho absolutamente nada hasta ese momento, en el que tampoco hizo nada. El pelao, tomando las riendas de la situación, me invitó a seguir mi camino, cosa que yo acepté gustoso, e invitó a sus amigos a seguir el suyo. Caminé, entonces, uno o dos pasos y sentí una mano que tomaba fuertemente mi hombro y me volteaba, quedando ellos en la posición en que yo estaba antes y yo en la opuesta. -¿Y qué tení en la mochila? (sic) –preguntó el pelao. “Mierda”, pensé, “el computador”. -No... si te dije, el cuaderno, no te sirve pa ná. (sic) -Ya... no sapí, gilao culiao, no sapí. Camina no má. (sic) -Sí... Sí... Caminé. Me dio miedo. Mi corazón empezó a latir con más fuerza y noté que los locos me habrían podido matar. Aceleré un poco el paso (no demasiado, para que mi miedo no fuera tan evidente) y me acerqué a un local de completos que estaba abierto incluso a esa hora. Le expliqué la situación al chef y éste llamó a los carabineros. Luego me preguntó más cosas y me dijo que no tenía que jugar a la ruleta rusa. -Si andai solo erí choro, y si no erí choro no andís solo. Disculpa que te diga, pero me da rabia la gente, si saben que les van a pasar weás y igual salen a la calle. (sic) Le pedí disculpas, o algo así, y me acerqué a un retén móvil que había cerca. Me tomaron los datos e hicieron el papeleo correspondiente. Asustado, les pedí que me acompañaran a la casa, a unas cinco ó seis cuadras, y me subieron a la cabina trasera de la radiopatrulla. En el camino, escuchamos la radio futuro, donde tocaban un especial de Led Zeppelin. Al llegar descubrí algo que me pareció muy buena idea: las puertas traseras de las radiopatrullas no se pueden abrir por dentro. Al día siguiente, sin celular, fui a Claro, mi compañía de telefonía móvil, a reponer el equipo. Les pedí, para no gastar plata, el más barato. La señorita me trajo uno que se veía muy bonito y yo le dije “no, quiero el más barato”. -Este es el más barato –dijo la señorita. -Entonces deme uno más malo. -Es que todos son mejores que éste. Éste es el único con costo cero. -Ya... entonces deme ese. Es una máquina excepcional. Si antes tenía una grabadora, un pen drive, un disc man, una calculadora, una máquina fotográfica, una radio FM, un calendario, un reloj despertador y algo para jugar tonteras en los tiempos libres, ahora tengo un celular. Nueve en uno. Yo sabía que habían aparatos así de completos, pero hubo un momento en que no supe qué pensar. Como puedo utilizarlo así como un pendrive, metí un archivo de texto. Luego tomé el teléfono y me dije “¿qué pasará si le pongo abrir esto?”. Mientras avanzaba hacia ese momento, trataba de imaginarme el mensaje que aparecería. “Formato inválido”, “este equipo no cuenta con visores de texto”, “archivo desconocido”. Y, al apretar en el archivo, ¡el celular lo reprodujo! Con todo, el asalto fue pa’ mejor. ¡Viva la delincuencia!. P.d.: El ministro Andrés Velasco diría algo así como “si la delincuencia ha subido, es porque la gente sale más a la calle, o sea, tiene más confianza en la democracia”. P.d.: El ministro Andrés Velasco podría también decir algo así como “si usted es víctima de un asalto, no se queje, véalo como una oportunidad”. P.d.: El ministro Andrés Velasco es un hijo de puta. RG
lunes, 17 de noviembre de 2008 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 11/17/2008 1 comentarios
La ardua tarea del serenazgo
En el centro del Cuzco un borracho, gordo y sucio, duerme en la calle, de guata y sin zapatos. El serenazgo, de pié a uno metros, lo mira con tristeza. No es el primer borracho de la noche y no será el último, y ya está llegando al punto que le da lo mismo lo que hagan o no hagan los borrachos, las putas, los dealers, los turistas, las indígenas o lo niños que sin ir a la escuela saben tres idiomas. La descendiente del Inca Huaina Capac habla con el descendiente de Inca Atahualpa en la esquina. Ninguno teme del serenazgo ni del borracho, pero ambos pesan con las pocas ventas de la tarde y ella, siempre preocupada, le pregunta a él si su hijo ha ido a la escuela la última semana. Uno pregunta en quechua, el otro responde en español, mientras los hijos se ofrecen, en inglés, para limpiar los zapatos de los turistas. Dos serenazgos que venían caminando tranquilamente se topan con el borracho y se ríen de él. “¿Qué hará este borrachito aquí?” El borrachito se transforma rápidamente en borrachote. Con dificultad levanta su cuerpo del suelo y se acerca al primer serenazgo, que nada tenía que ver. Se saca la chaqueta, la lanza al suelo con absurda arrogancia y le grita al servidor público. -¡Eres un concha de tu madre! La cara de duda del oficial policial enfurece al borracho. Lanza un lento golpe que es esquivado con un leve movimiento de cuerpo y cae al suelo sin acertar. Cae, maldice desde el cemento, y se duerme. El serenazgo mira a sus colegas y los tres ríen. Luego proceden a levantar la chaqueta del borracho, que se había llenado de polvo en el suelo, la sacuden, la estiran, buscan documentos y no los encuentran. -¿Revisamos los bolsillos de los pantalones? -¿Para qué? -No sé… para saber quién es… -No, que duerma tranquilo. -Sí, que duerma tranquilo. Sin más, el grupo policial arropa al borracho con la chaqueta y se marcha, conversando en quechua; la indígena vende las primeras falopas de la noche y el niño le limpia los bototos a un alemán. -Two suns, please. El alemancito abre la billetera de cuero y le entrega cinco nuevos soles. -¡Guten avend! Desde el balcón de un bar dos jóvenes chilenos admiran la situación y siguen emborrachándose. Asombrados por la actitud de los organismos policiales, temen salir a la calle y caminar hasta el hotel, pero poco antes de que se acaben los vasos con vodka el borracho se levanta, maldice de nuevo y se acerca a una mujer que acababa de sentarse, borracha, con su novio borracho. El borracho se arrodilla frente a ella, le toma firmemente las rodillas y desliza sus manos hasta las nalgas de la víctima. Patada en el pecho, insultos, risas. Se van caminando y el borracho se queda nuevamente solo y dormitando. Un automóvil se detiene frente al borracho. Un taxi que no se nota que es taxi. Una mujer conduce, baja el vidrio y grita algo en quechua. El borracho responde con insultos y, después de otro breve intercambio de palabras se sube al auto. Se van. Los chilenos siguen emborrachándose. El taxi que no se nota que es taxi vuelve a los diez minutos. El borracho se baja y rápidamente insulta a un grupo de jóvenes que pasaba por el lugar. Los golpea, aparece el serenazgo, y lo obliga a sentarse en una banca. El borracho se pone de pie y nuevamente se saca la chaqueta y la tira al suelo. -¡Eres un concha de tu madre! Lanza otro golpe, de nuevo no acierta, de nuevo cae, de nuevo maldice, de nuevo se duerme. El serenazgo lo levanta y lo sienta, dormido, en la banca. Lo tapa con la chaqueta, ríe y se va. Los chilenos ríen y se van del bar. El borracho no está en la banca. Buscan con la mirada y lo ven intentando armar otra pelea con otro grupo de jóvenes. Se alejan rápidamente y vuelven a su hotel. Prenden la televisión. Ganó Zallaquet. Ganó Sabat. Ganó Berguer. Ganó Regginato. Apagan la televisión y duermen. En la mañana, temprano, han de partir a Machu Pichu.
Publicado por Rigoberto Gonzales el 11/17/2008 1 comentarios
ajá
No... nada.
domingo, 5 de octubre de 2008 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 10/05/2008 1 comentarios
Perdámonos por los edificios.
"Oye, te invito a unos tragos, hablemos un poco y perdámonos por los edificios. ¿Cómo te llamas cuando me tocas?" -Colombina Parra
Andrés se juntó con Alejandra por octava vez en octubre de
-Es que me haces dudar de mis sentidos. Cuando te conocí no te llamas Alejandra. Ahora te pienso como Alejandra, pero sé que no te llamas Alejandra, Alejandra.
Era la octava vez que les pasaba lo mismo. La séptima fue cuando Andrés sintió que por séptima vez recorría calles con una desconocida que las conocía mejor que él, y que lo guiaba por pasajes oscuros y por avenidas absurdamente transitadas.
-¿Cómo está tu mamá?, supe que tenía cáncer, o algo así.
Su mamá había tenido cáncer, claro, pero había muerto hace años, poco después de la cuarta vez que le preguntó cómo se llamaba. Andrés había odiado a Alejandra durante un tiempo a causa de la muerte de su mamá, por que se sentía culpable de pensar en el nombre de una mujer casi desconocida durante el velorio. Sentía que debería estar sintiéndose triste y teniendo bonitos recuerdos, pero no podía, así como sabía que no podía pagar los costos del funeral. “Es por esta tropa de mentirosos que gobiernan, ¿cómo me van a cobrar por un funeral?, es casi inhumano”.
-No me recuerdes a esa mujer ahora. Ahora estoy contigo, y no sé cómo te llamas.
Sabía que lo iba a saber, o a intuir en poco tiempo más. Todas las veces era igual, alcohol y caminatas. Se conquistaban pensando que conquistarse estaba pasado de moda, así que lo hacían con nostalgia. Se decían una que otra cosa sugerente en intervalos largos, media hora o más; se rozaban, se abrían las puertas o se pasaban innecesariamente cosas en la mano, se hacían comentarios innecesarios y se mostraban como seres perfectos innecesariamente: sabían que no eran perfectos, pero hacían como que podían serlo, por lo menos en esas situaciones.
Esa séptima vez, Alejandra le comentó que había escrito una palabra que nunca antes había escrito, y que cuando la leyó la encontró rara, como si fuera otra palabra. Se la imaginaba como una palabra con ese y con una k, pero al escribirla, la descubrió con ce y con q.
-¿A ti te pasa lo mismo conmigo, cierto?
Le pasaba seguido. Las letras de Alejandra no tenían mucho que ver con la imagen que él tenía de Alejandra, tenían más que ver con un lago, o con una coliflor, o con la palabra alcachofa, pero no con una alcachofa o con una mujer. Menos todavía con la imagen que tenía de ella. Le parecía que eso era porque la forma en que se relacionaba con ella estaba más ligada a la palabra edificio, enfrentar, ofrenda y fragata, y cuando las coliflores se le venían a la cabeza pensaba en letras, no en personas. Varias letras juntas que creaban en él una imagen mental muy alejada de la que se suponía, cosa que le molestaba.
-A mí también me molesta tu nombre. Para mí eres Andrés, y Andrés se parece mucho a un árbol y al verbo become, en inglés. Debe ser porque tú llegaste a ser Andrés.
Ninguno recordaba con nostalgia las ocasiones anteriores que se habían preguntado los nombres. Sólo Alejandra, que sólo se lo había preguntado una vez y se había conformado, tenía un sentimiento hacia aquella breve situación, pero Andrés lo recordaba sin pensarlo. Lo recordaba así, simplemente. Lo que recordaba con más intensidad era la sensación de obviedad que tenía en cada encuentro. Sentía que todo lo que hacía era obvio, lógico, y lo hacía concientemente, pero no podía evitarlo. Abría las puertas y entregaba las flores inundado por un sentimiento de tristeza. Algo le decía que hacer las cosas de esa forma era aburrido, demasiado obvio para ser bonito, pero tenía que actuar así para poder llegar al momento de la pregunta. O, por lo menos, no sabía llegar de otra forma.
-¿Cómo te llamas?
Alejandra se enfureció. ¿Por qué tenía que escuchar esa pregunta cada vez? Se levantó y se vistió bajo la mirada atónita de un Andrés desnudo y sudado.
-Estamos en lo mejor y sales con eso. ¿Qué te pasa? ¡Me lo dices como si no me conocieras!
Él no sabía qué responder. Efectivamente sentía que no la conocía cuando sentía las manos en su espalda y el pelo en la cara. Se preguntaba incesantemente por el nombre de la mujer que tenía encima, por el apellido, dónde vivía, qué comía, quiénes eran sus padres, dónde había nacido, dónde pensaba morir, qué programas escuchaba en la radio.
(…)
La novena vez que se vieron, el 8 de agosto del 2008, él sabía exactamente qué hacer. Le había propuesto ir a un bar a ver la inauguración de los juegos olímpicos. Se acercó y le hizo la pregunta.
-¿Cómo te llamas? -Angélica, ¿y tú? -Roberto.
Rápidamente le tomó la mano izquierda, la cruzó por detrás de su cintura, la tomó con su propia mano izquierda, le acarició el hombro derecho y deslizó toscamente (no sabía hacerlo de otra forma) su mano por la espalda hasta llegar a la cintura, la que apretó contra su cuerpo para sentir el olor de los senos.
Al amanecer, Andrés vio cómo Alejandra se levantaba y ordenaba sus cosas.
-Tú te llamas Andrés. -Tú te llamas Alejandra.
Se levantó también, ordenaron sus cosas y se perdieron por los edificios.
sábado, 4 de octubre de 2008 | Publicado por Rigoberto Gonzales el 10/04/2008 4 comentarios
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